Sesenta y nueve diócesis que pasan
Si a un servidor se le ocurriera u ocurriese cualquier cosa de tipo pastoral, como podría ser una misa solemne, procesión de desagravio, novena a san Roque, rogativas “ad petendam pluviam”, rosario de la aurora, mercadillo solidario, huerto ecológico o festival misionero, y resultara o resultase que no acude más que la señora Rafaela, y no siempre, pues me lo tendría que mirar. Algo pasa.
Si no acude nadie tendré que pensar que estoy fuera de los intereses de la gente, que no me sé explicar, que no termino de entender, como mínimo, momentos e inquietudes, o que están de las ocurrencias de un servidor hasta las narices altas o bajas. Lo que no puedo hacer es creerme el pluscuamperfecto que todo lo hace, lo piensa y lo realiza bien y que el asunto es que mis fieles no me aceptan y que además han decidido torpedear todas mis iniciativas simplemente por tocar mis parroquiales narices sin entrar en particulares ubicaciones. Yo creo que la cosa esta clara.

Aquel día apareció don Jesús por el pueblo. Apenas acudía por allí y menos en tiempos de aislamiento. Celebraba misa en el pueblo de mayor entidad y se limitaba a acercarse alguna vez por el pueblo de Rafaela por la cosa de dar una vuelta a la iglesia parroquial y ver si estaba todo en orden.
La imposibilidad en la práctica de acudir a los templos durante dos meses no ha sido lo peor. Se están jugando muchas cosas en estos momentos y nos tocará, me temo alzar la voz. Si no lo hacemos, gritarán las piedras.
Me sueltan el argumento algunas veces. Yo sé que el disenso molesta. Y mucho. Hay cuestiones en las que uno, libremente, disiente de otros, sin excluir sus pastores. Evidentemente en cosas que pueden ser matizables. Aquí no hablamos del credo, el dogma, las normas litúrgicas o la moral católica según se nos ha enseñado de siempre. Hasta ahí podíamos llegar. Hay otras cuestiones que son perfectamente opinables.