Mayo virtual: Reina de la paz
Día 27: Reina de la paz
“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: ‘Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre Perpetuo, Príncipe de la paz’ ” (Isaías 9,5-6).
Durante la Primera Guerra Mundial, en el año 1917, el Papa Benedicto XV añadió a las Letanías lauretanas la invocación “Reina de la paz”. Al acabar la guerra, el Papa encargó, como acción de gracias, una estatua de la “Regina Pacis” para la Basílica de Santa María la Mayor de Roma. La Virgen aparece representada sentada en un trono, con una nota de tristeza en su rostro, sosteniendo al Niño con la mano derecha y con su brazo izquierdo alzado, como conteniendo, con su mano abierta, el azote de la guerra.
María es la Reina de la paz porque concibió en su seno virginal a Jesucristo, el Príncipe de la paz, profetizado por Isaías, que reconcilió consigo el cielo y la tierra. Ella es la Madre Dolorosa, que se mantuvo en pie junto a la Cruz del Señor, que pacificó con su sangre el universo. En Pentecostés, María aparece como “alumna de la paz”, según una bella expresión de la Liturgia, que esperó, junto con los apóstoles, el Espíritu de la paz y de la unidad.
La paz es un don de Dios. La paz en la tierra es imagen y fruto de la paz mesiánica que nos regala Cristo, quien dio muerte al odio, reconcilió a los hombres con Dios e hizo de la Iglesia el sacramento de la unión de los hombres con Dios y de la unidad del género humano. Él dice en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los que construyen la paz” (cf Catecismo 2305).
El Espíritu Santo nos concede la fuerza para que podamos dar frutos de paz (cf Gálatas 5,22-23), luchando contra las injusticias, contra las desigualdades lacerantes, contra la envidia, la desconfianza y el orgullo que separan a los hombres y a las naciones y atentan contra la paz.

Día 26 de Mayo: Madre de los Vivientes
La celebración del aniversario de la muerte de un cristiano es un ejercicio de memoria, de recuerdo, de evocación. Recordamos a aquel ser amado que ha dejado este mundo. Recordando, haciendo memoria, intentamos, guiados por un instinto natural, que el que ha muerto no haya muerto del todo. Nuestro recuerdo equivale a una protesta frente a la aniquilación: “Juzga [el hombre] con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte” (Gaudium et spes 18).
Leo
La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo es la fiesta que celebra la presencia real del Señor en el Sacramento. La Eucaristía es acción de gracias, memorial sacrificial de la Pascua de Cristo y sacramento de su presencia real: En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero”, enseña el Concilio de Trento.






