Ocurrencias pastorales
No es la primera vez que escribo de esto, pero es que es como la canción del verano: vuelve y vuelve y vuelve. No hace mucho, preguntado un eclesiástico por una iniciativa pastoral que se estaba presentando, respondió con un “es que algo hay que hacer”. Malo.
Malo porque se empieza por un “algo hay que hacer”, se continúa por un “parece que a la gente le gusta” y rematamos la faena felices porque no estamos quietos.
Lo normal en una planificación que merezca la pena es definir los objetivos: el principal y los secundarios, ver cómo presentarlos y establecer unas estrategias para llegar a los fines que nos interesan.
No sé si en la Iglesia tenemos claro el objetivo final. Hasta hora era llegar un día al cielo. Hasta ahora. Y era así porque lo había mandado el Señor: “-Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará, pero el que no crea, se condenará". Teníamos claro el objetivo final y claros los medios: predicación de la Buena Nueva y vida sacramental.


Si. Eso afirma Jesús Bastante en su última deposición en Religión Digital. Osoro, Omella, Bernardito, la Congregación para los obispos, la conferencia episcopal española e incluso el papa Francisco no son más que una panda de inútiles. Lo dice él.
Era vieja diversión en los pueblos ofrecer una sonora cencerrada en su noche de bodas a los viudos que volvían a contraer matrionio. Los mozos se ocupaban de montarse una juerga a costa del pobre viudo. Bebían, comían y bailaban mientras hacían sonar los cencerros al grito de “¡que siga la cencerrá!".