(InfoCatólica) El Papa León XIV celebró este lunes en la Basílica de San Pedro la misa de la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, patronos de Roma, en una ceremonia en la que bendijo e impuso el palio a 35 nuevos arzobispos metropolitanos. En su homilía, el Pontífice invitó a contemplar a los dos apóstoles como modelo para «comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad».
León XIV presentó a Pedro y Pablo como «dos pilares de la Iglesia», elegidos por Jesús «uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles», y desarrolló el significado de sus respectivas misiones a partir de sus símbolos tradicionales: las llaves y la espada.
Pedro, custodio de la comunión
El Papa dedicó la primera parte de la homilía al apóstol Pedro, a quien describió como «custodio del Pueblo de Dios», comprometido en múltiples episodios del Nuevo Testamento con la preservación de la comunión entre los hermanos. Recordó la escena del lago de Galilea, donde Pedro responde al Maestro: «No hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y también su confesión en Cesarea, cuando reconoce a Jesús como Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de fe (cf. Mt 16,13-19).
León XIV subrayó que esta fidelidad no implica perfección: «Durante la Pasión, niega al Maestro, para luego derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento». Sin embargo, Pedro «sabe reconocer sus propios errores y arrepentirse, sin desanimarse y sin dejar de cumplir con la misión de anunciar el Evangelio y reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio, que sufre precisamente aquí, en Roma, no muy lejos del lugar en el que nos encontramos».
Las llaves que abren, no derriban
El Pontífice desarrolló el simbolismo de las llaves como imagen de la misión petrina. «Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas», explicó, y añadió que «la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás».
Desde esta perspectiva, León XIV interpretó la misión confiada a Pedro y a sus sucesores como un servicio al Pueblo de Dios: «escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos» para que cooperen «en la salvación unos de otros y de toda la humanidad».
Pablo, transformado por la Palabra
La segunda parte de la homilía se centró en el apóstol Pablo, «incansable anunciador de la Buena Nueva», cuyos símbolos, el libro y la espada, remiten al poder transformador de la Palabra de Dios, «viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Hb 4,12).
El Papa evocó la conversión de Saulo y citó a san Agustín: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros». «El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor», resumió León XIV.
El palio, signo de compromiso pastoral
Al introducir el rito de imposición de los palios, el Papa explicó que «esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor, pero también el de todo cristiano, de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados», y de «sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos».
Una tradición recuperada
La ceremonia de hoy supone la materialización de una de las restauraciones litúrgicas emprendidas por León XIV. En enero de 2015, Francisco determinó que ya no impondría personalmente el palio a los nuevos arzobispos en Roma el 29 de junio; en su lugar, el Papa se limitaría a bendecir los ornamentos en la Basílica de San Pedro y la imposición física la realizarían los nuncios apostólicos en las diócesis de origen de cada arzobispo. León XIV revirtió esa decisión, y con la misa de hoy ha quedado restablecida la práctica tradicional por la que el propio Romano Pontífice impone el palio a los metropolitanos en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo.
Saludo ecuménico
León XIV dirigió también un saludo a la delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por el Patriarca Bartolomé y encabezada por el metropolitano Emmanuel de Calcedonia. Concluyó pidiendo la intercesión de Pedro y Pablo «para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador», el camino «por el que oró al Padre en la Última Cena» (cf. Jn 17,21-23).







