No merece la pena dejarse la piel. O sí
Se escucha mucho esa expresión: yo es que me estoy dejando la piel. También, cómo no, en nuestro mundillo eclesial. En general, y hoy sí voy a hablar del clero de Madrid, somos trabajadores, entregados, dedicados a nuestra tarea pastoral. Habrá excepciones, dónde no, pero somos curas que, con aciertos y desaciertos, puedo decir que nos dejamos la piel en nuestra tarea. Reconocimiento también para tantos compañeros, sobre todo párrocos rurales, que con docena, docena y media de parroquias, o incluso más, se multiplican.
Hay cosas por las que merece la pena dejarse la piel: facilitar el acceso a la gracia, celebrar los sacramentos, garantizar una correcta transmisión de la fe. Merece la pena dejarse la piel en estar cerca de la persona que sufre. Y posiblemente nada más. Y nada menos.

Cuando nosotros éramos jóvenes, hubo anuncios publicitarios que nos marcaron de tal manera que se convirtieron en expresiones de nuestro hablar cotidiano.
Hay profesores expertos en ampliaciones, paréntesis, glosas y circunloquios. Hay obispos y sacerdotes especialistas en grandilocuencia, relaciones teológico - filosófico - ecológico - sociales. Tienen ese don. Agarran un versículo evangélico, un mandamiento o una norma de derecho positivo y poseen la capacidad de convertirlos en una programación de eco teología, un tratado de sí pero no, aunque según podría ser que vaya usted a saber, una homilía sobre la inmensidad de la mirada de Dios sobre las sombras del cambio climático y la importancia de la abstinencia de carne no como ascesis penitencial, sino en clave ecológica, que, evidentemente, no hay comparación. La abstinencia como práctica penitencial es un absurdo. La abstinencia como forma de contrarrestar las ventosidades vacunas y su contribución al aumento de la temperatura del planeta es algo de obligado cumplimiento.
Porque no se puede denominar de otra manera. Fue algo indignante y bochornoso. Los demás adjetivos, ustedes mismos.