En templo cerrado no entran fieles
El razonamiento es muy simple. Si el templo está abierto y hay misa, puede que haya fieles, o puede que no. Si el templo está cerrado, claramente no habrá.
Es que abro, digo misa y no viene nadie. Sí. A veces puede pasarnos.
Total, celebrar misa para uno o dos…
Es que he preguntado a la gente y dicen que no merece la pena.
Son razonamientos que todos nos hemos hecho más de una vez. Y no es nada fácil, la verdad. Los sacerdotes que ejercemos nuestro ministerio en parroquias mínimas hemos experimentado esas dificultades demasiadas veces y no me extraña que tengamos momentos y temporadas de desánimo. Yo el primero. Llegas al templo, imaginen un día de invierno, frío, desolación, tocas la campana, nadie… tal vez una viejecita que, además, y con toda su buena voluntad, te dice: “por mí no lo haga… total, para mí sola…” Quizás te sorprendas diciéndote: “tiene razón, si esto es un sin sentido…”

Sí. Jubilado por lo civil, que no por lo canónico, porque un servidor cumple hoy 65 años y tras más de cuarenta y uno cotizados, he solicitado mi jubilación y mi paso a la categoría de pensionista desde el día de hoy.
No se crean que es fácil mantener un blog abierto y con una cierta repercusión, aunque no sea mucha. Un blog que a la vez sea interesante, curioso, fácil de leer, fiel a la doctrina, crítico en algunos momentos, capaz de suscitar reflexiones, de orientar y animar. Y miren que lo intento. Pero es que escribas lo que escribas la respuesta siempre acaba siendo múltiple.
Hace ahora un año del cambio de párroco en la parroquia de Conchita y Fede, un matrimonio conocido de hace años y muy colaboradores en su comunidad, hasta el punto de estar los dos metidos en los consejos parroquiales. Recuerdo que les pregunté por el nuevo cura y no me gustó su cara.
Es que se ríen de nosotros, nos hacen pipí en la boca y se lo agradecemos como si fuera champán francés.