La Fuente de la Esperanza y el Borde de la Pobreza
En su reciente viaje apostólico al Africa, el Papa llamó a esa región del mundo, “continente de la esperanza.” Como colombiano que soy, recuerdo que ese mismo apelativo, tan hermoso, fue dicho primero de Latinoamérica. No niego que se siente algo raro cuando ves que algo que parecía identificar tan claramente la parte del mundo de donde eres, de pronto se empieza a aplicar a otros países y regiones.
Pero más allá de sentimentalismos, el uso de esa misma expresión para dos realidades eclesiales separadas por todo un océano puede leerse de varios modos: (1) ¿Será que Latinoamérica, bajo la doble tenaza de la injusticia social y la izquierda de cuño castrista? (2) ¿Será que la esperanza brilla más claramente para la Iglesia en Africa, porque allí, según cifras que ciertamente no conozco, el crecimiento de la fe ofrece razones más fundadas para esperar un futuro más brillante? (3) ¿O será, finalmente, que hay una realidad más profunda, un algo que conecta a Africa y Latinoamérica y que hace que el mismo mote pueda aplicárseles a ambas?

Barack Obama, el presidente norteamericano más pro-aborto de toda la historia, va a recibir el Doctorado Honorario en Leyes de la Universidad Católica más grande y emblemática de los Estados Unidos, Notre Dame. Obama tendrá a su cargo también el discurso de comienzo de curso: todo sucederá el Domingo 17 de Mayo. Hay una
El argumento moral por excelencia en la pseudo-filosofía “progre” – que hoy por hoy invade a la mayor parte de Occidente – va de esta manera: “Si los implicados son adultos, y no se obliga a nadie, y no hay daños a terceros, déjalos en paz.”
Si preguntamos a los diarios, a los periódicos, cuál es la mayor diferencia entre el mundo de hace un año y nuestro mundo actual, creo que un buen número de respuestas apuntarían hacia la palabra recesión. Es el término que está todos los días en las noticias, por estas fechas, y con él, una lista penosa de males: desempleo, quiebra, baja en la inversión, pérdida de vivienda, etc. Dos hechos hacen más sombrío el panorama: saber que la crisis tiene proporciones globales y comprender que sencillamente nadie tiene una solución a corto plazo, una “receta” para salir del mal momento.