(InfoCatólica) La inmensa mayoría de los católicos ni siquiera se enteraron de que, en noviembre del año pasado, se publicó el documento Mater Populi Fidelis del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del cardenal Víctor Fernández dedicado a la utilización del título de Corredentora para la Virgen. De entre los que tuvieron noticia de esa publicación, muchos sacaron la conclusión de que la Iglesia había dictaminado que nuestra Señora no podía ser considerada Corredentora y, por lo tanto, ese título mariano no podía utilizarse.
Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que la única decisión vinculante de la nota doctrina del Dicasterio para la Doctrina de la Fe era que el título mencionado no se utilizaría en documentos oficiales de la Iglesia. Es decir, una decisión pastoral, disciplinaria, prudencial y, por lo tanto, revisable en el futuro.
En cambio, desde el punto de vista doctrinal no cambió absolutamente nada. Mater Populi Fidelis se limitó a recordar que la colaboración excepcional de nuestra Señora en la obra de la redención no debía oscurecer nunca el papel único de Cristo Redentor, algo, por otra parte, evidente y que nadie había negado nunca. Es decir, el propio documento reconocía lo que transmite el título de Corredentora (su participación sin igual en la obra redentora y salvadora de Cristo, por colaboración con Él y nunca al margen de Él), pero haciendo una apreciación pastoral para evitar malentendidos.
Esta precisión permite entender que el Cardenal Burke haya dedicado parte de una conferencia a defender el título de Corredentora y, sobre todo, la sustancia teológica que hay detrás del mismo. La conferencia formó parte de una serie de celebraciones y charlas que tuvieron lugar el 5 y 6 se septiembre en la diócesis holandesa de Haarlem-Ámsterdam.
En su conferencia, el cardenal explicó que el título de Corredentora para nuestra Señora estaba fundamentado en su «irremplazable cooperación en el misterio de la Encarnación redentora» de Cristo.
Dando un contexto más amplio, el purpurado recordó que ese misterio debe cumplirse también en nuestra vida como «colaboradores, con la Virgen Madre de Dios en la labor de redención de su divino Hijo». En ese sentido, citó el conocido pasaje de la Carta de San Pablo a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24).
Por lo tanto, indicó el Cardenal, «no es que al Sacrificio de nuestro Señor le falte nada en ningún sentido. Es perfecto y nos consigue la Gracia divina y la vida eterna a todos los que se unen a nuestro Señor en su Sacrificio. Lo único que se requiere es que participemos de todo corazón en el Sacrificio de nuestro Señor, que tomemos cada día la cruz y lo sigamos».
Todos los cristianos tenemos que participar en la obra redentora y estamos llamados a ser «colaboradores de Cristo en la verdad», cooperando con la divina gracia y trabajando para la salvación del mundo. En ese sentido, todos «somos, en virtud de Nuestro bautismo y nuestra confirmación, corredentores, es decir, participamos en la obra salvadora de nuestro Señor santificando la parte de su viña que Él mismo ha encomendado a nuestro cuidado».
El caso de Santa María, sin embargo, es singular. «La bienaventurada Virgen María es Corredentora, es decir, participa en la obra salvadora de nuestro Señor de forma única». Su participación en la labor de la Encarnación redentora se produjo «concibiendo a Dios Hijo en su seno inmaculado por obra del Espíritu Santo», una participación que no tiene igual en toda la humanidad. A ese hecho fundamental, hay que añadir una vida estrechamente unida a la misión y a la pasión salvadora de Cristo, porque María «siempre atesoraba en su corazón el misterio de la Encarnación redentora» de su Hijo.
Como muestran los hechos y las palabras del Cardenal Raymond Burke, el título de Corredentora se refiere a una verdad que forma parte de la fe católica, e incluso del núcleo de esa fe. Por lo tanto, su utilización por fieles y clérigos no está prohibida en absoluto. Simplemente, se decidió prudencialmente no utilizarlo en documentos oficiales de la Iglesia por razones pastorales y ecuménicas, con el fin de evitar una posible mala interpretación.








