El cielo
Ayer, solemnidad de la Ascensión, ya ven por dónde se me ocurrió hablar del cielo. Cosas mías.
No voy a meterme ni con los políticos, los jóvenes, la sociedad de consumo, la agenda 2030, el globalismo mundial, la masonería o el comunismo. Bastante tenemos con lo nuestro. ¿Y qué es lo nuestro?
Lo nuestro me parece que es un catolicismo rastrero, una fe que se arrastra por el barro, una vida cristiana incapaz de despegar de sus miserias, sus limitaciones, su miedo y su vergüenza.
¿De qué hablamos en nuestros consejos, reuniones de curas y laicos, revisiones de vida, programaciones, documentos, subsidios, reflexiones y lluvias de ideas? De cosas, en definitiva, que apenas son capaces de levantarse mínimamente del barro. Podemos poner todos mil ejemplos: la edad de la comunión, el festival de Navidad, la tómbola solidaria, el grupo de Biblia, el campamento de los niños y el campo de trabajo de los jóvenes, cine forum, mercadilo solidario, horario de despacho, las cuentas que nunca acaban de salir.

Hace apenas unos días. Una carta de la vicaría general en la que se me comunica que tal persona, bautizada en una de mis parroquias, ha abandonado formalmente la Iglesia Católica. Se añade que, por supuesto, esta persona no tiene acceso a los sacramentos, exequias, ni puede ser padrino o madrina de bautismo. Tal y como marca el protocolo, he anotado el hecho en el margen de la partida de bautismo y acabo de enviar al arzobispado el aviso de que la nota ha quedado debidamente asentada.
Aunque nos diera un ataque de nervios.
Del todo. Conde-Pumpido, de los nervios. Las feministas, aterrorizadas. No es para menos. Lo que más temían, acaba de suceder. Y es que la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española, ante la sentencia sobre la Ley del aborto del Tribunal Constitucional,





