La morada de Dios
Homilía para el Domingo VI de Pascua (Ciclo C)
La relación de Dios con nosotros no constituye un vínculo puramente exterior, sino que se trata de una unión interior. Sin perder su trascendencia y sin anular nuestro ser de criaturas, Dios mismo quiere habitar en nuestro corazón: “El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a Él y haremos morada en él” (Jn 14,23).
El Espíritu Santo, que une al Padre y al Hijo, nos une también a nosotros con Cristo y, de este modo, nos hace hijos del Padre. Los santos han sido conscientes de esta inhabitación de la Trinidad en el alma: “Ha sido el hermoso sueño que ha iluminado toda mi vida, convirtiéndola en un paraíso anticipado”, escribía la Beata Isabel de la Trinidad.
El Espíritu Santo es ese principio interior que siembra en nosotros el amor a Cristo, que nos recuerda constantemente su enseñanza y que nos da la fuerza para cumplirla: “Él nos hace vivir en la presencia de Dios, en la escucha de su Palabra, sin inquietud ni temor, teniendo en el corazón la paz que Jesús nos dejó y que el mundo no puede dar” (Benedicto XVI).

Nuestro amigo César contribuye a esta serie con un “haiku", un breve pero intenso poema:
Ya en más de una ocasión he hecho referencia a las espléndidas homilías del Papa Benedicto XVI predicadas en la solemnidad de la Asunción de la Virgen. Ese día, el 15 de agosto, el Santo Padre celebra la Misa en la Parroquia Pontificia de Santo Tomás de Villanueva, en Castelgandolfo.
Esta aportación, escrita por Yolanda para “Mayo en el blog", tiene un carácter testimonial. Es algo así como la historia de un reencuentro, aun cuando, en realidad, jamás se dio la lejanía. La Virgen está incluso cuando parece que no está. Está como tantas veces están las madres, en aparente segundo plano. Y, en cualquier caso, siempre conduce a la casa común, a la Iglesia.












