Giróvagos
En el cristianismo antiguo y la Edad Media, se llamaba giróvagos a los monjes que vagaban de monasterio en monasterio sin aceptar la disciplina ni las reglas de una orden específica. En lenguaje vulgar diríamos que un giróvago es un culo de mal asiento. Hoy también puede aplicarse a religiosos o sacerdotes a los que es imposible sujetar a mandamiento. Yo creo que me entienden.
Una de las cosas que más admiro en un sacerdote es la sujeción a su parroquia, o al ministerio encomendado, que eche sus buenas horas a la salvación de las almas y trabaje ahí donde la ha puesto el obispo. Es lo general, pero siempre hay excepciones. Son todos esos que se pasan el día de la parroquia al encuentro, de la asamblea a la experiencia, de curso de A al conocimiento de B. Ahora quiero jugar a ser misionero, luego peregrino, posteriormente resulta que he descubierto ese grupo, esa comunidad con los que me siento cómodo y reconocido. Y por cierto, qué bien se venden a sí mismos.

Documentos que uno no recordaba pero que están ahí. Leyendo un artículo de Religión Confidencial he vuelto a encontrarme con “el documento
Timo y de los gordos. Más que la estampita, el tocomocho, el nazareto y los conocidos trileros. Mucho más. Porque no es un timo, son dos en uno. Mucho mejor.
Ahí es nada, pero la de ayer fue la séptima edición. Todavía recuerdo las risas de la gente de Braojos cuando anunciamos la iniciativa:





