Un elemento extraño
El otro día fui a visitar a una amiga mía que tiene veinte años y es monja de clausura desde hace tres. Clarisa para más señas. Hay algo que siempre me llama de atención de las monjas de clausura cuando visito un convento: la alegría que tienen. Yo no conozco a nadie más alegre y más feliz que las monjas de clausura.
Esa alegría, creo yo, debería ser un signo para nosotros. A fin de cuentas, las monjas de clausura, por definición, han renunciado a todo aquello por lo que nos afanamos los demás y que creemos, engañados, que nos va a dar la felicidad.
No tienen novio, ni marido, ni hijos de su sangre. Van a la moda de hace ocho siglos, sin cambiar nunca su vestuario ni su peinado. No triunfarán profesionalmente ni tendrán nunca un sueldo, ni siquiera pequeño. No tienen televisión, ni ordenador, ni una PlayStation. De hecho, ninguna de ellas tiene nada que pueda llamar realmente suyo (originalmente, a las clarisas se las llamaba las Damas Pobres. Renuncian a viajar, no solamente al extranjero, sino incluso al pueblo siguiente o al otro extremo de la calle. Su vida no tiene sorpresas materiales, sino que está sometida a un horario que se repite rutinariamente. Además, se comprometen a obedecer en todo a la abadesa, de manera que ni siquiera disfrutan de la pequeña libertad de hacer, en un momento dado, lo que les dé la gana. Parece la receta perfecta de una vida horrible de angustia y desesperación que sólo puede terminar en el suicidio.
Sin embargo, de hecho y al margen de teorías, las monjas de clausura son las personas más alegres que yo conozco. Sin comparación. Hay algo aquí que no concuerda con las “ecuaciones” que solemos utilizar para comprender la vida.
En principio, podríamos pensar que se trata de una alegría falsa, pura fachada o fruto de un entusiasmo pasajero, pero, en la práctica, esa alegría permanece cono los años. Más aún, yo diría que va aumentando, se hace más serena y más profunda, persistiendo incluso en medio del sufrimiento. Tenemos que buscar otra explicación.
En el laboratorio, cuando al terminar un proceso químico deberíamos obtener un líquido inodoro e incoloro y, en cambio, obtenemos un gas denso con olor a huevos podridos, generalmente se debe a que se ha introducido un elemento extraño, que no estaba previsto en la reacción química. De forma similar, en el caso de las monjas, la única solución al enigma de su alegría se encuentra, creo yo, en un elemento extraño que no se suele tener en cuenta: Dios.
Dios es ese elemento extraño que altera la ecuación de la vida de estas monjas. Su presencia es lo único que puede explicar que sean felices cuando han renunciado a todo lo que, humanamente, es causa de felicidad.
Es Dios el que hace que mi amiga clarisa se sienta riquísima viviendo en la pobreza material. Es Jesucristo el que las ha tomado por esposas y el que las ha regalado como hijos a la multitud innumerable de los hombres, para que den la vida por ellos. Es el Espíritu Santo el que las hace verdaderamente libres. Ubi Spiritus Domini, ibi libertas.
Mi amiga, sus hermanas clarisas y las demás monjas (y monjes) de clausura del mundo son para nosotros un signo palpable que fortalece nuestra fe. En ellas podemos ver y tocar el Evangelio, podemos comprobar el cumplimiento de las promesas de Dios y encontrar, de forma clara y evidente, dónde está la única felicidad. En ellas, en fin, podemos encontrar a Jesucristo, ya que las esposas, a pesar de su fragilidad y por la misericordia divina, se han convertido para nosotros en imagen viva del Esposo.
7 comentarios
a) digamos que también en las tribus amazónicas de Cingacuchusgas, Tucates, Antipas, Cahuapanas, Aguarunas, Cocamillas, Chirados, Chamicuros, Capanahuas, Chamas, Panos, Hibitos, Cholones, Shipivos, Chamas, Tepris... todos son felices. No tienen nada pero lo tienen todo.
b) Recomiendo la lectura de "El buen brahmín". Algo aclara respecto a la felicidad. Quizá se encuentre en Internet.
Así que la comparación me parece incorrecta por heterogénea: pretende comparar realidades totalmente distintas. Además, confirma la afrimación que pretende rebatir porque a lo que se refiere el blogger es al "elemento extraño" que existe dentro de las clausuras, pero que tanto escasea fuera: Dios.
Saludos.
A la apreciación que le hacen en el comentario sobre los indios del Amazonas o bien sabe mucho de ellos y ha estado en contacto con ellos o ha utilizado el corta y pega del google poniendo la referencia del mapa de Raul Porras Barrenechea. Si es el primer caso le agradecería que nos diera más referencias y si es el segundo no me parece de recibo criticar desde el desconocimiento. Las tribus amazónicas son de las sociedades que más tiempo libre tienen, y eso es así porque tienen todo lo que necesitan para su supervivencia, es algo material así que eso de que no tienen nada sería como para ponerlo en cuarentena.
"...los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor..."
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