«¡Vive la différence!», con Mark Twain

 «Hellelil y Hildebrand, encuentro en las escaleras de la torre». F. W. Burton (1816-1900). 

  

        

        

«¡Mis hombres se han convertido en mujeres y mis mujeres en hombres!».

Heródoto

  


«¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, varón y mujer los hizo y dijo: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”?».

Mateo, 19, 4.

  

 

Nuestros vecinos franceses han acuñado una frase que se ha hecho famosa en todo el mundo: «¡Vive la différence!». La conocida expresión se refiere a la natural disparidad entre los dos sexos en los que se encarna el ser humano, las mujeres y los hombres, a la vez que hace honor a la dicha que tal contraste trae consigo en el vivir humano.

Si bien la frase suele atribuirse a Anatole France, seguramente ustedes la recordarán mejor por la película de George Cukor, «La costilla de Adán» (1949). En el tramo final de la cinta, tras sostener la protagonista, Katherine Hepburn, la igualdad absoluta entre los sexos, concedía a su partenaire, Spencer Tracy, la posibilidad de alguna diferencia, aunque «insignificante», a lo que Tracy replicaba: «¡Vive la différence!».

No obstante, en nuestro avanzado y confortable presente, la referida frase ha devenido en tabú; se ha convertido en lo que, eufemísticamente, se califica de «políticamente incorrecto» y, por tanto, en algo indecible.

Sin embargo, a pesar de esta negación, día a día hemos de lidiar con dos hechos incómodos relacionados con este tema del sexo y su natural alteridad.

Me refiero, por un lado, al grado de insatisfacción o infelicidad que padecemos como sociedad, y en el que las mujeres parecen llevar la peor parte, y por otro, al enconado enfrentamiento que se ha desencadenado entre los dos sexos.

Numerosos estudios demuestran la conocida como «paradoja del declive de la felicidad femenina»: aunque desde el punto de vista material la vida de las mujeres occidentales ha mejorado en los últimos 50 años, las encuestas muestran que su felicidad ha disminuido, tanto en términos absolutos como en comparación con los hombres, y ello independientemente de la medida utilizada —ansiedad, depresión, miedo, tristeza, soledad, ira—.

Por lo que respecta a la cuestión del enfrentamiento entre sexos no creo necesario remitirles a ustedes a ningún estudio, basta con estar atentos a la actualidad social y política.

Las causas de tal situación son diversas, pero una de las mayores radica en la colonización ideológica de nuestras mentes por credos seculares como la ideología de género y el feminismo, peligrosas e inquietantes cosmovisiones radicalmente contrarias a la realidad, que sostienen, entre otros dislates, la inexistencia de la mentada diferencia, haciendo de la vida masculina que teóricamente venían a derogar, la norma para todos, en directo detrimento tanto de la mujer como del hombre.

Y como suele suceder cuando se altera lo que está en orden, el sinsentido de adueña de todo: fornidos transexuales abusan de las atletas; las demandas para abolir la separación de sexos en los deportes amenazan estos eventos; muchas jóvenes rechazan la maternidad y abortan bajo la amenaza de un invierno demográfico; los denominados drag queens parodian la belleza femenina, mientras esta se usa más que nunca como entretenimiento, instrumento de comercio, o material de consumo sexual; aumenta la esclavitud de mujeres para el placer de los hombres, y cada vez a edades más tempranas; y cada día que pasa son más las mujeres que se esclavizan a sí mismas sin saberlo bajo la proclama de su empoderamiento, al tiempo que minan su dignidad.

Por si fuera poco, tales ideologías han azuzado un forzado enfrentamiento entre los sexos que ha engendrado una hostilidad antinatural, lo que ha perjudicado a mujeres y hombres por igual.

Y es que, ambos sexos sufren cuando se menosprecian los atributos y la verdad natural de uno de ellos. Cuando a las mujeres no se les permite ser mujeres, los hombres no pueden ser hombres, y viceversa. Los dos sexos están hechos el uno para el otro y, si se corrompe uno, se corrompen ambos.

Así, hoy, asistimos a un mundo infeliz, atiborrado de pastillas y de soledad, donde las mujeres y los hombres vagan perdidos, explotados, infelices, alienados, y en guerra las unas con los otros.

Y a pesar de este desastre, las feministas y los ideólogos del género se aferran a sus ilusiones de liberación. Sin embargo, una parte cada vez mayor de la población, incluyendo por igual a hombres y mujeres, se ha dado ya cuenta de la gran estafa.

La buena noticia es que hay respuestas reales a estos disparates. Respuestas que derriban falsos y dañinos mitos. Para las víctimas de estas ideologías perversas, hay una luz que brilla en la oscuridad. La puerta está abierta y las luces están encendidas. Solo hay que regresar a casa.

Aunque no hay que ser ingenuo; no será fácil. Estas ideologías se presentan engalanadas bajo la seductora máscara de la igualdad y de la justicia.

Sin embargo, digan lo que digan estos ideólogos y sus voceros, la realidad siempre termina imponiéndose. Los hombres y las mujeres son esencialmente iguales, claro que sí. La fe cristiana sostiene que Dios ha dado a cada persona humana, sin distinción de sexo, la inteligencia y la voluntad, y sobre esta base se asienta una igualdad ontológica fundamental de todas las personas, como imágenes del Dios del entendimiento y del amor. Pero al mismo tiempo, mujeres y hombres son diferentes.

Y estas diferencias (estructurales, funcionales, manifestadas en el sexo y en diferentes disposiciones, no solo físicas, sino también espirituales y de carácter) tienen, además, una razón de ser. No son fruto de un azar sin sentido, así como tampoco imposiciones nacidas de una dominación (en este caso, de los hombres sobre las mujeres: el tan mentado patriarcado). Por el contrario, responden a un propósito y a una función. Los cristianos creemos que a una disposición de Dios mismo, y, por tanto, su razón última está oculta tras el misterio.

Ahora bien, le guste o no a estas ideologías, es una realidad que, en esta existencia terrenal nuestra, los hombres están más (e incluso, únicamente) cualificados para determinadas funciones, y las mujeres para otras. No porque unos sean superiores a otros, sino porque, debido a esas cualificaciones, ejercerán mejor esas funciones o serán los únicos capaces de hacerlo (pensemos en la paternidad y en la maternidad). 

Diferencias estas que, además de existir, son fundamentales para el vivir humano, pues son las que permiten que el hombre y la mujer se encuentren, cara a cara, dispuestos a ofrecerse como un don mutuo, y, a su vez, son las que facilitan esa entrega. Solo nos enriquece lo que nos falta. Así sucede entre hombres y mujeres. Y esos dones (la otra cara de esas diferencias) que cada uno aporta a la vida en común, serán necesarios para cumplir su misión, encomendada a ambos:

«Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla».

Es en ese plano de ejercicio de funciones complementarias orientadas al bien común y a la comunión entre unas y otros, donde debe comprenderse la natural diferencia entre mujeres y hombres.

Pero todo ello no es comprendido por el feminismo y sus derivadas ideológicas, que en sus agresivas reivindicaciones no son capaces de concebir un mundo en el que, partiendo de esas diferencias, haya un lugar para la contribución positiva del género masculino en el florecimiento femenino, y viceversa.

Por ello, únicamente un redescubrimiento de la verdadera condición de mujer (y de la maternidad), y de la condición de hombre (y de la paternidad) puede sacar a nuestra sociedad del abismo. Esto presupondrá, para mujeres y hombres, la aceptación franca de sus consustanciales diferencias, tomándolas como aptitudes complementarias y enriquecedoras, lo que, a su vez, permitirá recuperar la natural colaboración a la que están llamados ambos. Lo que siempre ha sido, y lo que nos ha traído hasta aquí.

Y, como de costumbre, la literatura puede acudir en nuestra ayuda, brindándonos un pequeño auxilio en esa vuelta al hogar; eso sí, siempre que la dejemos ayudarnos. Solo tenemos que hacernos con el libro adecuado. Y quizá uno de estos libros sea Los diarios de Adán y Eva, escritos por el famoso Mark Twain.

Porque, ¿qué mejor que referirnos en este asunto a lo que fue «en el principio», al momento fundacional del matrimonio, de la ordenación de la más básica comunidad humana, origen de la familia? Un matrimonio como culminación de la atracción natural que nace de esas, siempre reconciliables, diferencias.

Pocos libros muestran como este, el atractivo de las naturales disparidades que median entre los dos sexos, y lo hacen de una forma tan desenfadada, tierna y exacta; al igual que pocas obras describen tan gráfica y claramente la interdependencia y complementariedad que hay entre hombre y mujer, y su disposición natural al matrimonio como unión monógama, indisoluble, fructífera y fiel de ambos sexos.

El planteamiento viene descrito en su expresivo título: Twain escribe sobre la primera historia de amor entre un hombre y una mujer, y muy probablemente la única por lo que tiene de arquetípica, la que todo hombre y mujer que se aman deberían vivir, y que se repite, indefectiblemente, desde el principio de los tiempos. Y lo dispone todo para que sean ellos mismos los que nos la cuenten.

Con sutileza, fina ironía, y una profundidad psicológica pasmosa, Twain nos muestra, no solo la distinta manera de ver el mundo y de vivir la vida que tienen hombres y mujeres; sino, las eternas discrepancias y malentendidos que se dan por ello, que, en unas ocasiones enredan y en otras, dan agudo interés a sus pertinentes e inevitables relaciones.

Por supuesto que excluyo de mi recomendación la lectura satírica que el autor hace del libro del Génesis, impulsado por su conocida postura contra el cristianismo. Aun así, vale la pena acercarse a este libro, ya que su tono humorístico y burlón no afecta a quien está advertido y posee una formación catequética básica, y, su claro enfoque de los complementarios contrastes entre hombres y mujeres lo hace muy actual e interesante.

La obra es también un claro homenaje de Twain al matrimonio que mantuvo con su querida esposa, Olivia Langdon Clemens, nacido de uno de los más curiosos y originales noviazgos de la historia de la literatura (se cortejaron haciendo uso de los libros, expresando a través de su correspondencia sus expectativas, deseos y sentimientos mediante numerosas referencias literarias). Twain comenzó a escribir este breve libro poco antes del fallecimiento de su amada esposa y lo terminó unos años después.

Sus últimas líneas son conmovedoras, y, quizá por eso, verdaderas, como fundamentos del matrimonio al que el libro rinde homenaje:

«Cuarenta años después

Es mi ruego, es mi anhelo que ambos partamos juntos de esta vida —un anhelo que nunca perecerá en la tierra, sino que tendrá un lugar en el corazón de cada amante esposa hasta el fin de los tiempos, y será llamado con mi nombre.

Pero si uno de los dos tiene que partir primero, ruego que sea yo, pues él es fuerte, yo soy débil, y no soy tan necesaria para él como él lo es para mí; la vida sin él no sería vida: ¿cómo podría soportarla? Esta plegaria también es inmortal, y no dejará de ser pronunciada mientras perdure mi raza. Soy la primera esposa, y la última será una repetición mía.

En la tumba de Eva:

Adán:

«Dondequiera que ella estuviera, allí estaba el Edén».

Un esperanzador y divertido libro que deben leer sus jóvenes hijos, y ustedes también, claro. Para que con su lectura redescubramos, y presentemos a nuestros hijos, esa desconcertante y emocionante delicia que es la natural y sana relación entre un hombre y una mujer que se aman.

Porque, recuerden, aunque sea pequeña y, en ocasiones, deliciosamente perturbadora:

«¡Vive la différence!».

3 comentarios

  
Haddock.
A Twain le publicó sus obras completas en dos tomos la legendaria editorial de Manuel Aguilar, cuyos libros encuadernados en piel, en papel biblia y texto a dos columnas son hoy tan codiciados. Quien tenga esa colección de todos los grandes de la literatura, tendrá en poco espacio lo que hoy en día ocuparía muchos metros de estantería.

Dicho esto, me cuesta entender cómo si hay guerra entre sexos (que son dos, por si alguno anda abducido por tonterías actuales) la humanidad haya podido sobrevivir durante milenios.




11/06/24 10:58 AM
  
Vladimir
''Y es que, ambos sexos sufren cuando se menosprecian los atributos y la verdad natural de uno de ellos. Cuando a las mujeres no se les permite ser mujeres, los hombres no pueden ser hombres, y viceversa. Los dos sexos están hechos el uno para el otro y, si se corrompe uno, se corrompen ambos''.
Esa interdependencia entre los sexos, afirmada en el párrafo anterior, la aplico yo, en la siguiente cuestión. Se inventan leyes y normas para reprimir al varón y de esta forma, supuestamente, evitar el acoso y la agresión a las mujeres; pero lo que no comprenden, ni legisladores ni feministas, es que, lo que necesita el hombre es educación y no represión y que la mujer ha de participar activa y comprometidamente en esa obra educadora del varón.
13/06/24 1:36 AM
  
Bakunita
Opino que hoy más que nunca tenemos que defender un feminismo cristiano mirando los ejemplos de tantas mujeres santas que nos precedieron y que lucharon y luchan por el bienestar de las niñas y mujeres, por su dignidad y por su igualdad en el acceso a la educación, por ej. Santa Teresa de Jesús, Santa Ángela de la Cruz, Santa Teresa de Calcuta.... tantas y tantas, algunas menos conocidas que crearon multitud de instituciones para el cuidado y salvaguarda de sus semejantes.
Y por supuesto, presionar para que se hagan políticas que favorezcan verdaderamente a las madres y a las familias.
13/06/24 11:53 AM

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