Odio por la ranura del buzón parroquial de correos
Hace un rato he abierto, un día más, el buzón de la correspondencia. Orondo y abundante durante el curso, preñado entonces de noticias, convocatorias, urgencias y posibilidades, ahora deviene en magro y casi inexistente. Apenas alguna cosa del banco, facturas mínimas de suministros y anuncios de la ultima pizzería abierta en la zona.
Por eso me ha extrañado encontrar un algo envuelto en una bolsa de esas que el ayuntamiento de Madrid coloca para recoger excrementos caninos. Una vez llegado al despacho, ese algo ha resultado ser unos cuantos cuadernillos de una barata edición de la Escritura, parcialmente quemados y con señales de haber sido empapados en algo que prefiero ni imaginar, aunque con la solanera que recibe el buzón a estas horas estaba más que reseco.

En resumidas cuentas, y para que no haya dudas.
He decidido que me voy a tomar un respiro de redes sociales unos cuantos días. Entre el blog, el facebook y el correo semanal de la parroquia anda uno, a estas alturas, un tanto saturado.
Los peces pican porque los pescadores son listos y ponen el cebo más apetecible. Los humanos pecamos porque el tentador despliega ante nuestros sentidos goces, sensaciones, satisfacciones personales, destellos de la más alta felicidad. Y si no, piensen un poco.
Empiezo por el milagro gordo de este verano. La verdad es que en verano son unos cuantos los turnos que quedan libres por las vacaciones de los adoradores, y esto no es una zona de veraneo donde unos van y otros vienen. Aquí se van y se van, así que si durante el curso lo normal es tener que cubrir con suplentes apenas catorce o dieciséis horas por semana, en agosto podemos irnos a más de sesenta.





