Acaba de publicarse un libro que no debería pasar inadvertido a ningún hombre católico. Aunque en realidad este público objetivo está demasiado modestamente limitado: si bien la obra se presenta como «un libro de espiritualidad y ascética católica para hombres», su condición de tratado moral revolucionario, en tiempos tan ahítos de amoralidad, lo hace recomendable para todo hombre, creyente o no, y sin duda también para toda mujer.
Estoy hablando del ensayo Nosotros, del padre Antonio Gómez Mir, y de entrada ya resulta curioso que se me haya colado el término «revolucionario» para describir su contenido, pues se trata de una obra que transmite de manera cabal, sin traicionarla, la moral católica tradicional. Pero el adjetivo es más que legítimo: revolucionario es aquello que gira radicalmente para regresar a un orden anterior y más justo.
Defender, por ejemplo, que «Educar quiere decir siempre enseñar a sufrir» en un mundo donde el Bien se confunde con el placer y el Mal con el dolor, resulta revolucionario, ciertamente, porque esa frase contradice la pedagogía sentimental hegemónica. Dicho esto, podría pensarse que la obra viene a sumarse a la ingente literatura que señala el vaciamiento moral de nuestra sociedad, poniendo el foco en la crítica a una posmodernidad que ha roto su vínculo con Dios y ha colocado al hombre en su lugar. De ser así, sería un buen ensayo, pero solo uno más de los ya abundantes textos críticos con las sociedades donde lo woke ha hipertrofiado. Lo revolucionario de Nosotros, sin embargo, es que pone el foco en la raíz de la enfermedad y la persigue incluso en quienes más alejados creen estar de esa frivolidad posmoderna. Su propuesta de lucha ascética de perfeccionamiento pone en la picota la comodidad instalada en la vida cristiana, esa moderación que se ha ido convirtiendo en criterio supremo.
La denuncia, por lo tanto, es más de la tibieza interior que del enemigo exterior. Coloca el dedo en una llaga que la moral católica de mínimos ha ido agrandando: homilías que penalizan la penitencia, promesas de Cielo sin alternativa de Infierno, ni apenas Purgatorio, catequesis donde el sacrificio equivale a trauma, lenguaje pastoral que convierte la misericordia en permiso permanente y donde el concepto de virtud desaparece como hábito exigente. En ese terreno, la invitación a recuperar la masculinidad viril, dando a la virilidad su sentido etimológico de fortaleza y virtud, recobra su filo: los dardos apuntan a virtudes cristianas que han perdido toda enjundia, por una delicadeza que termina afeminando, en el sentido señalado, la vida moral.
Estamos, pues, ante una auténtica «transmutación de valores» mal llamados «cristianos» que podría firmar el propio Friedrich Nietzsche. Sí, en Gómez Mir resuena esa enmienda a la totalidad de la moral vigente que fue en su día la obra de Nietzsche. Recordemos el inicio de Así habló Zaratustra, cuando el filósofo saca a la plaza el muñeco del «último hombre» para pronunciar una frase que funciona como sentencia civilizatoria: «Hemos inventado la felicidad», y en torno a esa autocomplacencia ordena todo un código práctico. Nietzsche dibuja el páramo existencial de una vida convertida en administración de sensaciones y placeres, donde el bien queda absorbido por el bienestar y la grandeza huele a desmesura.
A esa humanidad domesticada, incapaz de mandar sobre sí misma porque ha aprendido a interpretar el mando interior como opresión, es a la que se dirige Zaratustra. También Gómez Mir denuncia ese triunfo del nihilismo pasivo y nos conduce a la misma tierra baldía de hombres ablandados por la comodidad. Pero la propuesta que lanza, tan explosiva como la dinamita nietzschiana, conduce por supuesto a una meta situada en sus antípodas.
En ese páramo, tierra baldía denunciada por ambos autores, habita igualmente un león. El símbolo coincidente es relevante. Nietzsche describe la metamorfosis del camello, que harto de cargar con mandatos heredados --«Tú debes»--, debe convertirse en león para abrirse paso. El león aparece como energía de ruptura frente a una moral petrificada; su palabra es «Yo quiero», la voluntad contra el nihilismo. La crítica de Gómez Mir se mueve en esa misma dirección del diagnóstico, con un lenguaje que nace de la experiencia concreta del hombre contemporáneo. Explora la pérdida real de virtud que ve en la vida diaria, en hábitos que han desactivado el combate interior. Y recurre al mismo símbolo del león enjaulado para arrancar su obra. La frase de Dorothy Sayers «La Iglesia ha cortado de manera muy eficaz las garras del león de Judá» sintetiza la idea. De esa operación sale un cristiano inofensivo y, con él, una forma de nihilismo práctico: la fe pierde gravedad conforme el bien se reduce a sentirse bien, y la felicidad pasa a ser un objetivo en sí mismo, y no, como debe ser, un bien colateral no perseguido, sino encontrado cuando hacemos lo que debemos hacer para mayor gloria de Dios.
Nietzsche lo vio desde su alergia a la compasión debilitante y a la moral de rebaño; Gómez Mir lo ve desde el altar y desde el confesionario, pero llega a la misma alarma: cuando se le liman las garras al león, la vida espiritual no levanta hombres ni virtudes.
Zaratustra acertó al desollar esa felicidad breve y patética, punto que comparte con Gómez Mir, con quien también compartiría la convicción de que la existencia pide misión, un telos capaz de sostener el peso de los días. La divergencia, radical, aparece cuando llega la construcción. En Zaratustra el itinerario simbólico no se detiene en el león, avanza desde el camello que carga mandatos, pasa por el león que combate al dragón del «Tú debes» y culmina en el niño, figura de comienzo creador. Ese remate importa, porque ahí se decide la propuesta, el león rompe cadenas para que el niño edifique. Nietzsche reserva al niño la tarea de engendrar valores «propios», sosteniendo el sentido sobre la pura potencia de decir «sí» desde «sí mismo».
Así convierte la voluntad en arquitecto último del sentido y así surge el error de Zaratustra: confundir la demolición necesaria con el cimiento. En este error Nietzsche coincidió con los otros «maestros de la sospecha», Marx y Freud, que abrieron las puertas a la contemporaneidad. Los tres enseñaron a desconfiar de las falsificaciones de la conciencia, en una operación merecidamente exitosa, pues había mucha falsificación de conciencia que desenmascarar.
El daño llegó cuando esa lucidez se convirtió en régimen permanente de lectura, de suerte que la conciencia pasó a tratarse como un dispositivo trucado. Y con ello tiraron al niño junto con el agua sucia del barreño.
Nietzsche toma la energía del león como fin y no como instrumento, y termina proponiendo una afirmación que puede degenerar en pura estética del poder. Esa salida, presentada como victoria sobre el vacío, produce por el contrario un vacío más hondo, porque ha quemado las naves para regresar. ¿Llegaría a intuir Nietzsche, antes de enloquecer, que su ataque al nihilismo podía acabar incubando otro nihilismo, más seco y menos remediable, porque más allá de vaciar los ídolos, vaciaría también el suelo bajo los pies?
En Gómez Mir, la imagen del león enjaulado y la denuncia de unas garras cortadas al león de Judá apuntan a la misma urgencia de recuperar nervio moral. Existe incluso una llamativa coincidencia en el rechazo a esa imagen de Cristo que Nietzsche tuvo delante, filtrada por una Iglesia apenas militante, ese Jesús «relamido, amanerado, pacífico, pasivo, dispuesto a tragar con todo, a consentir todo». Pero ese no es el Jesús que late en el Evangelio ni el de los santos. El Cristo real nos ofrece otro rostro que es medida del bien y no consuelo blandengue. Cristo es una fuerza que reina, impera y vence. Y el Apocalipsis advierte sin paños calientes a la Iglesia de Laodicea: tibieza, vómito, expulsión, con una frase que basta para entender que la blandura espiritual es una forma de apostasía práctica. La vida cristiana empieza cuando uno descubre la misión que Dios le confía y acepta el trabajo de llevarla a cabo, con un combate espiritual que requiere fortaleza, dominio de sí, renuncias concretas, perseverancia diaria.
Nosotros carga sin ambages contra ese «cristianismo fofo y buenista», producto de un proceso de demolición que lleva tiempo erosionando a la Iglesia, desde los inicios de la modernidad, pero que se ha visto acelerado de manera alarmante en el último medio siglo. Frente a esa deriva, la propuesta de Gómez Mir devuelve densidad a la vida católica: ascesis, virtud, virilidad entendida como fortaleza, y Cristo en el centro.
Ahí termina el error de Zaratustra y empieza la única construcción que no se desmorona. Zaratustra apartó a Jesús en el punto en que su presencia habría evitado que la crítica al nihilismo desembocara en un nihilismo más feroz. La «construcción», tras la necesaria batalla, no podía descansar en la autosuficiencia del «niño» convertido en Superhombre, sino sobre otro Niño, nacido en Belén hace más de dos mil años. Podríamos apostrofar al filósofo: «La piedra que desecharon los constructores ha venido a ser piedra angular».
Porque cuando se desecha esa piedra, Cristo mismo, lo que se eleva no es sino una barraca que se lleva el viento, y por cuyas rendijas se cuelan los sucedáneos de la virtud y del sentido.







