Ocurrencias eclesiales
No tenemos las ideas claras en absoluto. Me temo que ni los laicos, los curas, los obispos y hasta el santo padre. Al menos, la impresión que muchos tenemos es que no sabemos muy bien por dónde tirar. Por otra parte, no vamos a estarnos quietos cuando las cosas, seamos claros, no van del todo bien. El número de católicos no aumenta, y si lo hace es solo por los movimientos naturales de población, y nos encontramos con el espeluznante dato de que, en Hispanoamérica, por ejemplo, el porcentaje de católicos baja de manera escalofriante. En Panamá, por ejemplo, apenas llegamos al 60 %. Otras naciones ya bajaron el listón del 50 % hasta llegar al apenas 37 % de Honduras.

No aprendemos. Ni queremos aprender. Lo del cura marchoso con guitarra y la hermana airosa con bongos tuvo su punto de novedosa emoción en los años setenta y hasta los ochenta del pasado siglo. Los que de niños todavía cantamos aquello de “Como el ciervo que a las fuentes”, o “Vamos niños al sagrario”, sufrimos un auténtico shock el primer día que nos topamos con aquel famoso “Saber que vendrás” que aún hoy de sigue escuchando.
Y no son todavía ni las doce de la mañana. Lo cuento porque de vez en cuando me cuestionan qué puede hacerse en estos pueblos un día cualquiera entre semana. Pues por ejemplo:
Pocas cosas me quedan o me quedaban por hacer como cura. Lo de dirigir ejercicios espirituales lo había hecho en alguna ocasión con laicos y religiosas. Con sacerdotes, nunca. Por eso mi resistencia cuando me lo propuso Miguel Asorey para curas de Lugo. Le costó más de un año convencerme.