No fue con la «Sacrosanctum concilium» del Vaticano II, sino con la aplicación tras el Concilio de la reforma litúrgica cuando se abrió una fractura en amplios sectores del mundo católico. Surgió un conflicto malsano entre «progresistas» y «retrógrados». ¿Debemos sorprendernos? En absoluto. Esto solo demuestra el papel central que ocupa la liturgia en la vida de los fieles.
El llamado «conflicto litúrgico» no es, por otra parte, un fenómeno que surgiera solo después del Vaticano II, ni tampoco exclusivamente en el ámbito católico. Cuando en la Rusia ortodoxa, en 1667, el patriarca Nikon y el zar Alejo I introdujeron una reforma litúrgica, varias comunidades se separaron, algunas llegando incluso a rechazar el sacerdocio mismo, con escisiones que perduran hasta hoy.
También en el Occidente católico y protestante se encendieron, en la época de la Ilustración, acaloradas disputas sobre la introducción de nuevos himnarios. En la Francia católica, la sustitución de la antigua liturgia galicana por el nuevo «Missale romanum» a mediados del siglo XIX encontró una feroz oposición.
En definitiva, en todos estos casos no se trataba, como en el caso de Arrio o Lutero, del dogma, de la verdad revelada. Estas cuestiones se convirtieron más bien en objeto de disputa en los círculos intelectuales.
Lo que afecta a la vida cotidiana de la piedad son los ritos, las costumbres, las formas concretas de religiosidad que se viven cada día. Es ahí donde se enciende el conflicto, a veces incluso por detalles secundarios, como variaciones en los textos de los himnos o las oraciones. Y cuanto más irracional parece el motivo de la disputa, más violento se vuelve el enfrentamiento.
En un terreno tan minado, no se puede intervenir con una excavadora. En la mayoría de los casos, no es la doctrina de la fe la que se ve directamente afectada, sino el sentimiento religioso, las queridas fórmulas devocionales, la costumbre. Y esto a menudo penetra más profundamente que una fórmula teológica abstracta, porque toca la experiencia vital.
Del mismo modo, es igualmente erróneo invocar el eslogan «bajo las vestiduras talares, el olor a moho de mil años» para exigir demoliciones y rupturas de la tradición, ya que eso acabaría por desconocer no solo la esencia cristiana, sino también la humana de la tradición heredada. Esto se aplica en general a cualquier intento de reforma, sobre todo cuando afecta a la práctica religiosa cotidiana, como por ejemplo la reorganización de las parroquias, que incide en la vida cotidiana de los fieles.
Sin embargo, sorprendentemente, esa desconfianza, o incluso ese rechazo a las novedades, no se manifestó cuando Pío XII reformó primero, en 1951, la Vigilia Pascual y, luego, en 1955, toda la liturgia de la Semana Santa. Yo mismo lo viví personalmente, como seminarista y joven sacerdote. Salvo algunas reacciones de perplejidad en algunos contextos rurales, allí donde estas reformas se aplicaron con fidelidad fueron acogidas con alegre expectación, si no con entusiasmo.
Sin embargo, hoy, con el paso del tiempo, cabe preguntarse por qué, en cambio, las reformas de Pablo VI generaron ciertas reacciones demasiado conocidas. En el primer caso, la Iglesia experimentó un impulso litúrgico, mientras que en el segundo muchos vieron una ruptura litúrgica con la tradición.
Tras el pontificado de Pío XII, en diversos ámbitos eclesiales la elección de Juan XXIII se percibió como una liberación de las coacciones magisteriales. Se abría también la puerta al diálogo con el marxismo, la filosofía existencialista, la escuela de Frankfurt, Kant y Hegel, y con ello a una nueva forma radicalmente diferente de entender la teología. Llegaba la hora del individualismo teológico, del adiós a lo que se liquidaba como «pasadismo».
Las consecuencias para la liturgia fueron graves. El arbitrio, la proliferación y el individualismo desenfrenado llevaron, en no pocos lugares, a la sustitución de la misa por elaboraciones personales, recogidas incluso en cuadernos de anillas preparados por los celebrantes. El resultado fue un caos litúrgico y un éxodo de la Iglesia sin precedentes, que a pesar de la reforma paulina perdura aún hoy.
En respuesta, surgieron grupos y círculos decididos a oponerse al desorden con una firme fidelidad al «Missale romanum» de Pío XII. Por lo tanto, cuanto más reinaban por un lado la arbitrariedad y el desorden, más se endurecía por otro lado el rechazo a cualquier desarrollo, a pesar de las experiencias positivas ya vividas con las reformas de Pío XII. De este modo, también la reforma del misal de Pablo VI –que no carecía de defectos– se encontró con críticas y resistencias. Y aunque estas objeciones estaban a menudo motivadas, no estaban justificadas. El «Novus ordo» había sido promulgado por el Papa: a pesar de las críticas legítimas, debía ser acogido con obediencia.
El apóstol Pablo escribe que Cristo «se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz», y con su muerte redimió al mundo. Si, pues, en la celebración eucarística se hace presente la obediencia hasta la muerte de Cristo, esta celebración no puede tener lugar en la desobediencia.
¿Y sin embargo, qué ocurrió? Para algunos, las reformas no eran suficientes: continuaron con su liturgia en cuadernos de anillas, fruto de la creatividad individual. Otros, por el contrario, se opusieron a la fidelidad a la «Misa de siempre», olvidando –o ignorando– que el rito de la Santa Misa se ha desarrollado y transformado a lo largo de los siglos, adoptando formas diferentes tanto en Oriente como en Occidente, según los respectivos contextos culturales. En realidad, la única «Misa de siempre» se reduce a las palabras de la consagración, transmitidas con diferentes formulaciones en los Evangelios y en Pablo. Esta, y solo esta, es la «Misa de siempre». Allí donde no se quiso tomar conciencia de ello, se alinearon las partes y la lucha continúa hasta nuestros días.
Sin embargo, no hay que olvidar que la liturgia auténtica, celebrada con conciencia en nombre de la Iglesia, es en muchos lugares una realidad pacífica y cotidiana. Pero la pregunta sigue siendo: ¿cómo ha sido posible un desarrollo conflictivo tan lacerante? Una mirada a la historia nos da algunas pistas.
Las batallas libradas después del Concilio de Trento no se referían a la naturaleza de la Sagrada Eucaristía. El nuevo «Missale romanum» de Pío V se introdujo gradualmente en los distintos países, el último de ellos Francia a finales del siglo XIX, sin provocar conflictos, mientras que los antiguos ritos locales, como el ambrosiano en Milán, o propios de las órdenes religiosas, continuaban sin dificultad.
Fue solo a principios del siglo XX, en el contexto del modernismo, cuando resurgió la disputa sobre el sacrificio de la Misa, pero ahora no tanto sobre el rito como sobre la esencia misma del sacrificio. El estallido de la Primera Guerra Mundial, con sus devastadoras consecuencias para Europa, impidió una solución adecuada, dejando que la cuestión sin resolver se mantuviera latente. Y en los años siguientes, el movimiento litúrgico, importante en la posguerra, se ocupó también –salvo excepciones– no de la esencia, sino más bien de la ejecución de la liturgia, en particular del sacrificio de la Misa por parte de la comunidad de fieles. La toma del poder por parte de las dictaduras comunistas, fascistas y nacionalsocialistas, seguida de la Segunda Guerra Mundial con sus consecuencias, impidió una vez más una solución definitiva.
Fue Pío XII quien, en medio de los problemas de la posguerra y consciente de las cuestiones sin resolver relativas al santo sacrificio de la misa, retomó el tema en su encíclica «Mediator Dei» de 1947: reafirmó y aclaró el dogma del Concilio de Trento y, finalmente, proporcionó indicaciones para una celebración litúrgica digna.
Sin embargo, las controversias no cesaron, sino todo lo contrario: se reavivaron, no tanto en torno al rito, sino de nuevo en torno a la naturaleza del sacrificio eucarístico. El énfasis excesivo –hasta llegar a la absolutización– del carácter convivial de la Santa Misa condujo, y sigue conduciendo, a graves abusos litúrgicos, a veces incluso blasfemos. Abusos nacidos de malentendidos fundamentales sobre el misterio de la Eucaristía.
A esto se añade el hecho de que casi siempre depende de cada sacerdote si la Santa Misa se celebra según el «Novus ordo» observado escrupulosamente o si se da rienda suelta a las ideas subjetivas de los celebrantes. Los casos en los que las autoridades episcopales han intervenido contra los abusos han sido bastante raros. Aún no se ha comprendido suficientemente que esta disolución de la unidad litúrgica es fruto de la incertidumbre o incluso de la pérdida de la fe auténtica y constituye una amenaza para la propia unidad en la fe.
Por lo tanto, si se quieren evitar o sanar fracturas fatales de la unidad eclesial, es necesario llegar a una paz, o al menos a una tregua, en el frente litúrgico. Por eso vale la pena retomar el título de la famosa novela pacifista de Bertha von Suttner, publicada desde 1889 en 37 ediciones y 15 traducciones: «Die Waffen nieder!»: ¡Bajad las armas!
Esto significa, ante todo, desarmar el lenguaje cuando se habla de liturgia. Del mismo modo, sería necesario evitar todo tipo de acusaciones mutuas. Ninguna de las dos partes debería poner en duda la seriedad de las intenciones de la otra. En resumen: hay que ejercer la tolerancia y evitar la polémica. Ambas partes deberían garantizar una liturgia que respete escrupulosamente las normas respectivas. La experiencia demuestra que esta advertencia no solo es válida para los innovadores, sino también para los defensores de la «misa antigua».
Ambos bandos deberían estudiar con imparcialidad el capítulo II de la constitución conciliar «Sacrosanctum concilium» y evaluar a la luz de la misma los acontecimientos posteriores. Entonces resultaría evidente cuánto se ha alejado la práctica posconciliar de la constitución, a la que, no hay que olvidar, también se adhirió el arzobispo Marcel Lefebvre.
Solo así, en silencio y con gran paciencia, se podrá trabajar en una reforma de la reforma que se corresponda realmente con las disposiciones de la «Sacrosanctum concilium». Entonces podrá llegar el momento en que se presente una reforma capaz de honrar las demandas de ambas partes.
Pero hasta entonces, una vez más, por el amor de Dios: «¡Bajen las armas!».
Publicado originalmente en el blog de Sandro Magister







