«No creo»: un vídeo necesario sobre el abuso espiritual, pero con pocos matices

«No creo»: un vídeo necesario sobre el abuso espiritual, pero con pocos matices

El vídeo del proyecto Entre Compases, publicado el 22 de octubre, busca concienciar sobre un problema real y grave. Un análisis frase a frase muestra, sin embargo, que varias afirmaciones necesitan precisión para no confundir al espectador cristiano.

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Entre Compases es una iniciativa de investigación y prevención del abuso de poder, de conciencia y espiritual. La impulsan en red la Cátedra Pro+Tejer (UCM), el Proyecto Repara de la Archidiócesis de Madrid y CONFER, con el apoyo de Porticus Iberia. Su último vídeo, «No creo», da voz a las víctimas de abuso espiritual y rechaza las falsas imágenes de Dios que lo han hecho posible.

La buena intención está fuera de duda, y el tema es importante y delicado. Muchas de las frases son verdaderas y oportunas. Pero otras resultan ambiguas, poco concretas y, en algún caso, difíciles de encajar en el contexto cristiano. Para ofrecer un mapa de lectura, se han analizado 33 fragmentos del vídeo. Aproximadamente la mitad se pueden suscribir sin reservas. El resto necesita matices, y algunos son discutibles.

Lo que puede suscribirse

Gran parte del mensaje es sólido. Son acertadas, por ejemplo, «La representación de Dios no es Dios mismo» y «A veces tenemos imágenes de Dios en las que se dan cita un cúmulo de sentimientos, vivencias, miedos o anhelos. A veces lo que nos han enseñado sobre Dios y hemos incorporado no libera, no sana, sino que hiere». También lo es «Son ‘piedades’ disparatadas que justifican el abuso, imponen miedos y roban la libertad. Esas imágenes sostienen y legitiman el abuso espiritual, pero esas imágenes no son el Dios de Jesús, son su negación».

Lo mismo cabe decir de la reivindicación de la voz de las víctimas: «Las víctimas de abuso en su proceso de reparación nos comparten su "no creo", un no a esa usurpación, un no a esos falsos rostros de Dios, un no que nace del sufrimiento, pero también del camino recorrido». Y de las denuncias de que Dios no es «un Dios cuya voz se identifica solo con la de la autoridad eclesiástica», ni uno «que da más importancia a la supervivencia de una estructura que a la singularidad de las personas», ni uno «que concedería a algunos el privilegio de situarse por encima de la ley». Son afirmaciones muy ciertas. También lo son «No creo en un Dios que te trata de traidor toda la vida, acusándote de haber abandonado una vocación religiosa» y «en un Dios que infantiliza a las personas».

¿Qué es un abuso espiritual?

El primer problema es de base: el vídeo no precisa qué constituye un abuso espiritual. Si se entiende como cualquier conjunto de frases que pueden herir la sensibilidad de alguien, se corre el riesgo de relativizar una palabra gravísima, al llamar abuso a realidades de muy distinta gravedad.

Algo parecido ocurrió con los abusos sexuales, cuyo concepto ha englobado conductas de gravedad muy diferente. Ninguna está bien, pero no son equiparables (no es lo mismo un tocamiento inapropiado, una palmada, que una violación). En el ámbito espiritual o de conciencia hay además un riesgo añadido: estigmatizar ciertas afirmaciones como si fueran siempre intrínsecamente malas, sin distinguir entre decir una idea una vez e insistir en ella de forma obsesiva.

Juzgar el pasado con ojos de hoy

También resulta extraño aplicar la categoría de abuso a afirmaciones que forman parte de la tradición espiritual de la Iglesia y que se encuentran en las obras de muchos santos. Convendría explicar cómo ha cambiado la sensibilidad hacia la libertad interior y personal. De lo contrario se puede juzgar anacrónicamente toda la historia de la Iglesia.

Un ejemplo ayuda. Con los estándares actuales de educación, se podría decir que la mayoría de los padres de los años 50 o 60 ejercieron un enorme abuso de poder y de conciencia con sus hijos. ¿Eran por ello abusadores? ¿No es más justo decir que hemos evolucionado positivamente hacia una educación que fomenta más la libertad de niños y jóvenes? Y, ya puestos, ¿no falta también autocrítica sobre si como sociedad hemos encontrado el punto medio entre dar libertad y poner límites?

Lo mismo vale para la Iglesia. Existe desde hace siglos el voto de obediencia y se ha recomendado la dirección espiritual. Hoy se valora más la colegialidad o la sinodalidad en el gobierno de las instituciones; y más aún el desarrollo de la libertad personal, pero no por ello todo lo anterior fue un abuso, así, sin matices.

¿Usurpación o error?

El vídeo afirma: «Si el abuso ha sido posible en nombre de Dios, es porque alguien, una persona, una comunidad, un sistema, ha usurpado su lugar». Y añade: «Eso es tomar el nombre de Dios en vano ocasionando un daño espiritual».

Ambas frases necesitan matiz. Hablar de usurpación sugiere intencionalidad, y es evidente que quien utiliza al prójimo para fines personales o institucionales ajenos a la fe comete un abuso en toda regla. Pero personas e instituciones también hacen las cosas mal de forma inconsciente. El Catecismo considera blasfemo invocar el nombre de Dios para justificar prácticas criminales (n. 2148), y en los casos de manipulación deliberada la expresión del vídeo es exacta. Pero la culpa moral requiere conciencia e intención, y no siempre se dan en quien ha hecho daño espiritual por torpeza o por una formación deficiente.

No todo lo que hace feliz es bueno

En el vídeo se oye: «No creo en un Dios que anula, que asfixia, que no me deja libertad, que mata la vida que hay en mí, que ignora mi opinión, que tiene todo escrito sobre mi vida». Se puede compartir casi todo, siempre que se acepte que Dios puede escuchar nuestra opinión y aun así decirnos que estamos equivocados.

Más problemática es esta otra: «No creo en un Dios que me prohíbe lo que me hace feliz, que se avergüenza de mí». Muchas cosas dan una felicidad momentánea, o incluso duradera, y no por ello son buenas. Dios no nos prohíbe lo que realmente nos hace felices, pero ese no es el sentido en que solemos decir que algo nos hace felices.

«No he venido a traer paz»

La frase «No creo en un Dios que me hace mirar el mundo como una amenaza, que me separa de las personas que me quieren, que me encierra en mi micromundo» exige mucho matiz, porque el Evangelio dice también cosas muy distintas. Jesús afirma que no ha venido a traer paz sino espada y división, y que habrá enfrentamientos dentro de la propia familia (Mateo 10, 34-36; Lucas 12, 51-53). Advierte que el mundo odiará a sus discípulos como lo odió a él (Juan 15, 18-19). Y anuncia: «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33).

Todo ello debe leerse con cuidado, pero no puede ignorarse al decir que Dios no nos separa de nadie ni nos pone frente al mundo.

La cruz y el dolor

Quizá sea el punto más delicado: «No creo en un Dios sádico que me bendice con el sufrimiento, que goza con nuestra humillación, con nuestro agotamiento. No creo en un Dios que se complace en mi dolor, que me pide que aguante». Hay tanto que matizar que difícilmente se entienden bien estas frases.

Por un lado, Jesús habla de negarse a uno mismo y cargar con la cruz cada día (Mateo 16, 24-25; Lucas 9, 23; Lucas 14, 27). Proclama dichosos a los perseguidos por causa de la justicia (Mateo 5, 10-12), promete la salvación a quien persevere hasta el fin (Mateo 10, 22; 24, 13; Lucas 21, 19) y presenta como necesario que el Mesías padeciera (Marcos 8, 31; Lucas 24, 26). En Getsemaní Él mismo acepta la voluntad del Padre, aunque evidentemente le produce sufrimiento (Mateo 26, 39; Juan 18, 11).

Los Evangelios chocan con la imagen de un Dios que se goza en el dolor. Jesús invita a los cansados a ir a él, porque su yugo es suave y su carga ligera (Mateo 11, 28-30), y critica a quienes atan cargas pesadas sobre otros sin ayudarles (Mateo 23, 4; Lucas 11, 46). Rechaza que el sufrimiento sea siempre castigo divino (Lucas 13, 1-5; Juan 9, 1-3), presenta a Dios como un padre que da cosas buenas y corre a abrazar al hijo (Mateo 7, 9-11; Lucas 15, 11-32), proclama dichosos a los que lloran (Mateo 5, 4) y anuncia que viene a liberar a los oprimidos (Lucas 4, 18-19). Él mismo no busca el dolor: pide que pase la copa (Mateo 26, 39), llora ante la muerte de su amigo (Juan 11, 35) y dedica buena parte de su ministerio a aliviar el sufrimiento.

Muchos intérpretes leen los textos sobre la cruz así: no dicen que Dios quiera tu dolor, sino que seguir a Jesús en un mundo hostil tiene costes y que él acompaña en el sufrimiento. Otros, desde la escucha habitual de las víctimas de abusos de conciencia, advierten que este lenguaje se ha usado perniciosamente para pedir a las víctimas que se resignen. La interpretación que se da a muchas de las frases más discutibles del vídeo depende de la perspectiva desde la que se lea. La Iglesia, sin embargo, tiene una enseñanza clara: el sufrimiento no es querido por Dios como tal, pero unido a la cruz de Cristo adquiere valor redentor (Col 1, 24; Juan Pablo II, Salvifici doloris, 1984). Ese es el criterio para distinguir el uso legítimo de este lenguaje de su manipulación.

En la misma línea, el vídeo dice: «No creo en un Dios que me abandonó en manos del abusador y no hizo nada por salvarme, que me pide que calle y no transmita mi experiencia de abusos». La primera parte expresa una experiencia dolorosa y real, porque Dios permite el mal. Pero no es la última palabra, porque Dios no abandona y puede sanar las heridas.

En la segunda parte de la frase anterior («me pide que calle y no transmita mi experiencia de abusos»), el rechazo es totalmente acertado. Algo parecido ocurre con «No creo en un Dios con dobles intenciones, que cambia de opinión, que deja de quererme, de cuidarme, que me abandona»: es cierto que Dios no nos abandona, pero que Dios nos quiera y nos cuide no significa que evite todos nuestros sufrimientos. Y «No creo en un Dios mágico que soluciona mis problemas» es algo cierto, pero difícilmente se compagina con el rechazo, citado arriba, a «un Dios que pide aguantar», porque los problemas muchas veces son cruces que Dios permite en nuestro camino.

«Un Dios que se mete en mi cama»

Sorprende especialmente esta afirmación: «No creo en un Dios que se mete en mi cama, que invade la intimidad, obsesionado por la vida sexual, por saber lo íntimo». Conviene recordar que, de los diez mandamientos, dos se refieren a la sexualidad. Se puede rechazar con toda razón la invasión morbosa de la intimidad, pero la frase, tal cual, parece pasar por alto que la moral sexual forma parte del mensaje cristiano.

Castigo, culpa y perfección

La frase más larga del vídeo concentra casi todas las ambigüedades: «No creo en un Dios castigador, tirano, que se impone, que intimida e impacienta, que es culpa, control, que deja de quererme si he hecho algo mal y que exige una perfección inhumana, para el que nunca nada es suficiente». Desglosada, admite estos matices:

  • «Castigador». Que Dios premiará y castigará a los hombres es dogma de fe.
  • «Tirano, que se impone». En el día a día Dios respeta nuestra libertad, pero que no se imponga no significa que todo lo que hagamos esté siempre bien.
  • «Que intimida e impacienta». No es su estilo y, si lo hace, es para que nos corrijamos. En ese sentido, intimidación e impaciencia no son los términos más adecuados para describir su obrar.
  • «Que es culpa». Dios se sirve de la conciencia del propio pecado para corregirnos, lo que no significa que busque culpabilizarnos.
  • «Control». No es controlador, aunque todo lo sabe y todo lo puede.
  • «Que deja de quererme si he hecho algo mal». Efectivamente, no deja de querernos, pero nos hacemos incapaces de estar cerca de Él si cometemos pecados graves.
  • «Que exige una perfección inhumana». No la exige, aunque Jesús dijo literalmente que fuéramos perfectos como lo es el Padre celestial (Mateo 5, 48). Aunque no nos exija el resultado, sí nos marca un nivel de aspiración alto.
  • «Para el que nunca nada es suficiente». Es cierto que Dios no es así: nos quiere si tenemos buena voluntad y luchamos de veras por vivir conforme a sus mandamientos, que es también vivir conforme a nuestra naturaleza humana.

La voz de Dios y la del director espiritual

Sobre «No creo en un Dios cuya voz se identifica solo con la de la autoridad eclesiástica, cuya voluntad es lo que cree el director espiritual, que me pide callar para mantener la imagen de la institución», lo esencial es acertado. Un eclesiástico puede equivocarse, y es especialmente grave callar cuando suceden cosas graves y los responsables no actúan con fortaleza para corregirlas.

Pero conviene un matiz. Un director espiritual bien formado que nos aparta del pecado sí señala, en ese sentido, lo que Dios quiere de nosotros, porque Dios no quiere el pecado. Lo mismo ocurre con el cierre del vídeo: «Decir “no” es salud» es cierto, por lo menos muchas veces, y también lo son «este “no”, no es el final, es un despertar» y «Es apostar porque el lugar de Dios no sea usurpado».

«No creo» pretende cumplir una función valiosa: escuchar a las víctimas y desmontar imágenes de Dios que hieren. Su mayor limitación es la falta de definiciones y matices en un terreno donde la tradición cristiana, la Escritura y la experiencia de las víctimas piden distinguir con cuidado.

Una prevención eficaz del abuso necesita rigor en las palabras, para no relativizar lo que es grave ni condenar lo que no lo es.

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