La suma importancia de los Novísimos
Queridos lectores, habiendo escrito sobre el infinito amor que Dios nos tiene, conviene ahora dedicar un artículo a otro asunto también de suma importancia, esto es, a las verdades de nuestra fe reveladas por Dios en relación a lo que puede suceder con las almas de las personas tras la muerte. Nótese que me refiero a las almas de las personas; de todas, sean católicas o no y, por tanto, crean o no en la enseñanza de la Iglesia Católica sobre los Novísimos. También procede recordar que un católico, sea el que fuere, debe profesar la fe católica íntegra e inviolada y, por tanto, debe creer lo que la Iglesia siempre ha enseñado sobre esta materia, sin mutilaciones, ni deformaciones. Se deben creer las verdades de fe que resultan agradables y, también, las que no lo son tanto, en bien de nuestras almas.
¿Y por qué procede escribir sobre esta cuestión? Pues porque, hasta donde yo sé, en nuestra época y desde hace años, en general, se trata muy poco esta cuestión en la vida de la Iglesia Católica (en InfoCatólica, no obstante, son varios los blogueros que sí han tratado este tema con la seriedad y profundidad que merece, lo cual es muy de agradecer). Las verdades de fe sobre el juicio particular al que habremos de someternos tras nuestra muerte, el Cielo, el Infierno y el Purgatorio no han sido abrogadas – no pueden serlo – por la Iglesia. Sin embargo, resulta estremecedor que no se predique, ni se escriba sobre estas cuestiones, dada su extrema gravedad. En mi opinión, guardar silencio sobre los Novísimos no supone una actitud misericordiosa, sino todo lo contrario. Si cualquiera de nosotros corriéramos un gravísimo peligro, en el cual nos jugásemos, por ejemplo, la vida, querríamos ser avisados, a fin de intentar ponernos a salvo. Pues bien, en lo que a los Novísimos se refiere, no es que las personas nos juguemos tan solo esta vida caduca; es que nos jugamos nuestro destino eterno, esto es, sin fin y para siempre.
Pues bien, siendo esto así, en primer lugar, procede recordar que, como todo el mundo sabe, los seres humanos vamos a morir. No es que vayamos a morir solo los católicos, es que vamos a morirnos todos. E inmediatamente después de morir, todos, católicos o no, compareceremos ante el Tribunal de Dios para ser juzgados desde la perspectiva de las enseñanzas y los mandatos de Nuestro Señor Jesucristo, con especial mención de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, interpretados a la luz del Magisterio de la Iglesia Católica. Entiéndase bien: Seremos juzgados a la luz de las enseñanzas de Cristo y no de ninguna otra persona. Ninguna otra, por mucho que haya habido quienes, en el pasado, hayan fundado otras religiones, antes o después de Cristo. Ninguna de esas personas nos va a juzgar y ellas, a su vez, en el momento de su muerte, habrán rendido cuentas de su vida ante el Dios Uno y Trino predicado por Jesucristo, como todos. Pues el Hijo de Dios solo es Uno, el mismo ayer, hoy y siempre, de forma que “ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos” (Hechos 4, 12) y no hay ningún otro que, como Jesucristo, pueda decir: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18).
¿Y cómo se ha de llegar a dicho juicio particular tras la muerte? Muy sencillo: En Gracia de Dios. Gracia que obtenemos por medio del Sacramento del Bautismo y que podemos perder después, si cometemos un pecado mortal; en cuyo triste y dramático caso, habremos de procurar recuperar la Gracia santificante cuanto antes, por medio del Sacramento de la Penitencia. Así pues, una vez que hayamos comparecido ante el Tribunal de Dios, el Señor, de forma inmediata, nos juzgará, sin apelación posible. Su juicio será perfecto, enteramente justo y entonces Él “dará a cada uno según sus obras” (Mt 16, 27-28). Lo que puede suceder entonces conviene recordarlo. Existen dos únicos destinos eternos posibles tras la muerte: El Cielo y el Infierno. Y existe, también, un destino temporal, el Purgatorio, que ayuda a alcanzar el Paraíso a las almas que, muriendo en Gracia de Dios, sin embargo, no se hallan en un estado de perfección suficiente como para poder entrar inmediatamente a gozar de la visión de Dios, cara a cara, en el Cielo.
Acerca del Cielo, una de las mejores definiciones que yo he conocido y, desde luego, la que más me ha impresionado, es la que proporciona San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente de hombre alguno lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2, 9). La mejor definición del Cielo es… que es indefinible, paradójicamente. No obstante, sabemos que, en el Cielo, la unión con Dios de cada alma será perfecta. Cada Santo, en el Cielo, contemplará a Dios cara a cara y su alma llegará al culmen de toda la felicidad y amor a Dios que pueda abarcar. Asimismo, en el Cielo, la Voluntad de Dios se cumple de manera perfecta y esta es, precisamente, la fuente de mayor dicha de los Santos en el Paraíso; pues allí, los Santos, al amar a Dios plenamente, desean que Dios goce y reciba la máxima gloria y, al tiempo, ven dicho deseo plenamente cumplido, lo que les hace inmensamente felices. Así lo enseña San Alfonso María de Ligorio, en una maravilla de libro llamado “Práctica del amor a Jesucristo”, cuya lectura recomiendo a todo el mundo. Sería maravilloso que se hablara del Cielo a la gente con frecuencia. A los católicos y a los que no lo son. Sin embargo, como decía antes, hasta donde yo sé, apenas se hace. Tristemente.
Por su parte, el Purgatorio, como indicaba más arriba, ayuda a las almas que mueren en Gracia, pero sin poder ir inmediatamente al Cielo, a alcanzarlo. Para que las almas se purifiquen, resulta necesario que sufran; pues el sufrimiento nos purifica de nuestros pecados, al aumentar el mérito del alma. Y el sufrimiento que se padece en el Purgatorio, queridos lectores, no es ninguna broma. Dependiendo de la gravedad de las imperfecciones que los pecados – mortales y perdonados por Dios en vida de la persona o bien veniales – hayan dejado en el alma, mayor o menor será el padecimiento de la persona en el Purgatorio y su duración. Por eso, me parece dramático que, en nuestra época, en no pocos funerales se dé por sentado que el difunto se ha salvado y está en el Cielo. Llegar al Cielo no es fácil, como explica Nuestro Señor, en el Evangelio, hablando, por ejemplo, de la senda estrecha, la puerta angosta y señalando que el Reino de los Cielos se obtiene a viva fuerza y que son los esforzados quienes lo arrebatan. Comprendo que, en los funerales, se desee consolar a la familia y aliviar su preocupación por el destino eterno del pariente difunto. No obstante, con franqueza: No se hace ningún favor a los muertos al dar por sentado que han entrado inmediatamente en el Cielo, tras su fallecimiento. Lo que se ha de hacer es rezar por ellos, poniendo sus almas en manos de Dios y de su Madre Santísima e implorando la Misericordia infinita del Señor para con la persona fallecida. Al menos, eso es lo que yo deseo que se haga por mí cuando mi muerte tenga lugar, en el momento que Dios tiene determinado (es muy recomendable, sobre todo, que se ofrezca la Santa Misa por el difunto y, además, varias veces). Y soy muy consciente de que el Purgatorio es una muestra más de la bondad y amor de Dios, pues es gracias al Purgatorio que muchas almas podrán entrar, algún día, en el Cielo.
Finalmente, el otro destino eterno ya mencionado es el Infierno. Jesucristo predicó con frecuencia acerca de él, con imágenes impactantes: Fuego que no se apaga, llanto y rechinar de dientes, el gusano que no muere, las tinieblas exteriores… Unas terribles imágenes que varios Santos han corroborado, a través de las visiones que del Infierno tuvieron, en vida (testimoniando, así, no solo que el Infierno existe, sino que, además, no está vacío): Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco y los Santos Pastorcitos de Fátima, por citar tres ejemplos. Permítanme que sea muy franca de nuevo: No predicar sobre el Infierno, no avisar a la gente acerca de tan espantosa posibilidad me atrevo a decir que supone un error pastoral de primerísimo orden por parte de aquellos Ministros de la Iglesia que así proceden y que, en nuestro tiempo, lamentablemente son muchos; y, peor aún, conlleva mutilar gravemente el Evangelio. Pues, tal como rezamos en el Credo, Jesucristo bajó del Cielo, se hizo hombre y sufrió su terrible Pasión y Muerte precisamente para salvarnos, esto es, para librarnos a todos del Infierno y llevarnos al Cielo. No es de extrañar, pues, que el Señor, movido por su inmenso amor hacia nosotros, predicara sobre el Infierno con frecuencia. Mas el Señor no nos va a obligar a salvarnos, queridos lectores; ya lo expresó, magistralmente, San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Debemos, pues colaborar con la Gracia de Dios, para alcanzar nuestra salvación.
Me atrevo, finalmente, a dirigir una súplica filial a los Ministros de la Iglesia: Queridos Pastores de la Iglesia, ¡Tengan, se lo ruego, piedad de las almas y prediquen con frecuencia sobre los Novísimos…! Se trata de una de las mayores muestras de misericordia hacia la gente con que Ustedes pueden proceder. La salvación de las almas es el gran deseo que consume el Corazón Sacratísimo de Nuestro Señor Jesucristo y dicha salvación se procura a las almas por medio de los Sacramentos, sí, pero también diciendo la verdad a las personas, sea fácil o difícil de oír. Tal es la gran misión de la Santa Iglesia Católica: La salvación y santificación de las almas, de forma que lleguen a unirse con Dios en el Cielo.
Que Dios nos ayude a todos a dar testimonio de la Verdad ante el mundo. De toda la Verdad que se nos ha revelado en Jesucristo. Dios lo quiera.
25 comentarios
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L.V.: Muchas gracias, Javier. Enhorabuena a ti también por tus magníficas entrevistas...! :)
"Muy pocos son los que se salvan", predicaba San Leonardo de Porto Mauricio.
Estoy convencido de que no se salva quien no tenga interés en salvarse y haga todo lo que esté a su alcance para merecer lo que Cristo nos ganó en la Cruz.
"Juicio, infierno, purgatorio y Gloria ten presente, cristiano, en la memoria y no pecarás", decían antiguamente.
Muchas gracias, Lina, por traer algo tan básico y tan omitido, de nuestra fe.
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L.V.: Gracias a usted, Antonio. Desde luego, yo prefiero que me asusten a acabar en el Infierno por ignorancia, muriendo en pecado mortal. Que, de allí, ya no se puede salir jamás... Y sí, efectivamente, el Reino de los Cielos es de los esforzados, como enseñó Nuestro Señor Jesucristo. Uno no se salva así como así.
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L.V.: El limbo no es dogma de fe, no hay obligación de creer en él. Yo, por eso mismo, tampoco tengo una opinión muy formada sobre el mismo.
Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (LG 16; cf DS 3866-3872).El artículo habla de ignorancia inculpable para que esta posible salvación tenga lugar. Ahora, ¿quienes son, quienes podrían ser estos "sin culpa suya"? Infaliblemente sabemos quiénes NO pueden serlo a través de lo que nos dijo el Concilio de Florencia:
La sacrosanta Iglesia romana… cree firmemente, confiesa y predica que ninguno que esté fuera de la Iglesia católica, no sólo pagano, sino aun judío o hereje o cismático, podrá alcanzar la vida eterna; por el contrario, que irán al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles, a menos que antes de morir sean agregados a ella. Y tan importante es la unidad del cuerpo de la Iglesia, que sólo los que permanecen en ella les aprovechan los sacramentos de la Iglesia para vida eterna. Y que sólo a ellos les proporcionan frutos de vida eterna los ayunos, las limosnas y las restantes obras de piedad y los ejercicios de la ascética cristiana. Y que por muchas limosnas que haga, aunque derrame su sangre por Cristo, nadie puede salvarse si no permaneciere en el seno y en la unidad de la Iglesia católica.”Muy diferente de lo establecido en el art. 847 del CIC. Según el magisterio extraordinario de Florencia, no basta con estar unido a la Iglesia en espíritu, la unión debe ser en cuerpo y alma. Y para ello se hace necesario:
“Por consiguiente, declaramos, afirmamos, definimos y pronunciamos que el someterse al Romano Pontífice es a toda creatura humana absolutamente necesario para la salvación.”La ignorancia nos priva de los sacramentos y la privación de estos nos priva de la salvación. No lo digo yo, lo dice el magisterio infalible de la Iglesia, al que ahora se opone la misma Iglesia.
Bula "Unam Sanctam"
«Si alguno dijere que los sacramentos de la nueva ley no son necesarios, sino superfluos para salvarse; y aun cuando no todos sean necesarios a cada particular, asimismo dijere que los hombres sin ellos, o sin el deseo de ellos (sine eis auteorum voto), alcanzan de Dios, por la sola fe, la gracia de la justificación; sea excomulgado».
—Concilio de Trento
Pero con todo lo terrible que implica la pesima (y herética) redacción de ese numeral 847; ignora olimpicamente el dogma de fe del Concilio de Lyon y ratificado por Florencia:
“Illorum animas, qui in actuali mortali peccato vel solo originali decedunt, mox in infernum descendere, poenis tamen disparibus puniendas”; Dz 464, 693; cf. 493 a.Traducido: las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes.
Juan 3:5.
El art. 847 hace una omisión escandalosa de la falta del bautismo. Porque por más que sin culpa suya no conozcan el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y busquen a Dios con sincero corazón e intenten en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia; cuando mueran lo harán AL MENOS con el pecado original, y con ello son pasibles de la pena de daño, nunca verán a Dios, nunca tendrán la visión beatífica. ES DOGMA DE FE. Y si además de morir con el pecado original, mueren con pecado actual, se harán también acreedores de la pena de sentido.
Por eso es que Cristo envío a sus apóstoles a anunciar el Evangelio s todas las naciones y a bautizar. Si con la ignorancia fuera más fácil ganarse el cielo, entonces Cristo hubiese sido cruel al mandar eso.
Y para terminar la ignorancia invencible, que el art. 847 la presupone eterna. Otra falacia. Veamos que nos dice Santo Tomás de Aquino:
Es posible que alguien pueda ser criado en el bosque, o en medio de lobos; tal hombre no puede saber nada explícitamente sobre la fe. Es característica de la Divina Providencia proporcionar a cada hombre lo necesario para la salvación (…) siempre que de su parte no haya ningún obstáculo. En el caso de un hombre que busca el bien y se aparta del mal por la guía de la razón natural, Dios o le revelará a través de la inspiración interior lo que ha de creer, o le enviará algún predicador de la fe…La ignorancia invencible solo puede ser temporal, limitada en el tiempo. Y hoy se puede decir que no existe, que es imposible que exista alguien que no haya escuchado hablar de Cristo y su Iglesia (otra cosa es que crean).
-De Veritate, 14, a. 11, ad 1
Lamentablemente vivimos tiempos de oscuridad, en donde la propia Iglesia ignora su herencia y promueve herejías (Amoris Laetitia, Fratelli Tutti, Fuduccia Suplicans, etc.). De modo que bienvenidos sean estos sus artículos de divulgación que buena falta nos hace nutrirnos de una fe incontaminada.
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L.V.: Gracias, una vez más, Rubén, por su amable valoración de mis artículos.
muerte, juicio, infierno y gloria".
(Gloria con Purgatorio previo).
NO HAY QUE AGREGAR NADA MAS.
Si bien el limbo no es dogma de fe, existen dogmas de fe que lo presuponen:
1. Cuando un niño nace tiene el Pecado Original: dogma de fe.
2. Nadie con pecado original puede ir al cielo: dogma de fe.
3. Nadie sin pecados graves personales (actuales) puede ir al infierno (es decir, padecer la pena de sentido): dogma de fe.
4. La gratuidad de la salvación. La vida sobrenatural es un don o regalo gratuito de Dios al hombre. La salvación eterna no es un derecho del hombre, sino que es resultado del don gratuito de Dios. Es por ello que nadie puede exigir de Dios el derecho de irse al cielo, a no ser que cumpla las condiciones que Dios ha prescrito para ello. A saber: estar en gracia de Dios. La gracia se obtiene, principalmente a través de los sacramentos. El perdón del Pecado Original se obtiene a través del bautismo (sacramental, de sangre o de deseo).
Cuando los teólogos intentaron dar una respuesta al problema de qué es lo que ocurría con los niños que morían -sin haber cometido pecados personales- antes de ser bautizados, buscaron en las Sagradas Escrituras y en la Tradición de la Iglesia (fuentes de la Verdad Revelada) y no encontraron nada revelado por Dios al respecto; por lo que valiéndose del razonamiento teológico concluyeron en la necesidad de pensar en la existencia de un lugar o estado llamado Limbo, en el cual, los seres que allí se encontraran, no sufrirían las penas del infierno, pero tampoco tendrían la visión beatífica. Es decir, gozarían de una “felicidad natural” y no de la “felicidad sobrenatural” (propia del cielo).
Algunos dicen que la doctrina del Limbo nunca fue una doctrina de la Iglesia Católica, lo cual es falso. Aparece ya reflejada en el II Concilio de Lyon y en el Concilio Ecuménico de Florencia.
“Los niños (que mueren sin el bautismo y sin cometer pecados personales) sólo sufren la pena de daño, la privación de Dios, pero no la de sentido”. (Concilio Ecuménico de Florencia, Decretum pro Graecis, Bula Laetentur coeli, Denz. 693. Concilio II de Lyon, Dnz. 464)
Pio XII, el 29 de Octubre de 1.951, decía a la comadronas italianas: “Un acto de amor puede bastar al adulto para conseguir la gracia suficiente y superar el defecto del Bautismo, pero al no nacido aún o al recién nacido este camino no les está abierto y de ahí la gran importancia de proveer el Bautismo del niño privado del uso de razón (porque) el estado de gracia es absolutamente necesario para su salvación (Jn 3:5)
La idea del Limbo para los niños llegó a convertirse en una doctrina católica común, enseñada como tal a los fieles, hasta mediado el siglo XX. Sin embargo, nunca fue declarada como dogma de fe ni como algo definitivo, sino como una solución teológica a un problema sobre el cual no había una verdad revelada.
Después del Concilio Vaticano II el concepto del Limbo fue abandonado por amplios sectores de la teología. De hecho la Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe del 20 de octubre del 1980 deja abierta la posibilidad de que tales niños se salven, aunque sólo se tenga la certeza de la salvación de los que reciben el bautismo. Por supuesto, que esta presunción va en contra de los dogmas de fe declarados previamente por la Iglesia.
Si te interesa el tema, Eduardo Forment publicó muy buenos artículos aquí, en Infocatólica, sobre el limbo.
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L.V.: Gracias, Rubén.
Qué Dios le bendiga.
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L.V.: Igualmente, Juan Carlos, muchas gracias.
En el diario de Santa Faustina Kowalska viene descrito el infierno, inmensamente grande y lleno de gente que no cree en el, sus torturas y sus torturadores, para que nadie pueda decir que no estaba avisado.
Muy bien, pero que muy bien, doña Lina. Felicidades.
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L.V.: Muchas gracias, FJGO.
Vivimos en tiempo de oscuridad, de apostasía, de una Iglesia tibia con pastores que huyen cuando ven venir al lobo.
Satanás les dijo a nuestros primeros padres que no morirían si comían del fruto del árbol prohibido. Y tuvo éxito con su engaño. Y hoy sigue empleando la misma fórmula, tratando de hacer creer que se puede encontrar la salvación fuera de la Iglesia e incluso sin bautismo (y en textos del Vaticano), cuando la propia enseñanza de la Iglesia, infaliblemente y a través de sus dogmas ha afirmado todo lo contrario.
Por eso no basta con quedarnos con lo que dice la Iglesia ahora sino con lo que dijo siempre y teniendo en cuenta, que a diferencia del Islam, lo que tiene preminencia es lo más antiguo. Siempre deberíamos tener presente la regla que San Vicente de Lerins nos dio en su Conmonitorio:
Habiendo interrogado con frecuencia y con el mayor cuidado y atención a numerosísimas personas, sobresalientes en santidad y en doctrina, sobre cómo poder distinguir por medio de una regla segura, general y normativa, la verdad de la fe católica de la falsedad perversa de la herejía, casi todas me han dado la misma respuesta: «Todo cristiano que quiera desenmascarar las intrigas de los herejes que brotan a nuestro alrededor, evitar sus trampas y mantenerse íntegro e incólume en una fe incontaminada, debe, con la ayuda de Dios, pertrechar su fe de dos maneras: con la autoridad de la ley divina ante todo, y con la tradición de la Iglesia Católica».
«Y si algún contagio nuevo se esfuerza en envenenar, no ya una pequeña parte de la Iglesia, sino toda la Iglesia entera a la vez incluso, entonces su gran cuidado será apegarse a la antigüedad, que evidentemente no puede ya ser seducida por ninguna mentirosa novedad».
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L.V.: Su madre demostró tener mucha sensatez y estoy segura de que era muy buena. Hace usted muy bien en rezar por ella, sin que ello sea incompatible con la esperanza de que esté ya en el Cielo. Dios tenga a su madre en su Gloria, descanse en paz.
(COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL
LA ESPERANZA DE SALVACIÓN
PARA LOS NIÑOS QUE MUEREN SIN BAUTISMO.
Fte: www.vatican.va
Muchas gracias por el artículo de los Novísimos. Totalmente de acuerdo, los sacerdotes deberían de predicar sobre ello, algunos lo hacen, pero son pocos.
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L.V.: Gracias a usted, anawim.
Los numerales 1257, 1260 y 1261, del Catecismo actual, nos dan mucha luz, sobre la enseñanza de la Iglesia, al respecto.
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L.V.: Muchas gracias, JLuis. Quiero tener esperanza de que nuestro paso por el Purgatorio no dure tanto... Dios, en su infinita Misericordia, así lo quiera.
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L.V.: Me parece muy inteligente, je, je... :)
Los artículos que citaste en tu comentario, no echan luz, sino oscuridad sobre el misterio de la salvación. Todos ellos están inspirados en el herético art. 16 de Lumen Gentium, y tan herético es, que nunca antes la Iglesia osó escribir algo así:
Pero el designio de salvación abarca también a los que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso.Una falsedad más grande no pudo ser escrita, porque es mentira que los musulmanes adoran al mismo Dios que los cristianos (nosotros adoramos a la Santísima Trinidad). Y tanto es así, que la misma Escritura niega lo afirmado por LG 16:
Todo aquel que niega al Hijo tampoco tiene al Padre. Todo aquel que confiesa al Hijo tiene también al Padre.No pueden pues los musulmanes adorar al mismo Dios que los cristianos cuando niegan la divinidad de Cristo. El Dios que a los cristianos les dice que los esposos deben estar dispuestos a dar su vida por sus esposas, tal como Cristo la dio por su Iglesia, el Dios de los musulmanes dice que es licito al esposo golpear a sus esposas.
El Espíritu Santo no puede decir una cosa hoy contrario a lo que dijo ayer. Y el Espíritu Santo, por voz de sus Concilios, dejó establecido que el bautismo (incluyendo el de sangre y/o el de deseo) es imprescindible para alcanzar el cielo. Cualquiera que muera sin estar bautizado, por más justo que haya sido y por más ignorante del Evangelio que haya estado, irá al "limbo de los justos" (por si quieres darle un nombre, aunque ese limbo estaría situado en el infierno), no padecerá las penas del fuego eterno pero tampoco verá a Dios (puesto que morirá con el pecado original, y como dice la Escritura "nada impuro entrará en el cielo"). Esto no lo digo yo, lo afirmó la Iglesia durante 19 siglos.
Y para que veas cómo hubo un quiebre en la Iglesia a partir del CVII, te transcribo lo que dice el catecismo ahora (inspirado en el herético art. 16 de LG) y lo que decía en el catecismo de San Pío X:
CIC 847: Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (LG 16; cf DS 3866-3872).Aquí se ve claramente el típico caso de quien, sin conocer a la Iglesia (inculpablemente), recibe el bautismo en artículo mortis y por ende, si en vida fue justo, puede alcanzar la salvación. PERO PORQUE FUE BAUTIZADO.
Y ahora lo que ANTES enseñaba la Iglesia:
172.- ¿Podría salvarse quien sin culpa se hallase fuera de la Iglesia? - Quién sin culpa, es decir, de buena fe, se hallase fuera de la Iglesia y hubiese recibido el bautismo o, a lo menos, tuviese el deseo implícito de recibirlo y buscase, además, sinceramente la verdad y cumpliese la voluntad de Dios lo mejor que pudiese, este tal, aunque separado del cuerpo de la Iglesia, estaría unido al alma de ella y, por consiguiente, en camino de salvación.
Y para tratar de salvar las apariencias, el Catecismo actual, finaliza el art 1261 con lo siguiente:
Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad.No se puede suponer nada. Y aquí más que un supuesto es un dar por hecho. Eso es juicio temerario; nadie conoce el interior de las personas, solo Dios. De modo tal que no se puede saltar de una hipótesis a un hecho consumado y menos proclamar la salvación en base a una suposición. Correcta es la redacción y la enseñanza del Catecismo de San Pío X.
Conclusión: sin bautismo, haya o no justicia, medie o no ignorancia invencible, no hay salvación posible (si por salvación entendemos que la misma comprende la visión beatífica).
Perdón Señora Lina por abusar de su paciencia y buena voluntad.
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L.V.: Agradezco su participación tan activa y amable, Rubén. No obstante, debo rogarle brevedad en sus comentarios... Comprendo que abordar según qué temas de forma más breve no es fácil, pero la idea de los comentarios es que sean comentarios, no cuasi-artículos, ya me entiende... Muchas gracias.
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Eso es cierto en el caso de que los padres sean cristianos. Si no, ni por un casual. Mala cosa cuando se apela a algo falso para sostener una tesis que no tiene eco ni en la Escritura ni en la tradición.
Gracias doña Lina, por su post. No puedo ofrecer nada más que mi gratitud. Muy interesante el debate de los niños fallecidos sin bautismo. Algún día sabremos, cuando Dios así lo quiera. De ellos y de los demás. Pero no predicar lo que sí debemos predicar porque formó parte de la predicación de nuestro Señor, eso es un grave error de nuestro tiempo. Por lo demás, pido un huequito en el purgatorio para asegurarme la purificación y el poder conocer a Dios.
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L.V.: Gracias a usted, Marta de Jesús. Y que Dios, en su infinita Misericordia, nos conceda a todos "saltarnos a la torera el Purgatorio", como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer.
"Dios quiere que TODOS los hombres se salven". Esta verdad, es, para la Iglesia, el criterio de peso, a partir del cual ha llegado a las conclusiones que hoy se nos proponen.
El artículo 16 de Lumen Gentium no es herético. El artículo 16 de Lumen Gentium aparece en 8 párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica aprobado por Juan Pablo el 25 de junio de 1992. Los párrafos son 761, 839, 841, 843, 844, 847, 1260 y 1281. El Catecismo tampoco es herético.
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L.V.: Efectivamente, Dios desea que correspondamos a su amor infinito, con ayuda de su Divina Gracia. Que el Espíritu Santo nos conceda hacerlo así.
Digo yo, ¿existe algo que los padres católicos puedan hacer durante el embarazo para asegurarse la salvación de su hijo en caso de muerte? ¿Sirve el "bautismo de deseo" en este caso? Si las respuestas son "no", ¿por qué se comete la estupidez de querer consolar a los padres que perdieron a su bebé con la famosa frase "ahora tienen un angelito en el Cielo"? Y eso que son precisamente los sacerdotes los que suelen decir esta patochada.
No entiendo cómo una embarazada católica puede sentirse tan feliz sabiendo que su bebé está viviendo los nueve meses más malditos de su vida. Yo no me sentí nada feliz hasta que mis bebés por fin nacieron y se bautizaron.
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L.V.: Este asunto que usted plantea yo no lo tengo claro del todo, la verdad. Lo mejor, creo yo, es poner las almas de esos niños en manos de Dios y confiar en Él.
L.V.: Este asunto que usted plantea yo no lo tengo claro del todo, la verdad. Lo mejor, creo yo, es poner las almas de esos niños en manos de Dios y confiar en Él.
No quería escribir porque se me haría muy dificil hacer un comentario corto.
Pero he decidido hacer el intento para señalar que estoy de acuerdo con este comentario que cito.
Basicamente eso es todo lo que hay que decir del limbo.
Existen diferentes grados de certeza en las enseñanzas católicas:
1.De fide catholica, de fide divina, de fide definita
2.De fide ecclesiastica
3.Sententia fidei proxima
4.Sententia ad fidem pertinens
5.Sententia communis (aquí va el limbo)
6.Sententia probabilis
(Ludwig Ott, Manual de Teología Dogmática p.37)
Los primeros dos grados "de fide" son dogmas.
El limbo es doctrina común. Cito ahora a Ludwig sobre sententia communis:
Sentencia común es una doctrina que, aunque todavía cae dentro del campo de la libre discusión, es sostenida generalmente por todos los teólogos.
Durante 700 años, los teólogos apoyaban unánimemente la opinión Agustiniana de que los infantes que mueren sin bautismo se van al infierno:
Que nadie os engañe; la Escritura está clara, la autoridad está muy bien fundada, la fe es plenamente universal. Todo nacido nace condenado; nadie es liberado si no es regenerado. (San Agustin, sermón 294)
Esta opinión era confrontada por Pelagio, por lo cual San Agustín escribió su obra de tres libros: De peccatorum meritis et remissione (Consecuencias y Perdón de los pecados y el Bautismo de los niños):
Luego puede afirmarse con verdad que los niños que mueren sin bautismo estarán en un lugar de condenación, la más ligera de todas. Mucho, pues, engaña y se engaña quien propala que no serán condenados. (Libro 1, XVI.21)
La iglesia condenó el pelagianismo, entre otras cosas, por su idea de que los niños sin bautismo podían entrar en el cielo, o de que no les hacía falta la regeneración del bautismo. Concilio de Cartago y de Efeso. (Dz. 102 y Dz. 126)
Siglos después, Pedro Abelardo sugiere la opinión teológica del limbo, apartándose de la opinión agustiniana. Y Esta se impone en la escolástica, siendo abrazada abiertamente por Santo Tomás de Aquino (Suplemento Suma Teologica c.69 a.6).
Aquí es donde estoy en desacuerdo con Rubén cuando dice: "A todos los comentaristas, cuando lean que la Iglesia dice algo hoy sobre un tema cualquiera (sea limbo, sea lo que fuera) NO LO CREAN a menos que pase el filtro de la Tradición"
Si siguieramos esa lógica estaríamos negando la autoridad del Magisterio para definir enseñanzas de fide ecclesiastica (el segundo grado en esa lista de Ludwig), las cuales son plenamente dogmáticas. La diferencia entre el primer grado y el segundo, es que el primero de fide está fundamentado en la Revelación y el segundo no.
No todas las tradiciones son apostólicas. Y sin embargo el limbo, a pesar de no pertenecer a una enseñanza apostólica, iba a ser dogma en el Concilio Vaticano II (y según dicen, en el primero), como algunos aseguran. (Iota Unum 3.2)
se pretendía hacer pasar como doctrina del Concilio una posición discutible sobre el limbo de los niños e incluso de los adultos. Esta materia, al ser demasiado próxima al espinoso dogma de la predestinación, que no mencionan los decretos conciliares, fue completamente omitida.
Si siguieramos la idea de que toda enseñanza debe pasar por el filtro de la Tradición entonces ninguno de los teólogos escolásticos habría enseñado jamás la existencia del Limbo por ser una innovación en su tiempo que no formaba parte de la Tradición Apostólica.
Tampoco estoy deacuerdo con lo que dice Rubén acerca de LG 16, el texto en general es ambigüo, especialmente ese extracto.
En respuesta a Vladimir, que aunque lo que dice tiene algo de verdad; ese versículo interpretado de manera ortodoxa no significa que todos se vayan a salvar, sino que Dios quiere la salvación de todo tipo de hombres. (San Agustín Enchiridion XXVII 103):
Dios quiere que todos los hombres sean salvos, no en el sentido de que no haya ningún hombre a quien El no quisiere salvar, puesto que no quiso hacer prodigios entre aquellos de quienes dice que habrían' hecho penitencia, si los hubiera hecho; sino que entendamos por todos hombres todo el género humano distribuido por todos los estados: reyes, particulares, nobles, plebeyos, elevados humildes, doctos, indoctos, sanos, enfermos, de mucho talento, tardos, fatuos, ricos, pobres, medianos, hombres, mujeres, recién nacidos, niños, jóvenes, hombres maduros, ancianos; repartidos en todas las lenguas, en todas las costumbres en todas las artes, en todos los oficios, en la innumerable variedad de voluntades y de conciencias y en cualquiera otra clase de diferencias que puede haber entre los hombres; pues ¿qué clase hay, de todas éstas, de donde Dios no quiera salvar por medio de Jesucristo, su Unigénito, Señor nuestro, a hombres de todos los pueblos y lo haga, ya que, siendo omnipotente, no puede querer en vano cualquiera cosa que quisiere?
Han habido santos bautizados en el vientre materno, ejemplo San Juan el Bautista.
Hay excepciones al Bautismo Sacramental, por medio del bautismo de sangre y el deseo. (Suma Teologica pIII C.68 a.2)
Un sacramento es un signo visible de un efecto invisible, de manera que el efecto sacramental invisible puede darse en algunos casos como señala el mismo santo citando a San Agustin "Algunos recibieron y les aprovechó la santificación invisible sin los sacramentos visibles".
Para Gabriela Mendoza, lo que se dice del limbo es que tienen felicidad natural. (no la felicidad sobrenatural de los que están en el cielo)
Aun si el limbo no existiera, es erróneo pensar que todos padecen la misma intensidad de las penas en el infierno. Mientras mayores son las culpas, mayores son las penas. Por este motivo San Agustin decia que los infantes no sufrian la pena de sentido, ya que solo tenían el pecado original. Por tanto estarían en un estado parecido al que creen los que sostienen la teoría del limbo.
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L.V.: Estimado lector (o estimada lectora, en su caso), agradezco sus reflexiones y sé que no es fácil escribir brevemente sobre según qué temas. No obstante, debo rogarle brevedad en sus comentarios. Gracias.
Creo que ni siquiera necesitamos guiarnos por las opiniones de los santos -que al fin y al cabo eran sólo "ideas" suyas-, sino que la sentencia de Jesucristo ya dejó claro el tema: "El que no nace del agua y del espíritu no puede entrar en el reino de los cielos". Por eso digo que no entiendo cómo una embarazada católica puede pasarla tan bien mientras su bebé está literalmente condenado. Durante mis embarazos yo no veía la hora de que mis bebés nacieran y se bautizaran. Recuerdo cómo casi me volví loca aquella vez que tuve una amenaza de aborto. ¡Fue el mayor terror de mi vida! No me importaba tanto el hecho de que un hijo se me estaba muriendo, sino el hecho de que ese hijo moriría sin estar bautizado. Afortunadamente, se pudo resolver el problema y mi embarazo siguió su curso normal. De haber perdido a mi bebé, a estas horas yo hubiera estado viviendo en un manicomio. Nada, absolutamente NADA me hubiese servido de consuelo. Lo de "poner las almas de esos niños en manos de Dios y confiar en Él" no nos da ninguna CERTEZA de su salvación.
Y por cierto, aclaro que sólo me estoy desahogando, por lo que no espero una respuesta. Ya sé que el asunto es complicado. :(
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L.V.: Gabriela, tener certeza de la salvación de alguien es muy complicado. La Iglesia solo proclama que están en el Cielo las personas que beatifica y canoniza. Tampoco podemos tener certeza de la condenación de nadie en concreto (con la excepción, quizá, de Judas Iscariote, por algunas afirmaciones de Cristo acerca de él). Por eso, se ha de rezar por los difuntos, incluyendo a los niños muertos antes de nacer. ¿Acaso no nos dijo el Señor que no juzguemos? Por eso digo que debemos rezar y dejar el destino de los difuntos en manos de Dios, cuya justicia y misericordia son perfectas.
No me estaba refiriendo a las personas en general, sino sólo a los bebés no nacidos, a los cuales es imposible bautizar por razones obvias.
Un saludo desde Sudamérica.
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L.V.: Sí, lo sé. Pero mire, si Dios no ha querido que sepamos con certeza, en esta vida, qué es de esos niños en la eternidad, por algo será. Confiemos en Él.
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