El mito de preguntar a la gente
Hoy, en esta Iglesia nuestra de mis pecados, estamos obsesionados con lo que dice la gente de fuera y con lo que quiere la gente de dentro. Esto es lo que se quiere presentar como fomentar la capacidad de escucha. Me parece bien, aunque me van a permitir un par de precisiones.
Lo primero que hay que escuchar es la voz de Dios. Es la voz de Dios la que nos tiene que enseñar dónde estamos y a dónde tenemos que ir. Hartito estoy de que me hablen de encuestas, paradigmas socioculturales, medios de comunicación, institutos de opinión, foros, encuentros y asambleas para escuchar lo que la gente piensa y quiere.

Entre las sugerencias que me han llegado para la parroquia virtual de San José de la Sierra, bien en comentarios, bien por otros medios, hay una que destaca sobre manera. Es que la parroquia de San Jose de la Sierra mantenga una adoración perpetua virtual entre todos sus feligreses.
Dicen que hay gente que vive gracias a la prudencia de los demás. Me dicen, además, que sea prudente, y que evite que mis escritos puedan hacer daño a la Iglesia. Me hacen ver, además, que debo ser listo y apuntarme siempre a caballo ganador, o al menos, si ese caballo ganador me pareciera ful, disimular un poco. Mi problema es que hay cosas ante las que no me da la gana callarme por imperativo de conciencia.
Es lo que tiene que te pregunten cosas. Muy especialmente si el que te tira de la lengua es un obispo al final de una comida con otros contertulios eclesiásticos. Porque, claro, el señor obispo, así a lo tonto, te dice, como el que no quiere la cosa, que cómo ves la Iglesia, que si hay algo que te preocupe.
Apañados estamos como nos pensemos que la Iglesia se mantiene viva gracias al colegio cardenalicio, la conferencia episcopal, el plan diocesano de evangelización, los encuentros en la catedral, la ecología integral, la alianza de civilizaciones y la comunión interreligiosa.