Anciano con llaves
No me estoy inventando nada. La anécdota, de fuente directa.
Clase de historia del arte en una universidad española. Una diapositiva nada más y nada menos que con el apóstol San Pedro, de El Greco.
- A ver, ¿qué es lo que ve en la diapositiva?
- Un anciano con llaves.
- ¿No sabe quién es el anciano?
- No.
- Bien. Es el apóstol San Pedro.
- Es que yo no soy creyente.
Literal. Un joven estudiante universitario ¡de historia del arte! que ni sabe un mínimo de iconografía cristiana ni le importa. Más aún, no solo no le importa sino que hace gala de su más supina ignorancia escudándose en que no es creyente.
No hace falta ser creyente para saber qué es un minarete, la kipá, o darse cuenta de que ese señor gordo y sentado en la postura del loto es Buda y no Manolo el del bombo en el descanso del último partido.

No se confundan que no cuela. Para nada voy a admitir que los grandes enemigos del papa Francisco sean la caverna, los ultramontanos, los medio lefevristas y toda esa gente inmóvil, más que seguidores de Joan Baez. No nos moverán.
Noticias frescas de la señora Rafaela. Asombrada y a la vez tan contenta al verse como presidenta nada menos que de R.A.F.A.E.L.A. Nunca aspiró a cargo alguno, incluso rechazó en su momento el de presidenta de las Hijas de María cuando existían aquellas cosas. Pero como ella dice, si este medio juego que te has inventado tú, demonio de cura, puede servir para bien de la Iglesia y de las almas, pues nada, cuenta conmigo.
Los organismos públicos en general, y los ayuntamientos en particular, tienen una cierta predisposición a convertirse en dueños de todo lo que ellos consideran que es “del pueblo”. A nada que te descuidas, y he sido cura de pueblo muchos años, te das cuenta de que cosas que la gente te dice que habían sido de la Iglesia desde siempre mira por donde han devenido en propiedad municipal. Como es del pueblo, el ayuntamiento se lo adjudica, administra, utiliza, compra, vende, permuta y desde luego se lo apunta en su haber.
Como nota previa, decir que por favor se abstengan personas carentes de al menos una mínima dosis de sentido del humor.





