InfoCatólica / La Puerta de Damasco / Categoría: General

27.03.21

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

El Domingo de Ramos en la Pasión del Señor abre la Semana Santa, la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. En la Liturgia de este domingo se unen la memoria de la entrada de Cristo en Jerusalén, donde fue aclamado como Rey y como Mesías, y el anuncio del misterio de su Pasión. Cristo es el “Hijo de David”, saludado como “el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel”, y el siervo doliente, profetizado por Isaías, aquel que no ocultó “el rostro a insultos y salivazos” (cf Isaías 50, 4-7).

La Iglesia nos invita a contemplar el anonadamiento del Salvador, que se hace hombre, y que muere en la cruz: “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”, escribe San Pablo (cf Filipenses 2, 6-11). Su muerte es ejemplo supremo de humildad y obediencia. Frente a Adán, que siendo hombre ambicionó ser Dios, Jesucristo, siendo Dios, “se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”.

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23.03.21

Una meditación sobre la Penitencia

Meditación dirigida al clero de la diócesis de Tui-Vigo

Seminario Mayor de Vigo, 23.3.2021

 

  1. La Penitencia, el ámbito de la máxima personalización de lo cristiano

Siempre es oportuno recordar a san Telmo y reparar en el núcleo de su método evangelizador y misionero: La predicación, el anuncio de la palabra de Dios que juzga y salva, y la atención a cada uno en el sacramento de la Penitencia, expresión de la máxima personalización de lo cristiano.

Como fieles cristianos, y como pastores de la Iglesia, queremos escuchar la Palabra de Dios, dejarnos conmover por ella y encaminarnos a la Penitencia, entendida como virtud y como sacramento.

El tiempo cuaresmal es un proceso de “peregrinación interior hacia Aquel que es la fuente de la misericordia”[1]. La Cuaresma es un camino, un itinerario, cuya meta es Dios, de quien brota la misericordia. El profeta Joel llama – lo escuchábamos al comienzo de la Cuaresma - a esta peregrinación; a la conversión: Ahora…. “convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso” (Jl 2,13).

Caminar hacia Dios supone reconocer nuestro pecado. Como decía Pascal: “nosotros no podemos conocer bien a Dios más que conociendo nuestras iniquidades”[2]. Y añadía: “es igualmente peligroso al hombre conocer a Dios sin conocer su miseria y conocer su miseria sin conocer a Dios”[3]. Algo similar encontramos en el maravilloso Salmo 50: “yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado”, “misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa”.

En esta peregrinación, Dios nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino con la intensa alegría de la Pascua. En la desolación de nuestra miseria, de nuestra soledad; en el desierto de la oscuridad, donde ya no parece haber lugar para la esperanza, Dios se hace presente.

No permite, por su bondad, que triunfe sobre nuestra alma la tentación de la falta de esperanza, la angustia de pensar que la Iglesia de Cristo parezca abocada a su final en la tierra, a un viernes santo sin mañana de gloria. La misericordia de Dios, que pone un límite al mal, pone freno también a nuestra desesperanza.

La Cuaresma es peregrinación y es, asimismo, combate espiritual contra el mayor enemigo, contra Satanás, y contra el pecado. El ayuno y la abstinencia son expresiones, gestos, que simbolizan la verdadera abstinencia, que es la de evitar el pecado, tanto mortal como venial. Se trata de un combate sin pausa, librado con las “armas” de la oración, el ayuno y la limosna, de las que nos habla el Señor.

Es una lucha también contra la desesperación, contra el pobre balance de nuestra vida: ¡Tantas “Cuaresmas” vividas y qué pocos frutos, qué poca conversión, cuánto hay de malo y de peor todavía en nuestra alma! Frente a la desesperación, Pascal pone en labios de Jesús unas palabras consoladoras que nos pueden servir para no cejar en el empeño de la conversión: “Tu conversión es cosa mía; no temas y reza con confianza”[4].

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19.03.21

La eutanasia, un retroceso moral

La aprobación de la ley de la eutanasia no es una buena noticia. No se trata de un avance ético, sino de un retroceso muy significativo en el plano moral. Estamos todavía inmersos en una terrible pandemia que ha llevado a la muerte a muchos ancianos y a otras personas especialmente vulnerables. Tiene algo de siniestro - de obsceno - que, en estas circunstancias, se proponga la eutanasia como respuesta al dolor y al sufrimiento.

El Comité de Bioética de España advirtió en su día que “legalizar la eutanasia y/o el auxilio al suicidio supone iniciar un camino de desvalor de la protección de la vida humana cuyas fronteras son harto difíciles de prever, como la experiencia de nuestro entorno nos muestra”.

No se combate el sufrimiento con la muerte, sino con la universalización de los cuidados paliativos, con el apoyo socio-sanitario, con la ayuda a la discapacidad, con una ética del cuidado, de la responsabilidad, de la reciprocidad y de la solidaridad intergeneracional.

La aprobación de la ley de la eutanasia, según la cual este recurso se ofrecerá como una prestación más del sistema de salud, supone un paso grave hacia la consolidación de una cultura de la muerte y del descarte que, a la larga, terminará deshumanizándonos y creando desconfianza en la relación que vincula a los pacientes con los médicos.

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6.03.21

1.066 milagros

Parece ser que en el curso 2020-2021 se registraron 1.066 seminaristas mayores en España. Muchos me parecen. Creo que se trata de un auténtico milagro. Cada vocación al sacerdocio es, al menos en nuestro entorno, realmente milagrosa.

Maurice Blondel sostenía que la significación última de los milagros era mostrar la presencia de lo divino en todas partes. El verdadero milagro es Cristo que muere en la cruz; un signo “a la vez notorio y misterioso, discreto y apremiante”. Un signo dirigido a las almas bien dispuestas a recibirlo:

“Si no se tratase más que de ver – y de ver los milagros – para creer, los testigos del Calvario serían lógicos reclamando el signo prometido: ‘¡Sálvate a ti mismo, repara tu templo!’. Pero no; Dios no responde a las intimidaciones de la curiosidad, de la lógica, del sentido común, de la vulgaridad moral. Su signo, siempre a la vez notorio y misterioso, discreto y apremiante, se dirige a las almas en búsqueda, a las que se preparan o se abren a la paradoja del camino de la vida a través de la muerte y la cruz, a aquellas que, en el mismo Calvario, en medio de la ruina sensible y el desmoronamiento de las esperanzas carnales, sienten la divina belleza de la paciencia, del sacrificio, del eterno Espíritu”.

El gran signo es notorio y misterioso a la vez. Un signo que pide ser descifrado por las almas bien dispuestas. En definitiva, todas las buenas razones son necesarias para que la fe sea razonable. Pero todas las buenas razones juntas no dispensan al creyente de creer. La fe no es la razón, no se reduce a ella, pero la fe es siempre razonable, conforme a la razón y socialmente responsable.

Pero estábamos hablando de vocaciones al sacerdocio, de seminaristas. Por una gracia inmerecida – y toda gracia lo es – llevo ya muchos años dedicándome a la docencia de materias filosóficas y teológicas dirigidas a los candidatos al sacerdocio, a los seminaristas. Puedo asegurar que es casi imposible, para un profesor, soñar mejores alumnos. Los hay más aplicados y menos. Más estudiosos y menos. Pero todos ellos, creo que sin excepción, están enormemente interesados en formarse y en capacitarse para ejercer con competencia su posible/futuro ministerio.

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27.02.21

La Transfiguración de Jesús: el testimonio de San Marcos

Poco después de profetizar la llegada del reino de Dios en toda su potencia (Mc 9,1), Jesús se transfigura ante tres de sus discípulos - Pedro, Santiago y Juan - “seis días más tarde”, quizá aludiendo a Moisés que ascendió al monte Sinaí después de esperar seis días (Ex 24,16).

También Moisés se “transfiguró” en una montaña y, cuando bajó del Sinaí, su cara brillaba de tal modo que la cubrió con un velo para proteger al pueblo (Ex 34,29-35). No obstante, Marcos no describe como radiante el rostro de Jesús, sino su ropa: “Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo” (Mc 9,3).

Esta vestimenta celestial evoca a Adán[1]. Se pensaba, en ese tiempo, que el mesías recuperaría en el eschaton las vestiduras adámicas. El ropaje de Jesús evoca también la vestidura de los reyes en ocasiones importantes: “Así pues, la deslumbrante vestidura de Jesús es un código pictórico que sugiere su estado como nuevo Adán y rey mesías en camino hacia su entronización”[2].

Jesús conversa con Elías y Moisés; los tres situados en un plano separado de los mortales que miran atónitos. La aparición de estos personajes – de quienes se creía que podían volver a la vida visible justo antes del eschaton - sugiere que la transfiguración es “una anticipación de la ola de gloria divina que estaba a punto de inundar la tierra”[3].

Este acontecimiento anticipa la resurrección; de hecho, en Mc 9,9, así parece darlo a entender Jesús, pues prohibió hablar de lo sucedido “hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos”. Los discípulos experimentan, por tanto, un anticipo de la gloria de la resurrección de Jesús, que apunta hacia la resurrección general de los muertos.

Pedro quiere prolongar la estancia allí y sugiere erigir tres tiendas (Mc 9,5). Las tiendas evocan el tabernáculo, y las tiendas o chozas en las que moraron Moisés y sus seguidores durante su travesía por el desierto. Este modo de vida se rememoraba en la fiesta de los tabernáculos, durante la cual la experiencia de vida en las tiendas se consideraba como un anticipo de la existencia escatológica.

Pero empeñarse en permanecer allí podría ser interpretado como un modo de resistencia a la instrucción de Jesús de tomar la cruz y seguirlo (Mc 8,34), lo que exige bajar del monte de la gloria al valle de la fragilidad, donde Jesús perderá la vida[4].

La sugerencia de Pedro queda sin efecto por dos actos divinos: la aparición de una nube y el eco de una voz. Dios mismo envía su nube gloriosa y protectora que cubre con su sombra y que demuestra que Jesús, como Moisés y Elías, es el Siervo de Dios, cuyo rescate de la muerte está en manos divinas.

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