3.01.18

Hemos visto salir su estrella

“Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2). Los Magos de Oriente no permanecen inmóviles. Para ellos, el nacimiento del Rey de los judíos no es un simple dato, sino un acontecimiento que los empuja a buscar, a encontrar, a adorar a Jesús y a ofrecerle sus dones. Las autoridades de Jerusalén, que cuentan en su favor con el testimonio de las Escrituras, en particular del profeta Miqueas (5,1), no dan ni un paso; no reconocen al Mesías.

Los Magos, que son paganos, buscan; escudriñan cualquier posible indicio; no temen preguntar a quienes contaban con otras fuentes de información. Su actitud es de una gran apertura. Posiblemente, eran sabios procedentes de Persia que se dejan guiar por una estrella. Seguramente, no se trataba de una estrella natural, sino de un prodigio, de una señal enviada por Dios para guiar a los Magos hacia Jesús.

Dios lleva hacia Jesús a todos los hombres que buscan de buena fe. No hay que desfallecer en el intento de encontrar al Señor. Él es el Salvador del mundo, de todas las naciones, de todos los hombres, de todos los pueblos. Jesús, gloria de Israel, es la Luz del mundo.

Como enseña el Concilio Vaticano II: “Ni el mismo Dios está lejos de otros que buscan en sombras e imágenes al Dios desconocido, puesto que todos reciben de Él la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Hch 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2,4). Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (Lumen gentium, 16).

Al encontrarse con Jesús, “cayendo de rodillas, lo adoraron” (Mt 2,11). La búsqueda que habían emprendido era la búsqueda de Dios, que tiene como meta la adoración; el reconocimiento de Dios como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso (cfr. Catecismo, 2096).

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1.01.18

Vigo, el Belén y las luces de las ciudades

“Una luz les brilló”, dice Isaías 9,1. Todo el simbolismo de la Navidad está asociado al de la luz. El nacimiento de Jesús es visto por los católicos – y por todos los cristianos – como el brillar ante nuestros ojos de la luz de la gloria de Dios.

Lo contrario de la luz son las tinieblas; es decir, la falta de luz, la oscuridad, la ignorancia y la confusión. Nadie desea caminar en tinieblas, porque nadie desea perder la ruta o hundirse en el absurdo. Y, sin luz, perderse es lo más fácil. Jesús es saludado por Simeón como “luz de las naciones”. Su finalidad, la de Jesús, es iluminar a todos los hombres de todos los pueblos.

Hoy, en este tiempo al menos, hay luces en todas nuestras ciudades. En Vigo, por descontado: Se trata de una de las iluminaciones urbanas más bellas y dignas de mención. No es para menos. Jesús, y su nacimiento, es un acontecimiento luminoso, capaz de disipar las tinieblas de la ignorancia, del miedo, del pecado. Seamos creyentes o no, hemos de procurar ser hombres de luz; personas que aspiran a la verdad, al conocimiento, a la honradez.

Pero todas estas luces, incluso en el mundo secular y en la ciudad secular, remiten, muchas veces sin saberlo, a la luz de Belén. Sobre el humilde portal de Belén, la estrella, que habían visto los Magos, “vino a pararse encima de donde estaba el niño” (Mt 2,9).  La estrella conduce al Niño, a Jesús. De Él nada malo nos viene. Jesús es el hombre; es el Niño. Y es Dios, que nos sale al encuentro.

Las luces de Navidad, guiadas por la estrella, nos conducen a lo esencial: a respetar a Dios, respetando al hombre. Y este mensaje es válido para todos. Aunque si se seculariza hasta la extenuación, quizá el mensaje deje de serlo: no será ya ni mensaje ni válido.

Es muy importante que, en tiempo de Navidad, no se caiga en el absurdo de pretender celebrar la “Navidad” olvidando el motivo de la misma: la Navidad es la fiesta del Nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

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30.12.17

Sagrada Familia: Jesús, María y José

En el domingo dentro de la Octava de la Natividad del Señor, la Iglesia celebra la Sagrada Familia: Jesús, María y José. El Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso vivir en el seno de una familia, que se convierte para nosotros en modelo perfecto de amor, de respeto mutuo y de paz. Al instituir esta fiesta, el papa León XIII quiso mostrar este modelo a toda la humanidad. Benedicto XV extendió a toda la Iglesia la Misa en honor de la Sagrada Familia.

La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es la célula básica de la sociedad y de la Iglesia. Está llamada a ser un ámbito de vivencia de la fe y del amor a Dios, que se manifestará en el amor de unos por otros.

Corresponde a los hijos honrar a los padres; especialmente cuando se hacen mayores: “Hijo, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza” (Eclo 312). Se trata de cumplir el cuarto mandamiento de la ley de Dios, ya que los padres, en cierto modo, son el reflejo humano de la paternidad divina. La piedad filial incluye la gratitud, ya que por ellos hemos nacido, y se expresa en el respeto, en la docilidad y, mientras uno no se ha emancipado, también en la obediencia.

San Pablo habla de una familia cristiana, presidida por el amor, “que es el vínculo de la unidad perfecta” (Col 3,14), y que ha de caracterizarse por la disposición al perdón, por la paz y por el agradecimiento. La referencia a Cristo transforma las relaciones familiares y sociales, valorando el mutuo respeto y la reciprocidad de los deberes: del esposo hacia la esposa, de la esposa hacia el esposo, de los hijos hacia los padres y de los padres hacia los hijos.

El nuevo comportamiento cristiano de los miembros de la familia deriva, en última instancia, de lo que ella es: una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

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23.12.17

Domingo IV de Adviento: La Virgen Madre

Las figuras del Adviento se suceden con una gran lógica interna, de menor a mayor proximidad: El centinela, que vigila en la noche; el heraldo, que anuncia la llegada del Señor; el testigo, que no es la luz pero que apunta a la luz y, finalmente, la Virgen Madre, la señal de que Aquel a quien esperamos, consustancial con nosotros en su humanidad, porta consigo la novedad de Dios, ya que es el Hijo de Dios hecho hombre.

Jesús fue engendrado del Padre, antes de los siglos, en cuanto a la divinidad y engendrado de María Virgen, Madre de Dios, en cuanto la humanidad, como define el concilio de Calcedonia. Él es, en verdad, el Emmanuel, el Dios con nosotros y la Virgen es, por esta razón, la Madre de Dios.

Ya en la antigüedad los cristianos se encomendaban a su intercesión: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!”, reza esta bella oración que se encuentra en un papiro de finales del siglo III.

María es como una segunda Eva, nacida sin mancha de las manos de Dios. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28), le dice el ángel Gabriel. El Nuevo Testamento, el Evangelio, es Buena Noticia, palabra de gozo, anuncio de salvación. María es invitada a alegrarse como la hija de Sión porque Dios viene a salvar a su pueblo.

La Virgen “comunica alegría, confianza, bondad y nos invita a distribuir también nosotros la alegría” (Benedicto XVI). Nos invita a ser, como el ángel, mensajeros de la Buena Noticia, llevando la alegría a los demás. Dios no está lejos, ni nos ha olvidado. Él está muy cerca, nos sale al encuentro en Jesús, el Hijo de María.

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16.12.17

Domingo III de Adviento: El testigo

Juan venía como testigo, “para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era la luz, sino el que daba testimonio de la luz” (Jn 1,7-8). No centra la atención sobre sí mismo. Sabe que no es el Mesías, ni Elías ni el gran profeta esperado. Es un testigo de la luz y una voz que clama en el desierto. En la humildad de Juan está su grandeza.

San Agustín contrapone la provisionalidad de la voz a la eternidad de la Palabra: “Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna”. La voz es un medio que tiene como finalidad llegar al oído para que la palabra que trasmite edifique el corazón. Juan es esa voz que rompe el silencio del desierto para pedir que se allane el camino del Señor. Y este camino solamente puede ser allanado mediante la oración y la humildad.

El Adviento nos empuja a ser, como Juan, “testigos de la luz”. Para que podamos desempeñar esta misión necesitamos, al menos en cierta medida, conocer y experimentar la luz. Como dice Benedicto XVI: “En la Iglesia, en la Palabra de Dios, en la celebración de los sacramentos, en el sacramento de la Confesión, con el perdón que recibimos, en la celebración de la santa Eucaristía, donde el Señor se entrega en nuestras manos y en nuestro corazón, tocamos la luz y recibimos esta misión: ser hoy testigos de que la luz existe, llevar la luz a nuestro tiempo” (“Homilía”, 11-XII-2011).

Vivir de este modo el Adviento supone profundizar en la fe, en la experiencia de la oración y del trato con Jesucristo. Si, secundando la acción de la gracia, preparamos el camino para el encuentro con el Señor, Él, que es la Palabra, cambiará nuestro corazón. Con la fe, se cumplirá lo que dice el Salmo 35: “tu luz nos hace ver la luz”. La luz de la fe nos permite reconocer a Jesucristo como luz de Dios y luz del mundo.

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