(InfoCatólica) Miles de jóvenes en todo el mundo se acercan a la liturgia tradicional no por curiosidad, sino porque buscan un encuentro auténtico con el misterio de Dios. Así lo sostiene el padre Antonius Maria Mamsery, misionero tanzano de la Santa Cruz, en una entrevista publicada por France Catholique en la que analiza las razones de este fenómeno y defiende la misión como transmisión íntegra de la fe recibida.
El sacerdote, que conoce de primera mano el dinamismo del peregrinaje de Chartres, constata que los jóvenes «están hartos de las medias verdades» y buscan «la Verdad con mayúscula, algo que supere lo ordinario, más elevado que ellos mismos». A su juicio, la atracción no se explica por mera curiosidad, sino por «la seriedad con la que Dios es venerado según la Tradición». Los jóvenes, afirma, quieren «arrodillarse ante Aquel ante quien todos se arrodillan, desde el niño pequeño hasta el rey», y descubren en el silencio litúrgico una voz que «habla suavemente al vacío que llevan dentro».
El padre Mamsery vincula este movimiento juvenil con la acción del Espíritu Santo y recuerda que la palabra «sínodo» significa literalmente «caminar juntos»: «Es exactamente lo que hacen nuestros jóvenes», señala, al tiempo que afirma que esta juventud «manifiesta que el Espíritu Santo cumple la promesa de Nuestro Señor según la cual la Iglesia no será jamás vencida».
La misión como transmisión fiel de la fe
Preguntado sobre la naturaleza de la misión, el misionero la define ante todo como «Amor, en su sentido más profundo», un darse a uno mismo «hasta derramar la sangre si se presenta la ocasión». Citando el mandato de Cristo (Mt 28,19-20), subraya que la misión de cada bautizado consiste en «compartir lo que hemos recibido, es decir, el amor de Nuestro Salvador a toda la humanidad, sin distinción».
El padre Mamsery es especialmente directo al abordar la obligación de transmitir la fe tal como ha sido recibida. Todo bautizado, afirma, «debe transmitir lo que ha recibido de sus antepasados, sin inventar verdades reveladas ni manipular las cosas de tal modo que la generación siguiente reciba algo ajeno a lo transmitido por Jesucristo». Y advierte: «La Iglesia no es propiedad de nadie. Nadie tiene el poder de modificar su doctrina revelada ni de edulcorar la integridad de los dogmas mediante manipulaciones sutiles o filosóficas para adaptarlos a nuestros sentimientos o a nuestra época».
Para reforzar esta exigencia, el sacerdote recurre a la admonición de san Pablo a los gálatas: «Aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!» (Ga 1,8). Y añade que la misión no es un favor que el Señor haya pedido, sino una orden, porque «privar a nuestro prójimo de la posibilidad de conocer la verdad es la manera más odiosa de ser despiadado con él».
La liturgia como instrumento misionero
El misionero tanzano se muestra crítico con los intentos de adaptar la liturgia a las distintas culturas. Dado que existen miles de culturas en el mundo, plantea: «¿Cuál vamos a elegir para "adaptar" la liturgia? ¿Y por qué esa y no otra?». A su juicio, en muchas culturas «falta el vocabulario teológico que pueda definir correctamente lo que expresamos en nuestra fe», y considera que «la experiencia desafortunada de los últimos sesenta años es más elocuente que todo lo que acabo de decir».
El padre Mamsery también cuestiona la comprensión habitual de la «participación activa» en la liturgia, que a menudo se reduce a «gesticular con las manos y el cuerpo, hacer ruido y tocar instrumentos de música». Recuerda que, según el Catecismo de la Iglesia Católica, la misa es el mismo sacrificio de la Cruz ofrecido sobre los altares, y sentencia: «La destrucción del carácter sagrado de la liturgia en muchos lugares ha sido y sigue siendo la principal catástrofe de nuestra época».
Frente a esta situación, el sacerdote apunta a la experiencia de los primeros misioneros, que al llegar a tierras desconocidas sin hablar la lengua local, «se limitaban a celebrar la Santa Misa con reverencia, y los paganos eran atraídos por aquellos "bellos gestos"». «La liturgia misma era una llamada a la conversión», subraya. Y constata que hoy ocurre algo análogo: «Todos los continentes, pero sobre todo Europa y América, son testigos de la conversión de un número masivo de jóvenes, no gracias a los predicadores célebres de nuestro tiempo ni a los taumaturgos, sino gracias a la liturgia tradicional».
El misionero concluye invitando a escuchar lo que el Espíritu comunica a la Iglesia «a través de los miles de jóvenes que caminan juntos con alegría, haciendo importantes sacrificios, en busca de la Verdad».







