El peligro de los nuevos movimientos
Sabía yo que se podía liar. Cuando tocas el tema movimientos y parroquia siempre saltan chispas. Es decir, que no es tema para nada baladí.
Comienzo con algunos matices:
Matiz uno. Nada tengo en contra de movimiento alguno. El Santo Padre los muestra como una bendición para el momento presente de la Iglesia y servidor no tiene más que añadir.
Matiz dos. La Iglesia ha vivido sin movimientos creo que diecinueve siglos, sin más espiritualidades digamos con apellido que las órdenes terceras. Y no han faltado santos, ni apostolado, ni caridad, ni anuncio del evangelio hasta los confines de la tierra.

Una amable comentarista, Eva, me daba las gracias el otro día por colocar entre las opciones eclesiales la de “parroquianos a secas”, que parece acaban olvidados la mayor parte de las veces.
La partida de defunción de la Iglesia Católica lleva redactándose dos mil años. En España recordamos perfectamente las palabras de Don Manuel Azaña, en 1931, en las Cortes: “España ha dejado de ser católica”. Desde entonces y hasta hoy, pasando por la desolación de la guerra civil que supuso el intento de acabar con sacerdotes, religiosos y templos católicos, hay gente empeñada en demostrar cómo la iglesia española no existe en la práctica.
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