En la Catedral
Hoy he tenido un día ocupado, pero algo diferente de los otros días. Esta mañana hemos celebrado el aniversario de la dedicación de la Catedral, con el rezo de la Liturgia de las Horas y la Santa Misa capitular. En la Catedral es solemnidad y, en el resto de la Diócesis, fiesta.
Bajo cada una de las cruces que indican la consagración del templo lucían sendos cirios encendidos. La Liturgia de la dedicación de la iglesia es muy bella. Se alaba a Dios, que “desde el santuario impone reverencia”. Dios, que da fuerza a su pueblo. Dios, que debe ser siempre bendito.
No se “glorifica” una catedral por su belleza, por su arte, por su majestuosidad. Se glorifica sólo a Dios. Y la catedral es para Él, como un signo que apunta a su grandeza, porque se ha dignado llenar su casa de gloria y santidad. A Él se implora que la iglesia, el templo, siga siendo lo que ha de ser: “haz que en este lugar se te ofrezca siempre un servicio digno y así tus fieles obtengan los frutos de una plena redención”.
El culto como servicio a Dios. El culto como exponente de la vida cristiana. Sirviéndole a Él somos redimidos, porque en el servicio a Dios radica el fundamento de nuestra auténtica libertad.
El templo es, igualmente, imagen de la Iglesia. Es una casa visible – un signo - , en la cual Dios manifiesta y realiza el misterio de su comunión con nosotros. La “Sacrosanctum Concilium” explica admirablemente el carácter sacramental de la Iglesia, su condición de signo y de misterio: “Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos”.
Pero el templo, en última instancia, somos nosotros: “El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros”, dice San Pablo. Si conservar la catedral nos debe comprometer a todos, más nos compromete no profanar el templo que somos cada uno.
Cuando este mundo haya pasado no harán falta edificios de piedra, que son un anuncio, una señal de la Jerusalén que desciende del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo, según la bella imagen del Apocalipsis.
Guillermo Juan Morado.
23 comentarios
Iba a decir que no hace falta que sea una catedral, que la iglesita o capilla más humilde también son lugares de culto con todas las de la ley, y que incluso cualquier sitio donde se reúnan dos o más en Su nombre, pero el penúltimo párrafo, con cita paulina incluida, expresa mucho más, y lo expresa mucho mejor.
Hace pensar eso de que el templo somos nosotros.
Hoy he echado de menos a un buen cantor. En la Novena de la Inmaculada, en mi parroquia, se me ocurrió - ingenuo de mí -, cantar, al final, el "Alma Redemptoris Mater". Pues lo canté yo solo, y mal, como canto mal todo. Mantuve el tipo y le dije a la gente: "Perdonen, creía que sabían esa antífona. Pues nada, cantamos la Salve Regina". Esa sí la saben.
Pero la catedral es todo eso, por excelencia.
Hoy, en la comida, un canónigo que es filólogo nos explicó el significado etimológico de "excelentísimo". Desde el indoeuropeo hasta hoy. Me sorprendió porque en esa palabra, "excelentísimo", se condensan todo tipo de superlativos.
Doctoral: Luis.
Fabriquero: Marcos.
Secretario: Asrone....
Iré diciendo más.
A nosotros nos desecraron la Catedral Metropolitana de Buenos Aires varias veces: marchas del orgullo gay tomando el Templo, madres de plaza de mayo armando baños para orinar atrás del altar, etc.
Por cierto, nuestro marmoreo Cardenal nunca ha organizado un desagravio ni efectuado la reconsagración. Para eso nos bastamos los laicos.
Dice el CIC.
Lo del fabriquero me hace una gracia, qué palabra horrible, ¿a qué se supone que se dedica el canónigo fabriquero?
Ya sabe el efecto que causan sus post: si habla de oración, nos entran ganas de retirarnos a rezar; si habla de caridad, nos entran ganas de reconciliarnos con quien tengamos rencillas; si habla de esperanza, se nos esancha el corazón; si habla de un templo, nos entran ganas de coger el abrigo y acercarnos a la Iglesia...
Porque este mundo aún no ha pasado para los que todavía peregrinamos.
Cuando este mundo haya pasado no harán falta edificios de piedra, que son un anuncio, una señal de la Jerusalén que desciende del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo, según la bella imagen del Apocalipsis
Pero el Numen abandona el altar desecrado sin esperar el dictamen del sacerdote, como sabían los latinos.
Hasta en San Pedro hubo que hacer algún acto de reparación o de purificación. No recuerdo exactamente la causa... Tenía que ver con un suicidio o algo así. Pero no lo recuerdo bien.
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Qué bueno. En mi parroquia hay una señora que borda todo tipo de pañitos para el culto. Como tiene 84 años, hay más pañitos que días para el año. Un fabriquero tendría tarea en mi parroquia, al menos, mucho que custodiar.
Purificadores, corporales, manutergios, amitos, albas, manteles...
Sobre todo los purificadores, que se usa uno en cada celebración de la Misa. Y como purifican el cáliz y la patena deben ser tratados, esos lienzos, con sumo cuidado.
Otras cosas pueden ir a la tintorería. Los purificadores, no. Han de lavarlos personas de mucha confianza.
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oh, eso no lo había oído en mi vida.
Cuando mis hijos fueron monaguillos (sobre todo con el mayor, que lo fue bastantes años) se sabía esas cosas genial. No os digo nada cuando venía don Francisco Jose Pérez y Férnandez-Golfín... ¡cómo le gustaba todo aquel jaleo de poner y quitar y doblar trescientas veces por misa la mitra con las ínfulas y el solideo, y ayudar con todos los cacharritos!
Tuvo que estudiarse, con nueve años, un librillo lleno de tecnicismos clericales. Luego, seis años después, al pequeño no le exigieron estudiarse nada, había tanta escasez de monaguillos que bastaba que u niño quisiera serlo.
No sé si será un trabajo ímprobo para el fabriquero pero para los niños tenía su mérito.
Confundir la casulla, mal, pero lo de la bufanda es genial.
Si hubiera sido monaguillo, no cometería ese error.
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Dos cosas:
a) Totalmente de acuerdo con el contenido.
b) ¿Es o no es esto una clara muestra de estilo evágrico? A ver quién me lo niega.
No conocía yo la palabra desecrar. Ni fabriquero.¡Cuánto se aprende por aquí!
Me retiro a mis aposentos, deseándoosbuenas noches a todos y que seías buenos.
Y que alguien se netere de la manera de colgar la foto del bus .
http://books.google.es/books?id=fl2WHBYmB8sC&printsec=frontcover&dq=el+libro+del+monaguillo&
ei=66YVS5PZH5vwNKGN4eMK#v=onepage&q=&f=false
El libro que le hubiera gustado escribir a C. S. Lewis.
O a Maritain.
...
- Cuelgue la casulla por el envés sin arrugarla y averígüeme quién ha cambiado el Misal posconciliar.
- Como gustéis, Muy Ilustre Señor.
- Ah, y hágame otro favor. Llame a la editorial y que le den los nombres de los que han comprado mis libros en estos tres últimos meses. Se pasan todo el día alabando mis textos pero yo sólo he recaudado 3,74€. ¡Vaya parroquia virtual!
- ¿La SGAE tal vez?
- Asrone, ¡no sea iluso, por favor!
...
- Señor Doctoral, ya están recopiladas todas las obras de Bugnini. ¿Qué hago con ellas?
- &%$()GDT$%$/¿?/%$·/%
- ¿Y después?
- Vaya a comentar a Wanderer y repase el voluntario moral formaliter, que no lo tiene claro y le ha quedado para septiembre. Y llame al cardenal Re e invítelo a un asado para este domingo.
- ¿Compro los chinchulines?
- ¡Jaja! No, Asrone, no. Comeremos chinchulines, no lo dude. Pero usted no compre nada.
...
(continuará)
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