Luisella Scrosati realiza un recorrido histórico de las relaciones de la FSSPX, en La Bussola Quotidiana, que ayudan a hacerse una idea más adecuada del «fenómeno lefebvriano» repasando algunas etapas de la historia de las relaciones entre la Fraternidad y la Santa Sede, tomando conciencia de la línea del actual gobierno de la FSSPX y conociendo algunas de sus problemáticas posiciones que, si se aceptaran «tal cual», provocarían una mayor confusión y división en la Iglesia. Originalmente publicado en tres artículos se reúnen en uno solo.
Comencemos por los años cercanos a la primera ruptura, la de 1988. Monseñor Lefebvre, exasperado por el escándalo del encuentro interreligioso de Asís (1986) y decepcionado por la fría y escueta respuesta de la Santa Sede a sus dubia relativas a la libertad religiosa (1987), decidió anunciar públicamente su intención de consagrar obispos, en la homilía del 29 de junio de 1987: «Ante esta oscuridad de Roma, ante este rechazo a volver a la Verdad y a la Tradición, nos parece que el buen Dios pide que la Iglesia continúe. Por eso, es probable que yo deba, antes de rendir cuentas de mi vida al buen Dios, realizar ordenaciones episcopales».
El cardenal Ratzinger respondió al anuncio invitando a monseñor Lefebvre a una reunión en la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante la cual propuso a la Fraternidad una estructura jurídica que protegiera su justa autonomía, el uso del Misal de 1962, obispos auxiliares y el mantenimiento de sus propios seminarios. También acordaron el próximo nombramiento de un cardenal visitador, que resultaría ser el cardenal Éduard Gagnon. El cardenal se mostró muy abierto y disponible, y su impresión sobre la formación sacerdotal ofrecida a los seminaristas fue positiva. La visita apostólica acababa de terminar (8 de diciembre de 1987) cuando, el 4 de febrero de 1988, Lefebvre declaró por sorpresa a Le Figaro que, en cualquier caso, tenía la intención de ordenar a tres obispos, con o sin la aprobación de Juan Pablo II.
Era evidente que monseñor Lefebvre no confiaba en Roma y tenía sus razones, dado el duro trato que había sufrido a lo largo de los años desde la supresión jurídica de la FSSPX. También es cierto que Lefebvre no fue en absoluto «suave» en sus opiniones. En la famosa Declaración del 21 de noviembre de 1974, Lefebvre trazaba una línea infranqueable con respecto a la reforma litúrgica: «Esta reforma, al haber surgido del liberalismo y del modernismo, está total y completamente envenenada; nace de la herejía y termina en la herejía, aunque no todos sus actos sean formalmente heréticos. Por lo tanto, es imposible para todo católico consciente y fiel adoptar esta reforma y someterse a ella de cualquier manera».
A pesar de la ducha fría que supuso la entrevista a Le Figaro, la Santa Sede decidió continuar las negociaciones y se llegó al famoso Protocolo del 4 de mayo de 1988: la FSSPX podía erigirse como Sociedad de vida apostólica, beneficiándose de una comisión creada ad hoc para sus relaciones con la Sede Apostólica y los demás obispos; también podría tener un obispo, elegido entre sus propios miembros. Además, los puntos problemáticos del Concilio podrían finalmente discutirse con la Sede Apostólica. El 5 de mayo, el Protocolo fue firmado por ambas partes. Pero al día siguiente, monseñor Lefebvre envió al cardenal Ratzinger su retractación, exigiendo que el obispo prometido fuera ordenado antes del 30 de junio de ese mismo año. El obispo francés pedía así una muestra de la sinceridad de las intenciones de la Santa Sede hacia la FSSPX.
El 24 de mayo, durante una nueva reunión con el cardenal Ratzinger, monseñor Lefebvre subió aún más el listón: no uno, sino tres obispos, y una respuesta de la Santa Sede en el plazo de una semana. El 30 de mayo, Ratzinger informó de que el Papa estaba dispuesto a acelerar el procedimiento normal para el nombramiento de obispos, de modo que se pudiera ordenar a un obispo antes del 15 de agosto. Una vez más, Lefebvre optó por no responder directamente a Ratzinger, sino por poner a la Santa Sede ante una decisión ya tomada: organizó una rueda de prensa para el 15 de junio, en la que anunció que consagraría a cuatro obispos dos semanas después, el 30 de junio. Dos días después, el prefecto de la Congregación de Obispos, el cardenal Gantin, envió un Monitum a monseñor Lefebvre para informarle de las consecuencias de su acto, y ese mismo día, la Santa Sede pidió a todos los miembros de la FSSPX que reconsideraran su posición, asegurándoles que se tomarían medidas para garantizar que la Fraternidad mantuviera su identidad, en comunión con la Iglesia.
Aún así, Lefebvre decidió seguir su camino y consagró a cuatro obispos el 30 de junio de 1988. Juan Pablo II respondió con el motu proprio Ecclesia Dei adflicta (2 de julio), en el que declaraba que «tal desobediencia» conllevaba «un rechazo práctico del Primado romano» y constituía, por lo tanto, «un acto cismático». Quince sacerdotes y seminaristas, entre ellos el asistente del Superior general de la Fraternidad, el abad Josef Bisig, que tiempo antes había entregado a Lefebvre un estudio sobre la imposibilidad de proceder a consagraciones episcopales contra la voluntad del Papa (descargable aquí), abandonaron la Fraternidad para volver a la comunión de la Iglesia y obtener la erección de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro como sociedad clerical de vida apostólica. Posteriormente se erigieron también la Fraternidad San Vicente Ferrer, fundada por el abad de Blignières, el Opus Mariæ (posteriormente Canónigos Regulares de la Madre de Dios), fundada por el padre Wladimir de Saint-Jean, y el Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote, fundado por monseñor Gilles Wach y el abad Philippe Mora. También se regularizó el monasterio benedictino de Le Barroux, fundado por dom Gérard Calvet.
En 1991, tres de los obispos consagrados por Lefebvre, excomulgados por la Santa Sede, monseñor Tissier de Mallerais, asistido por monseñor de Galarreta y monseñor Williamson, consagraron obispo, de nuevo sin el mandatum del Papa, a Licinio Rangel para la Unión Sacerdotal San Juan María Vianney de Campos (Brasil). En 2001, tras las conversaciones con el cardenal Castrillón Hoyos, la Unión fue erigida por la Santa Sede como Administración Apostólica, dependiente directamente de Roma, con la garantía de la sucesión episcopal.
Las relaciones con la Fraternidad se reanudaron con el pontificado de Benedicto XVI, quien, apenas cuatro meses después de su elección, recibió en audiencia a monseñor Fellay, entonces superior general. Durante el encuentro, Fellay pidió al nuevo Papa señales claras de apertura sincera hacia la FSSPX: levantar las excomuniones, plena libertad del rito romano antiguo y una estructura canónica para acoger a los fieles de la Tradición. La historia posterior demostrará que Benedicto XVI concederá las tres peticiones: el 7 de julio de 2007 promulgará el motu proprio Summorum Pontificum; el 21 de enero de 2009 emitirá el decreto de remisión de las excomuniones y abrirá conversaciones doctrinales con la Fraternidad para llegar a un acuerdo que le dé una estructura canónica que restablezca su plena comunión con la Iglesia, aclarando que, hasta ese momento, los obispos no ejercían un ministerio lícito. Todo lo que la FSSPX había solicitado, Benedicto XVI lo había concedido, enfrentándose a no pocas resistencias.
Las conversaciones doctrinales comenzaron el 27 de octubre de 2009 y concluyeron el 11 de abril de 2011. El 14 de septiembre de 2011, el cardenal Levada presentó a monseñor Fellay un Preámbulo doctrinal (que permaneció oficialmente reservado) y la propuesta de una prelatura personal internacional. El 7 de octubre, en el priorato de Albano Laziale, Fellay reunió a los principales responsables de la Fraternidad para presentarles las propuestas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quienes rechazaron por mayoría el Preámbulo. Pidieron suscribir no el Preámbulo, sino la Profesión de fe del Concilio de Trento, con este posible añadido: «Todos los textos del Concilio Vaticano II deben ser aceptados según el juramento antimodernista».
El 16 de marzo de 2012, la Santa Sede pidió a la FSSPX que firmara el Preámbulo en el plazo de un mes. Mientras tanto, el 7 de abril de 2012, los otros tres obispos de la FSSPX enviaron a monseñor Fellay una carta en la que advertían al Superior general que no aceptara ningún acuerdo práctico. Hablaremos de esta carta en el próximo artículo: la hemos mencionado para que el lector comprenda cómo la percepción de estar cerca de un acuerdo hizo crecer la oposición interna de la FSSPX, que en pocos años tomó las riendas de la misma.
Entre la FSSPX y la Santa Sede hubo una serie de intercambios para modificar el Preámbulo, entre ellos el envío de una Declaración doctrinal por parte de Fellay, a la que la Santa Sede respondió solicitando una modificación adicional. El 30 de junio, Benedicto XVI intervino directamente, dirigiendo una carta a Fellay en la que planteaba los tres puntos imprescindibles para poder acoger a la Fraternidad en plena comunión: 1. la aceptación del Magisterio como intérprete auténtico de la Tradición; 2. el Vaticano II como parte de esta Tradición, sin perjuicio de la posibilidad de discutir la formulación de puntos concretos de sus documentos; 3. la validez y licitud del Novus Ordo.
Las oposiciones internas a un acuerdo tuvieron su peso y Fellay se vio obligado a dar marcha atrás para evitar rupturas dolorosas que, sin embargo, se produjeron, con la salida de monseñor Williamson y de varios sacerdotes que le siguieron y formaron la «resistencia». El Capítulo General, el 14 de julio, envió a Roma una comunicación en la que se aclaraba que una eventual regularización canónica de la FSSPX tendría que ser aprobada por un capítulo extraordinario. Monseñor Fellay decidió entonces jugarse su última carta: el 28 de agosto se reunió con monseñor Di Noia, entonces vicepresidente de Ecclesia Dei, para comunicarle la retirada de la Declaración doctrinal que él mismo había enviado a la Santa Sede.
Cuando incluso Fellay miraba hacia Roma y temía el cisma
Partamos de la carta que monseñor Alfonso de Galarreta, monseñor Tissier de Mallerais y monseñor Richard Williamson enviaron al entonces Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Bernard Fellay, y a sus asistentes, el 7 de abril de 2012. Se trata de una carta personal, que sin embargo se difundió y se publicó en Internet el 10 de mayo (aquí la traducción al italiano); una carta que se envió cuando la posibilidad de un acuerdo con la Santa Sede para la regularización de la Fraternidad parecía muy cercana y concreta.
Los tres obispos quisieron dar a conocer «la unanimidad de su oposición formal a cualquier acuerdo de este tipo», es decir, a un acuerdo que no implicara la «conversión doctrinal» de Roma de las «desviaciones» del Concilio: «La realidad que lo domina todo y a la que deben ceder todos estos sinceros deseos es que, a partir del Vaticano II, las autoridades oficiales de la Iglesia se han alejado de la verdad católica y hoy demuestran [...] que quieren permanecer fieles a la doctrina y la práctica conciliares». En apoyo de su posición, los obispos invocaron una conferencia pronunciada por monseñor Lefebvre en Ecône, pocos meses antes de su muerte, en la que el prelado arremetía: «Cuanto más se analizan los documentos del Vaticano II y su interpretación por parte de las autoridades de la Iglesia, más se comprende que no se trata de errores superficiales, ni de algunos errores particulares [...], sino más bien de una perversión total del espíritu, de toda una nueva filosofía basada en el subjetivismo. [...] ¡Una perversión total!».
Un eventual acuerdo habría hecho caer a la Fraternidad «en un marco de pluralismo relativista y dialéctico», que tarde o temprano habría silenciado su voz crítica contra la «apostasía universal». Una vez más, se invocó una confidencia que Lefebvre hizo a los cuatro futuros obispos, cuando muchos presionaban para que se aceptara el acuerdo propuesto por la Santa Sede en 1988: éste acuerdo habría dado sin duda «un amplio espacio al apostolado, pero en la ambigüedad, siguiendo dos direcciones opuestas, lo que habría acabado por pudrirnos». Siempre basándose en la posición manifestada por Lefebvre, los tres obispos advirtieron al Superior y al Consejo que no «se pusieran ahora en manos de modernistas y liberales cuya obstinación acabamos de constatar», llevando a la Fraternidad «a un punto del que ya no podrá cambiar de rumbo, a una profunda división sin retorno y, si concluyen tal acuerdo, a poderosas influencias destructivas que no podrá soportar».
Estos tres obispos representaban en verdad el alma profunda de la FSSPX, un alma que, como veremos, se afirmará y retomará las riendas con la elección de Davide Pagliarani. La esencia de esta posición es que, hasta que Roma no se convierta y condene los errores conciliares abandonando todas las reformas posteriores al Concilio, debe evitarse cualquier acuerdo, porque pondría a la Fraternidad «en manos de los modernistas». Monseñor Fellay respondió una semana después, destacando ante todo la falta de sentido sobrenatural, una visión de la Iglesia «demasiado humana e incluso fatalista»: «Al leeros, cabe preguntarse seriamente si todavía creen que esta Iglesia visible con sede en Roma es realmente la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo», replicaba. Fellay admitía que en la FSSPX se estaba imponiendo una visión exagerada de los errores del Concilio, considerados «superherejías», exactamente igual que por parte de los modernistas se consideraba un superdogma, «el mal absoluto, peor que todo». «Esto es grave --añadía--, porque esta caricatura está fuera de la realidad y en el futuro desembocará lógicamente en un auténtico cisma. Y este hecho es uno de los argumentos que me impulsa a no demorarme más en responder a las instancias romanas».
Por tanto, el Consejo General era perfectamente consciente de que dentro de la FSSPX había problemas bastante graves: una comprensión errónea de la Iglesia y una valoración excesiva de la crisis que pronto llevarían a la Fraternidad hacia un cisma; una deriva percibida como muy concreta, hasta el punto de que Fellay admitió que una respuesta positiva a la Santa Sede se hacía urgente precisamente para evitar esta deriva. El 8 de junio del mismo año, Fellay, en una entrevista, volvió una vez más sobre el problema: «Lo que está sucediendo últimamente muestra claramente algunas de nuestras debilidades ante los peligros creados por la situación en la que nos encontramos. Uno de los mayores peligros es acabar inventando una idea de Iglesia que parecería ideal, pero que en realidad no se corresponde con la historia real de la Iglesia. Algunos pretenden que, para trabajar ‘con seguridad’ en la Iglesia, es necesario que ésta se limpie previamente de todo error. Esto es lo que se dice cuando se afirma que, antes de cualquier acuerdo, Roma tiene que ‘convertirse’, o que, para poder trabajar, primero deben eliminarse los errores».
Sin embargo, el Consejo General tuvo que reconocer que esta corriente contraria a cualquier acuerdo práctico representaba el sentir de la mayoría y de hecho, Fellay se resignó a ir a Roma para retirar toda propuesta de acuerdo. Monseñor Williamson reunió a su alrededor el disenso de unos cuarenta sacerdotes de la FSSPX y otros religiosos de comunidades amigas, para formar la «Resistencia», que hoy cuenta con seis obispos, más de cien sacerdotes, algunas comunidades religiosas y miles de fieles repartidos por todo el mundo.
Pero el problema más grande no era monseñor Williamson. Tras su alejamiento de la Fraternidad no debido a sus posiciones contrarias al acuerdo, sino a que ya actuaba de forma independiente convirtiéndose en un riesgo para la unidad interna de la FSSPX, fue De Galarreta quien se convirtió en el punto de referencia de la línea cismática. El obispo español estaba trabajando para impulsar la candidatura de su «delfín», Davide Pagliarani. Éste, en 2016, con motivo de la reunión de los superiores mayores, ya había manifestado claramente cuál sería la hoja de ruta de la Fraternidad en sus relaciones con la Santa Sede: «Quizás ha llegado el momento de considerar de manera definitiva la situación canónica de la Fraternidad (es decir, su ‘irregularidad’ canónica) no como una anomalía, ni siquiera como una injusticia, sino más bien como la expresión jurídica coherente con la realidad de las cosas: se trata, muy simplemente, de la imposibilidad de identificarnos con el universo y las dinámicas que el Concilio ha producido». Esta situación se entiende ahora como «el estado en el que nos ha colocado la propia Providencia. Durante quince años hemos sufrido demasiado a causa de una perspectiva cíclica de ‘regularización’ que luego resultaba prematura cuando llegaba el momento. Esto parece cada vez más claro. La Providencia no parece quererlo».
El futuro Superior general continuó ilustrando la nueva estrategia de la Fraternidad, marcada por el rechazo «cordial» de cualquier propuesta procedente de la Sede Apostólica: «‘Pasividad cordial’ frente a las avances romanas. No hay que buscar una regularización canónica ahora ni presionar al Papa para que realice un acto unilateral […]. En este contexto, nuestro objetivo último debe ser no firmar nada doctrinal, ni siquiera un juramento antimodernista. La cosa puede parecer exagerada, pero en el pragmático contexto actual, una firma adquiere un valor político: ‘es un paso, una señal de que vuelven al redil, una señal de obediencia, una señal de rechazo del cisma’. [...] Poco importa el contenido objetivo del texto».
Pero para enmascarar la actitud claramente cismática, habrá que actuar de manera que se dé la impresión de querer mantener abierto un canal de comunicación con Roma: «En esta perspectiva, también se podrían designar teólogos de la Fraternidad suficientemente dialécticos, capaces de mantener siempre abiertas las discusiones (aunque sean sustancialmente inútiles). No es necesario discutir para llegar a una conclusión: esa es la lección de los años 2011-2012».
Y precisamente en el Capítulo general de julio de 2018 fue elegido Davide Pagliarani. Pocos meses después de su elección, el nuevo Superior inauguró el nuevo rumbo, poniendo fin a las relaciones con la Santa Sede destinadas a regularizar la Fraternidad. El 22 de noviembre comunicó a todos los sacerdotes los motivos de esta decisión, confirmando su posición previa al Capítulo: «Durante estos siete años se ha realizado un largo trabajo con vistas a redactar una declaración doctrinal que la Fraternidad pudiera aceptar firmar, con el fin de demostrar [...] que es ‘verdaderamente católica’. [...] Paradójicamente, en lugar de manifestar al mundo que la Fraternidad es perfectamente católica, las diversas versiones de esta declaración doctrinal la habrían colocado en una posición que le habría impedido dar testimonio al mundo y a las almas de su fe verdaderamente católica, en particular debido a la exigencia relativa a la aceptación del Concilio y a la legitimidad del Novus Ordo Missæ». Pero incluso si la Santa Sede propusiera en el futuro una solución «en principio aceptable, ¿qué nos garantizaría que, al día siguiente, esta declaración seguiría siendo suficiente para nuestros interlocutores?».
El nuevo Superior lleva así a la FSSPX a la línea de rechazar cualquier propuesta de acuerdo, para dar paso en cambio a una «discusión teológica, muy conscientes de que el Señor no nos pide necesariamente que convenzamos a nuestros interlocutores, sino ante todo que llevemos ante la Iglesia el testimonio incondicional de la fe» (este texto y parte de los anteriores están extraídos de un documento disponible aquí de un sacerdote ex-FSSPX, don Angelo Citati). Sabemos que el «testimonio» es en realidad una forma teológica de dar vueltas al tema, con el único propósito de mantener abiertas discusiones interminables y rechazar a priori cualquier oferta de regularización, aunque sea aceptable. El «futuro cisma» temido por Fellay se ha hecho realidad.
Se entiende, pues, por qué Pagliarani se sintió bastante contrariado por el silencio de la Santa Sede ante sus propuestas de enero de 2019 de reanudar las conversaciones; y por qué se irritó por las condiciones impuestas por el cardenal Müller (26 de junio de 2017) para llegar a una conclusión efectiva: la Fraternidad no quiere en modo alguno un acuerdo, pero al mismo tiempo necesita «mantener siempre abiertas las discusiones» para poder seguir repitiendo el estribillo: «reconocemos al Papa, mantenemos relaciones con Roma; por lo tanto, no somos cismáticos». Pero ya se sabe que excusatio non petita, accusatio manifesta…
Para los lefebvrianos, todas las Misas son «dudosas» excepto la suya
En la ya citada carta del 14 de abril de 2012, el entonces Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X advertía y ponía en guardia a los otros tres obispos ordenados por monseñor Marcel Lefebvre de «hacer de los errores del Concilio superherejías», muy consciente de que una valoración desmesurada de estos errores llevaría a la FSSPX a aislarse y tomar el camino del cisma.
Algunas de estas sobrevaloraciones de los errores del Concilio ya circulaban masivamente, pero «bajo cuerda», incluso durante el doble mandato de Fellay, sin que, a decir verdad, nadie se hubiera desgarrado las vestiduras para remediarlo. Pero con la elección del nuevo Consejo General, estas posiciones salieron a la luz convirtiéndose en el «magisterio» oficial de la Fraternidad. Apenas unos meses antes del cambio de guardia, con el superiorato de monseñor Fellay con los días contados, François-Marie Chautard, rector del Institut Saint Pie X, la Universidad de la FSSPX, publicó en Le Chardonnet (abril de 2018), el boletín de la importante iglesia parisina de la misma Fraternidad, un artículo que ponía en duda incluso la validez de los sacramentos de la «Iglesia conciliar»: «Lamentablemente, la cuestión no se limita al valor magisterial de las enseñanzas conciliares, sino que se extiende a la validez y legitimidad del poder de santificación», aseguraba; y no solo eso: «Tanto en el plano del objeto como en el del sujeto, los actos habituales del poder de jurisdicción conciliar son dudosos». En esencia, la Iglesia universal llevaría sesenta años viviendo en la incertidumbre de la validez de los actos de jurisdicción y santificación.
¿Un descuido en un boletín menor? No lo parece. El 11 de enero de 2024, Jean-Marie Gleize, profesor desde hace treinta años en el Seminario de Ecône, teólogo elegido por la FSSPX para las conversaciones con la Santa Sede de 2009-2011, publicó un artículo en el Courrier de Rome, en el que reinterpretaba a su manera la necesidad de la intención del ministro para la validez de un sacramento. Si el ministro no tiene la misma fe que la Iglesia --sostiene el abbé--, pero utiliza el rito de la Iglesia, de hecho quiere hacer lo que hace la Iglesia. Pero --atención-- esto solo es válido cuando el rito utilizado es «tradicional», porque si, por ejemplo, un obispo al ordenar sacerdotes «utiliza un nuevo rito, y éste (tal y como se celebra concretamente y no solo de conformidad con la Editio typica) es dudosamente el de la Iglesia, entonces es dudoso que este obispo quiera hacer lo que hace la Iglesia, pero esta duda proviene del rito concretamente celebrado, y no del hecho de que el obispo sea modernista». Poco después, se ataca directamente el rito de la Misa reformada; dado que los cardenales Bacci y Ottaviani habían escrito «que el Novus Ordo es dudosamente lo que hace la Iglesia», entonces «las nuevas Misas no son dudosas porque los sacerdotes que las celebran ya no crean en la transubstanciación: son dudosas porque es el rito el que es dudoso».
En la práctica, ante cada sacramento celebrado según el nuevo rito --excepto el bautismo, el matrimonio y la confesión--, se duda de su validez, «porque es el rito el que es dudoso», y, por lo tanto, el ministro que se ajusta a ese rito no tradicional ya no tendría objetivamente la intención de hacer lo que hace la Iglesia. El mismo monseñor Lefebvre, nos explica Gleize, dudaba «de la validez de las nuevas misas», «en primer lugar porque el Novus Ordo, el modelo de estas misas, es dudoso: una fórmula incierta exige el cumplimiento incierto de las cosas que hay que realizar», invalidando en esencia la intención objetiva del ministro. E insiste en este punto: «Hablando de los obispos conciliares, él [Lefebvre] declaró que los sacramentos ‘son todos dudosos’ y la razón que dio es que ‘no se sabe exactamente cuáles son sus intenciones’. Precisamente, sus intenciones son dudosas en la misma medida en que los nuevos ritos reformados por Pablo VI son dudosos».
Queridos católicos que asistís al Novus Ordo, pensáis que vuestro ser querido que acaba de recibir la Unción de los Enfermos también ha recibido las gracias correspondientes, pero es dudoso que sea así; que habéis sido verdaderamente confirmados, pero no es seguro que sea así; que habéis ofrecido una Misa en sufragio del alma de vuestro abuelo o habéis recibido al Señor Jesús en la Sagrada Eucaristía, pero es dudoso que sea así. La Iglesia universal os confirma la validez de estos sacramentos, pero la Fraternidad os dice lo contrario. Toda la vida sacramental de la Iglesia se vuelve así incierta y las almas ya no saben si están recibiendo la gracia de Dios o no. ¿La consecuencia? Si queréis salvar vuestras almas, acudid a la Fraternidad.
En la página web del Distrito francés de la FSSPX encontramos estos conceptos en forma sencilla en un Petit catéchisme de la nouvelle messe, escrito por Daniele di Sorco, FSSPX: la nueva misa es dudosa tanto desde el punto de vista de la intención objetiva del ministro, «porque, al ser fundamentalmente ambigua [...], no expresa suficientemente lo que la Iglesia pretende hacer», como desde el punto de vista de su intención subjetiva: «Si se considera la deformación que ha sufrido la doctrina sobre la misa en el catecismo y en la enseñanza de los seminarios actuales, se puede concluir que esta intención no siempre está presente». Por lo tanto, «el peligro de que la nueva misa sea inválida es muy grande»; así, estamos más seguros de la validez de un bautismo administrado por un budista o un ateo en caso de necesidad, que de una misa celebrada por un sacerdote católico. La conclusión no solo se impone por sí misma, sino que está presente explícitamente en el «pequeño catecismo».
También se cuestiona la legitimidad del Novus Ordo, ya que no expresa «de manera suficiente la fe católica sobre el misterio de la Eucaristía, sino que implica una profesión de fe sustancialmente ambigua». Por lo tanto, la nueva misa no es lícita. ¿Cómo afirmar lo dicho si la fe nos enseña que toda ley litúrgica general promulgada por el Papa es infalible? Sencillo: para la Fraternidad, no es una ley porque toda ley mala que va en contra del bien común, de ley solo tiene el nombre. ¿Y qué paralelismo sugiere la Fraternidad para explicar el concepto? El de la ley que autoriza el aborto: mala ley esta, mala ley aquella.
La nueva misa, por lo tanto, nunca es legítima y su validez es dudosa; así pues, se puede entender una de las verdaderas razones por las que la FSSPX siempre se ha negado a firmar cualquier acuerdo con la Santa Sede, que obviamente exigía reconocer la validez y legitimidad del Novus Ordo, aunque sin exigir nunca a la Fraternidad que lo celebrara. Y también se pueden comprender las consecuencias prácticas de este enfoque: «Nunca está permitido asistir activamente [es decir, unirse a las oraciones y a los gestos litúrgicos, y comulgar, n.d.a.] a la nueva misa, porque nunca está permitido adherirse interiormente a algo ilícito»; en cambio, a veces se permite una asistencia pasiva, es decir, una presencia puramente física, en el caso, por ejemplo, de funerales o bodas, «a condición de evitar cualquier tipo de escándalo, es decir, de no hacer nada que pueda hacer pensar en una asistencia activa».
Por lo tanto, nunca está permitido participar activamente en la «nueva misa», ni siquiera para cumplir con el precepto dominical, en caso de no poder asistir a una misa de la FSSPX, ni siquiera «si se celebra sin abusos, porque su ambigüedad a nivel de fe no depende de los abusos, sino del mismo rito oficial». Tampoco es posible simplemente recibir la Sagrada Comunión, «ni comulgar con hostias consagradas en la nueva misa». Por eso, cuando a los sacerdotes de la FSSPX se les da permiso para celebrar en iglesias católicas, nunca utilizan las hostias consagradas que se guardan en el sagrario, sino solo las que ellos mismos consagran en ese momento.
Si el lector pensara que, al menos, la opción de participar en la misa en rito antiguo, aunque no celebrada por la FSSPX, podría ser viable, sentimos decepcionarle. En la revista del Distrito italiano La Tradizione Cattolica (n.º 110, año 2019), se lee que «cuando se aplica explícitamente el motu proprio [Summorum Pontificum], se trata de una celebración en la que los gestos de la misa tridentina están objetivamente vacíos de todo significado». «Toda celebración presentada oficialmente según los términos del motu proprio será, en nuestra opinión, tan inaceptable como la nueva misa, y por las mismas razones», porque «la asistencia habitual o, peor aún, exclusiva a las misas concedidas según la letra o el espíritu del motu proprio, es en sí misma una profesión pública y exterior de una cierta concepción de la Iglesia, de la doctrina, del Concilio, de la misa misma: una concepción claramente sospechosa de herejía».
No difiere la posición del Distrito francés (Fideliter, n. 252, 2019): «A la pregunta: ‘Entre dos domingos en los que se asiste a misa en la Fraternidad, ¿se puede asistir a misa en otro contexto, no tradicional [es decir, de la FSSPX y de los ‘sacerdotes amigos’], simplemente con el fin de no faltar al precepto dominical?’, la respuesta es sin duda ‘no’. Hoy en día, lamentablemente, cada vez más católicos responden ‘sí’, yendo a menudo y sin problemas». La propia Fraternidad prohíbe a sus sacerdotes asistir con hábitos corales a las misas en rito antiguo celebradas, por ejemplo, por los institutos ex-Ecclesia Dei, pero solo pueden asistir in nigris. Se trata, a todos los efectos, de prohibir la communicatio in sacris con sacerdotes católicos, exactamente igual que la Iglesia católica prohíbe ordinariamente la misma con miembros de iglesias que no están en plena comunión con la Iglesia católica. Esto significa que la Fraternidad trata a los sacerdotes católicos como sacerdotes de iglesias cismáticas independientemente del rito celebrado, manifestando (también) de esta manera que ella misma es cismática, es decir, que no quiere comunicarse sacramentalmente con quienes están en comunión con el Papa. Ni siquiera con el propio Papa.
Esto es lo que la Fraternidad quiere decir cuando pide a la Santa Sede que la acepte «tal como es», cuando solicita que se le conceda la autorización para las próximas consagraciones episcopales, para poder continuar su apostolado «por la salvación de las almas». Quienes siguen diciendo que la Fraternidad no es cismática deberían al menos recordar estos hechos; quienes desean que el Papa apruebe la Fraternidad sin pedir nada «a cambio» deberían darse cuenta del completo cortocircuito de su petición: el Papa debería aprobar a obispos y sacerdotes que rechazan la communicatio in sacris con la Iglesia católica.







