Un bebé en el Congreso de los Diputados
Me ha encantado la imagen. Es muy loable que una madre lleve a su hijo, muy pequeño, a donde pueda llevarlo. Ni nodrizas, ni guarderías, ni nada por el estilo. Un niño necesita a su madre. A su padre también, obviamente. Pero quizá más, al menos a esa edad, sobre todo, a su madre.
Privar a un niño de padre es injustísimo; privarlo de madre, no tiene perdón. Yo siempre observo la relación de las madres con sus hijos pequeños. Es de absoluta dedicación, de total dependencia mutua: de la madre hacia el niño, sin duda, pero también del niño hacia la madre.
En este mundo inhóspito, al que venimos, la patria es la madre. Privar de patria, de madre, es condenar a un bebé a la condición de alguien que no sabe ni cómo ni por qué ha venido al mundo.
Yo no soportaría haber nacido sin el amor de mi madre. Como soy el hijo mayor, también he sido “príncipe destronado”. Pero, esa seguridad básica, la del amor de mi madre, no me ha abandonado en la vida. Gracias a Dios.
Un bebé en el Congreso de los Diputados es, casi, como un bebé en la iglesia parroquial. Es, casi, algo anómalo, pero es una presencia que infunde esperanza. Esa presencia viene a decir que la vida merece la pena, que no es un castigo, sino un don de Dios.
¡Y en el Congreso de los Diputados! Donde, por desgracia, se han aprobado leyes que no favorecen, precisamente, que nazcan niños. Un bebé de 5 o 6 meses es un regalo del Cielo, pero también lo es con cinco o seis meses – o con un minuto - de gestación, antes de nacer. Un bebé siempre es un regalo.

Me parece admirable el relato evangélico de la Adoración de los Magos (cf Mt 2,1-12). El texto nos habla de “unos magos de Oriente”, quizá astrónomos babilonios, muy pendientes de escudriñar los fenómenos naturales. En cualquier caso, se trata de personas íntimamente abiertas a la verdad y que no tienen empacho en reconocerla, una vez encontrada.






