(InfoCatólica) Un día después de que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicara el decreto que declara la excomunión latae sententiae de los seis obispos consagrados en Écône y extiende la declaración de cisma a todos los clérigos y fieles laicos que adhieren formalmente a la Fraternidad Sacerdotale San Pío X, don Davide Pagliarani ha dirigido una nueva carta al Papa León XIV. El documento, fechado el 3 de julio de 2026 en Écône y difundido por FSSPX Actualités, se abre con una cita de Lc 11,11-13 y se cierra pidiendo al Pontífice que bendiga a la Fraternidad «como a Vuestros hijos».
No se mencionan las revocaciones de las licencias sacramentales
El decreto firmado por el Cardenal Víctor Manuel Fernández no se limita a constatar la excomunión de los obispos consagrantes y consagrados. Va acompañado de una Nota explicativa que declara cismáticos a todos los ministros sagrados pertenecientes a la FSSPX, extiende la calificación a los fieles laicos que adhieren formalmente a ella, y revoca las autorizaciones especiales concedidas por Francisco para la celebración de confesiones y matrimonios, declarando inválidos estos últimos sacramentos cuando son administrados por sacerdotes de la Fraternidad. Para los fieles que la FSSPX reivindica en todo el mundo, la invalidación sacramental es la consecuencia operativamente más grave del decreto. Ha causado extrañeza que no se haya tratado el tema.
Pan, pez y huevo: la parábola como reproche
La carta se construye enteramente sobre la perícopa de Lc 11,11-13, aplicada como alegoría tripartita. La Fraternidad pidió pan (comprensión para un caso de conciencia sincero), pez (medios para seguir formando sacerdotes) y huevo (custodia temporal de la Tradición, que, según Pagliarani, «pertenece a la Iglesia, nuestra Madre, y no a la Fraternidad San Pío X»); recibió piedra, serpiente y escorpión. «Habíamos pedido ser instruidos y confirmados en la fe de siempre; en su lugar, hemos sido declarados cismáticos por segunda vez», concluye el pasaje. La referencia no deja de sorprender, pues en algunos ambientes se ha negado reiteradamente que hubiese declaración de cisma la primera.
El recurso es retóricamente eficaz para el público interno, pero exegéticamente forzado. El padre que da cosas buenas es el Padre celestial, y la perícopa es una instrucción a los discípulos sobre la confianza en Dios. Pagliarani la redirige: el Papa (a quien la FSSPX reconoce como Padre en la Iglesia) es quien da piedras y serpientes, y la Fraternidad ocupa la posición del hijo que pide cosas buenas. Por ejemplo, que le dejen consagrar obispo cuando él lo determina, que es el motivo que provoca la acción de la Santa Sede, no el juicio de la FSSPX, a menudo atinado, sobre la realidad de la Iglesia, ni su modo de vida, que fue colmado de medidas misericordiosas por parte del Papa Francisco.
«Injustas e inválidas»: la calificación sin fundamentación
Pagliarani califica las sanciones de «objetivamente injustas e inválidas». Pero no impugna ningún canon, ni explica en qué consiste la invalidez ni por qué las condiciones de forma o de fondo del decreto estarían viciadas. La premisa implícita que sostendría la afirmación es el estado de necesidad, el mismo argumento de 1988, de la Declaración del 14 de mayo y de la Profesión de fe del 24 de junio.
El contraste con Mons. Marcel Lefebvre es notable. En 1988, el arzobispo articuló una fundamentación canónica explícita. Treinta y ocho años después, la tesis se ha convertido en axioma y de ese modo el inferior jerárquico puede actuar contra el mandato explícito del Sucesor de Pedro cuando juzga que la situación lo exige, y la prueba de que la situación lo exige es que el inferior jerárquico lo juzga así. Esta circularidad no se ha resuelto en ningún documento de esta crisis como ha expuesto la Fraternidad en sucesivas cartas.
«Una iniciativa extrema de socorro de las almas»
Pagliarani sostiene en su carta que la decisión del Santo Sede «pone una vez más de manifiesto el contexto extremadamente trágico en el que se encuentra la Iglesia universal». La actuación de la Fraternidad, afirma, «no es otra cosa que una iniciativa extrema de socorro de las almas, en medio de la confusión doctrinal y moral en la que la Iglesia se halla sumida». Y precisa: «No pretendemos en modo alguno sustituir a la Iglesia y no tenemos otra ambición que permanecerle fieles».
El Superior General añade que, en conciencia, no han podido sustraerse «al deber moral que tenemos hacia las almas», tal como ya habían explicado «tanto en privado como públicamente» al Pontífice. Al menos ahora ya no se niega que hubiese diálogo.
Fidelidad al papado abstracto, desobediencia al Papa concreto
Pese a las sanciones, Pagliarani renueva el compromiso expresado en una carta personal dirigida a León XIV el 21 de noviembre de 2025. De aquella misiva recupera un pasaje en el que prometía que la Fraternidad consagraría «todas sus energías a preservar la Tradición y ponerla al servicio de la Iglesia», subrayando que su propósito no es «ofrecer a la Iglesia un museo de cosas antiguas, sino la Tradición íntegra, fecunda, fuente de vida espiritual, encarnada y vivida en las almas».
La promesa incluye una estructura temporal peculiar: «Estoy seguro de que un día Vos mismo o uno de Vuestros sucesores podrá y querrá utilizar este servicio». La reconciliación se proyecta al futuro, a un pontificado que puede no ser el actual. La carta habla de «ese día» en que un Papa futuro descubrirá en la Fraternidad «un pequeño ejército de hijos leales». La fidelidad al papado abstracto contrasta con la desobediencia al Papa concreto, y ese contraste se gestiona mediante el aplazamiento indefinido y la apelación a un hipotético futuro Papa que esté de acuerdo en todo con la Fraternidad.
La antítesis que cierra el documento confirma esta lectura: la Fraternidad se presenta fundada «sobre la roca de la fe de Pedro» y no «sobre las arenas movedizas de un diálogo ambiguo». Pero Pagliarani separa la fe de Pedro del Pedro vivo que la ejerce, y asigna a la Fraternidad la custodia de esa fe contra el criterio del propio Sucesor de Pedro.
«Nada ha cambiado y nada cambiará jamás»
La carta incluye asimismo un compromiso explícito de no recibir las nuevas sanciones «con amargura o revuelta». «Las condenas recientes, como las del pasado, nos alcanzan en lo que tenemos de más querido: nuestra vinculación con nuestra Madre, la Iglesia romana», escribe Pagliarani, quien añade que la FSSPX «ofrece gustosamente el sufrimiento causado por estas nuevas sanciones, por el bien de la Iglesia universal y de Vuestra Santidad».
A numerosos observadores les ha llamado la atención el cierre de la carta: «para nosotros, nada ha cambiado y jamás nada cambiará». Esto indica que, si la declaración formal de cisma, la excomunión de los seis obispos, la extensión de la situación cismática a todos los clérigos de la Fraternidad, la invalidación de confesiones y matrimonios y la revocación de las facultades concedidas por Francisco no cambian nada para la FSSPX, en realidad ya estaba actuando de facto como si la comunión con Roma fuera irrelevante para ella.
Parece ser, en conclusión, una carta compleja, en la que se afirma una cosa y se reconoce la contraria, se presenta la sujeción a Roma ejercida como una completa independencia de ella, se justifica la desobediencia al Papa actual por un hipotético Papa futuro que estará de acuerdo en todo con la FSSPX y se defiende la teórica ausencia de cisma describiendo una realidad práctica cismática.
Carta al Santo Padre a propósito del decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
3 Julio 2026
El Superior General
A Su Santidad
el Papa León XIV
Ecône , 3 de julio de 2026
«¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Si pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si pide un huevo, le dará un escorpión? Si, pues, vosotros, aunque malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!» (Lc XI, 11-13)
Beatísimo Padre:
La notificación de la decisión tomada por la Santa Sede respecto a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, firmada por Su Eminencia el cardenal Fernández, nos ha llegado y es ya de conocimiento público.
Nos parece que esta decisión pone una vez más en evidencia el contexto extremadamente trágico en el que se encuentra la Iglesia universal. Lo que la Fraternidad San Pío X hizo y seguirá haciendo no es otra cosa que una iniciativa extrema de socorro de las almas, en medio de la confusión doctrinal y moral en la que se halla inmersa la Iglesia. De ninguna manera pretendemos sustituirnos a la Iglesia y no tenemos otro propósito que permanecerle fieles.
En conciencia no hemos estimado que pudiéramos sustraernos al deber moral que tenemos para con las almas, como ya lo hemos explicado a Vuestra Santidad, tanto en privado como en público.
Habíamos pedido pan, es decir, un poco de comprensión ante un sincero caso de conciencia, un gesto de paternidad no tanto hacia la Fraternidad San Pío X, sino hacia las almas, prometiéndole convertirlas en verdaderos hijos de la Iglesia romana; lamentablemente, hemos recibido una piedra.
Habíamos pedido pescado, es decir, la posibilidad de obtener provisionalmente los medios necesarios para seguir formando buenos sacerdotes que prosigan su misión de dar a conocer a las almas a Nuestro Señor; lamentablemente, hemos recibido una serpiente.
Habíamos pedido un huevo, prometiendo devolverlo en cuanto sea posible. En efecto, la santa Tradición que conservamos en las almas pertenece a la Iglesia, nuestra Madre --y no a la Fraternidad San Pío X--, y tenemos por seguro que un día un Papa querrá valerse de ella para el bien de la Iglesia universal; lamentablemente, hemos recibido un escorpión.
Habíamos pedido ser instruidos y confirmados en la fe de siempre; en vez de eso, fuimos declarados cismáticos por segunda vez.
A pesar de las sanciones que recaen sobre nosotros, la Fraternidad San Pío X renueva sinceramente la promesa que ya había hecho a Vuestra Santidad. Permítame al respecto retomar libremente lo que ya había expresado:
«La Fraternidad le promete […] dedicar todas sus energías a preservar la Tradición y a ponerla al servicio de la Iglesia. De esta manera, la Fraternidad San Pío X no se limita a conservar prácticas antiguas, sino que favorece y preserva las vocaciones sacerdotales, las vocaciones religiosas, las familias numerosas y profundamente cristianas; en una palabra, todo lo que manifiesta la vitalidad de la Iglesia, de la gracia y de la fe católica. Nuestra intención no es proponer a la Iglesia un museo de cosas antiguas, sino la Tradición íntegra, fecunda, encarnada y vivida en las almas.
[…] Estoy seguro de que un día Usted mismo o uno de sus sucesores podrá y querrá valerse de este servicio; nuestra única razón de ser es ofrecerlo en la Iglesia y para la Iglesia.» (Carta personal dirigida a Su Santidad el 21 de noviembre de 2025)
Pero, sobre todo, la Fraternidad San Pío X le promete hoy que no recibe estas nuevas sanciones --objetivamente injustas e inválidas-- en un espíritu de amargura o rebeldía.
Las condenas recientes, como las del pasado, nos alcanzan en lo que nos es más querido: nuestro apego a nuestra Madre, la Iglesia romana. Sin embargo, aun en esta prueba, todo debe contribuir al bien de las almas y de la Iglesia misma. Por lo tanto, estas condenas nos alientan a querer aún más a la santa Iglesia y a atender sus necesidades más que nunca con todas nuestras fuerzas. Por este mismo motivo la Fraternidad San Pío X ofrece de buen grado el sufrimiento ocasionado por estas nuevas sanciones por el bien de la Iglesia universal y por Vuestra Santidad.
Estamos seguros de que un día Usted mismo o uno de sus sucesores querrá hacer suyo el programa de san Pío X: «Restaurar todo en Cristo», Instaurare omnia in Christo. Aquel día, el Santo Padre descubrirá en la Fraternidad San Pío X no un conjunto de serpientes y escorpiones, sino un pequeño ejército de hijos leales, dispuestos a todo para apoyarlo en la restauración de todas las cosas en Nuestro Señor y para reivindicar ante la humanidad entera los derechos imprescriptibles de Cristo Rey sobre todas las almas y sobre todas las naciones.
Aquel día el Santo Padre descubrirá con gran alegría y profundo consuelo almas auténticamente católicas, almas cuyo vínculo con la Iglesia jamás se fundó en las arenas movedizas de un diálogo ambiguo, sino sobre la roca de la fe de Pedro.
Le pedimos a la Santísima Virgen María que apresure la llegada de ese día, y deseamos sobre todo que Vuestra Santidad conozca cuanto antes esta alegría y este consuelo.
Mientras tanto, si le es posible a pesar de su decisión reciente, bendíganos como a sus hijos. Para nosotros nada cambió, nada cambiará jamás.
Confiado en la divina Providencia, a la que nada se le escapa y que lee hasta el fondo del corazón de cada hombre, me reafirmo, Santísimo Padre, como su muy devoto hijo en el Señor.
Don Davide Pagliarani








