León XIV cierra el Consistorio extraordinario con un llamamiento a la paz y el anuncio de un encuentro sobre «Amoris laetitia» en octubre
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Redescubre el Consistorio como instrumento de gobierno sinodal

León XIV cierra el Consistorio extraordinario con un llamamiento a la paz y el anuncio de un encuentro sobre «Amoris laetitia» en octubre

El Papa describe el Consistorio como «una experiencia de comunión al servicio de la misión» y confirma su carácter anual. Dos jornadas marcadas por la reflexión sobre la cultura del poder, la guerra y la sinodalidad.

(InfoCatólica) El Papa ha clausurado dos jornadas de trabajo con los cardenales centradas en la encíclica Magnifica humanitas, la cultura del poder, la construcción del bien común y la implementación del Sínodo. En su intervención final, ha descrito la experiencia como «una experiencia de comunión al servicio de la misión» y ha confirmado que el Consistorio tendrá carácter anual.

Las heridas del mundo, punto de partida

El Consistorio extraordinario convocado por León XIV se celebró en el Vaticano los días 26 y 27 de junio de 2026, con cuatro sesiones de trabajo articuladas en torno a la encíclica Magnifica humanitas. Participaron cardenales de todo el mundo bajo un formato sinodal de grupos de trabajo y plenarios.

La primera sesión, celebrada el viernes por la mañana en el Aula Pablo VI, arrancó con la pregunta «¿En qué mundo estamos llamados a anunciar el Evangelio?». El cardenal Grzegorz Ryś, arzobispo metropolitano de Cracovia, ofreció una meditación bíblica construida sobre la parábola del buen samaritano. El purpurado polaco señaló que «ser víctima de la violencia es la descripción de casi todos nosotros hoy en día», en un mundo marcado por 32 conflictos armados activos. Pero la violencia no se limita a las guerras: afecta también al «micromundo» cotidiano, donde «los niños y los jóvenes son cada vez más a menudo víctimas de la violencia por parte de sus compañeros en el colegio», una agresividad que comienza con el lenguaje y puede llegar «al homicidio y al suicidio».

Ryś desgranó las condiciones del hombre herido de la parábola como diagnóstico del presente: es «despojado» de su dignidad (por la esclavitud, la pornografía, las adicciones, las tecnologías), «golpeado» (con traumas físicos, psicológicos y espirituales, algunos «profundamente ocultos»), «abandonado» (víctima de la indiferencia en una sociedad que dispone de «medios de comunicación sofisticados» pero sufre «un tsunami de soledad») y «medio muerto», al margen de la vida plena. El otro rostro del hombre moderno es, sin embargo, el propio samaritano, el extranjero del que Cristo invita a aprender: «Estamos llamados a construir un hospital moderno para el hombre maltratado, a conocer todas sus heridas, pero también a acudir a su escuela y aprender humildemente de él».

La cultura del poder y la guerra

La segunda sesión, celebrada el viernes por la tarde y moderada por el cardenal Siongco David, abordó «La cultura del poder y la civilización del amor». El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, presentó el informe introductorio a partir del capítulo V de Magnifica humanitas.

Fernández centró su intervención en la necesidad de superar la teoría de la guerra justa, que, según denunció, ha sido manipulada para «fundamentar teóricamente las guerras más injustas» en lugar de detenerlas. El prefecto calificó las intervenciones militares en Gaza y el sur del Líbano como «enormemente desproporcionadas», citando «la enorme cantidad de niños muertos (en una proporción mucho mayor que en otros países en guerra) y la cantidad de hogares bombardeados», lo que permite «hablar de destrucción total». También se refirió a la situación en Ucrania y a las guerras preventivas que «invocan unilateralmente posibles, pero no probadas, acciones preparatorias para la agresión externa».

Fernández señaló tres dinámicas que los obispos no pueden aceptar: la descalificación constante del adversario, que allana el camino a nuevos conflictos; la presentación de la paz y el diálogo como posturas utópicas; y la incoherencia como estrategia, por la cual se condena a un país «como antidemocrático» mientras se ignoran las violaciones de derechos de los aliados. En referencia a la Unión Europea, observó que aplica sanciones económicas a un país y envía ayuda en forma de dinero y armas a otro. Frente a este panorama, subrayó que la doctrina social de la Iglesia posee «una integridad, armonía y coherencia que no se encuentran en la política, las propuestas ideológicas ni otros sectores de la sociedad».

Los grupos de trabajo coincidieron en la necesidad de superar la lógica de la «guerra justa» para hablar del derecho a una defensa proporcionada, y subrayaron el papel central de la fe en Cristo y del Evangelio como fuente de paz. Varios grupos mencionaron la labor de la diplomacia de la Santa Sede y de los nuncios, y se habló del munus petrino como garantía de la independencia de la Iglesia respecto a la autoridad política.

El terremoto de Venezuela

Al inicio de la segunda sesión, el cardenal David recordó la situación de Venezuela tras el terremoto ocurrido en esas horas. León XIV retomó esta preocupación al abrir su discurso de clausura: «Aseguramos nuestra oración por las víctimas, por sus familias y por todos aquellos que sufren las consecuencias de esta tragedia. Encomendamos al Señor también a quienes están participando en las labores de rescate y pedimos que no disminuya la solidaridad de la comunidad internacional con esa querida nación».

Construir el bien común en la era de la inteligencia artificial

La tercera sesión, celebrada el sábado por la mañana y moderada por el cardenal Protase Rugambwa, llevó por título «Construir en el bien: las obras de nuestro tiempo». El cardenal Stephen Brislin, arzobispo metropolitano de Johannesburgo, presentó el informe introductorio a partir de la introducción y la conclusión de Magnifica humanitas.

Brislin articuló su reflexión en torno a la diferencia entre «construir Babel o Jerusalén». En el primer caso, la inteligencia humana es «un acto de autosuficiencia» y la unidad buscada sin Dios conduce a la desintegración. En el segundo, la capacidad humana se pone «al servicio de Dios» para que florezca la dignidad de cada persona. El purpurado sudafricano propuso una «gramática de la construcción» articulada en cuatro elementos: el deseo humano de felicidad (que la tecnología reduce al «rendimiento o al control»), el sentido del límite (que ayuda a salir «de la ilusión de la autosuficiencia»), la corresponsabilidad valiente y los criterios de discernimiento de la doctrina social de la Iglesia. Esta gramática encuentra su plenitud, señaló, en las virtudes teologales: la fe, la caridad y la esperanza.

Los grupos de trabajo centraron la discusión en las fracturas del presente (entre pueblos, dentro de las sociedades y de las familias) y en el reto de la inteligencia artificial como cuestión antropológica, no meramente técnica. Se habló de la necesidad de defender la dignidad del trabajo, de aceptar «el sentido humano del límite, que la IA tiende a negar», y de dar nombres a los seres vivos en lugar de reducirlos «a números y estadísticas». Muchos grupos señalaron que el bien común es «difícil de asimilar y comprender» en una sociedad marcada por un individualismo exacerbado, y que el antídoto reside en el Evangelio y en una Iglesia que transmita sentido de pertenencia y haga visible «su rostro samaritano».

La Virgen María, Madre de la Iglesia

El sábado a las 7:30, antes de la tercera sesión, el cardenal Giovanni Battista Re, decano del Colegio Cardenalicio, presidió la Santa Misa en la Basílica de San Pedro. En su homilía, dedicada a la Virgen María, Re reflexionó sobre el pasaje del Calvario en el Evangelio de Juan: «Cristo confía a la Virgen María una maternidad espiritual universal que se extiende desde el apóstol Juan a todos los cristianos a lo largo de los siglos». El decano pidió la intercesión de María para «afrontar con sabiduría los grandes retos de nuestro tiempo, caracterizado por la cultura del poder y de la fuerza», y para «construir la civilización de la fraternidad, del amor y de la paz».

La implementación del Sínodo

La cuarta y última sesión, celebrada el sábado por la tarde en el Aula Nueva del Sínodo y moderada por el cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de Newark, se dedicó a la implementación del Sínodo sobre la sinodalidad. El cardenal Mario Grech, secretario general de la Secretaría General del Sínodo, pronunció el informe introductorio.

Grech exhortó a no considerar la fase actual como «la simple aplicación de decisiones ya tomadas», sino como un proceso de acogida e integración de las reflexiones surgidas en la vida de las comunidades. Presentó una hoja de ruta articulada en cuatro verbos («recordar, interpretar, orientar, celebrar») que culminará en la Asamblea Eclesial prevista para octubre de 2028. El purpurado maltés estableció un vínculo directo entre el Consistorio y el Sínodo: la reunión de los cardenales no se produce «fuera de una espiritualidad eclesial madura y ampliamente sinodal», sino que ambos son «dimensiones operativas de la misma comunión».

En el debate posterior, los cardenales abordaron el riesgo de que «la complejidad de la consulta pueda sobrecargar a la Iglesia en un momento en el que está llamada a dar su testimonio». Se pidió ofrecer al clero una imagen del sacerdocio «bella, creativa, evangélica y, al mismo tiempo, no clerical», y se valoró la aportación de las comunidades católicas de rito oriental, cuya experiencia sinodal fue calificada como «una contribución significativa».

El discurso de cierre del Papa

León XIV cerró el Consistorio con una intervención en la que repasó los temas de las cuatro sesiones y añadió varios anuncios y orientaciones concretas.

Sobre la paz, hizo suyo el llamamiento unánime surgido de los trabajos: «Dios desidera la paz para cada nación y para cada pueblo. Por eso no debemos resignarnos a la violencia. La violencia no tendrá la última palabra. Dios continúa abriendo en la historia caminos de reconciliación y de paz. Tenemos la responsabilidad de recorrerlos con valentía y de ayudar al mundo a reconocerlos». El Papa señaló que la guerra «no es solamente un conflicto entre los Estados», sino que «nace mucho antes, de una cultura de la potencia que atraviesa nuestro modo de pensar, de vivir las relaciones, de ejercer el poder, de usar la economía, la tecnología e incluso la religión». Defendió la respuesta no violenta como «una forma profundamente evangélica de habitar la historia», que «no consiste en la renuncia al conflicto ni en una actitud pasiva, sino en elegir afrontarlo sin reproducir su lógica».

Sobre la sinodalidad, insistió en que «la verdadera pregunta no es quién tiene el poder de decidir, sino cómo custodiamos juntos el don que el Señor ha confiado a su Iglesia». Describió el Consistorio como «una experiencia de comunión al servicio de la misión» y añadió: «Creo que, poco a poco, estamos redescubriendo el significado más auténtico del Consistorio: el reunirse del Colegio de Cardenales en torno al Sucesor de Pedro para que, en la escucha recíproca y en el discernimiento común, el Espíritu Santo ayude al Papa a guiar la Iglesia. No un parlamento, no un congreso en el que prevalecen opiniones o intereses».

El Papa dedicó un pasaje a los jóvenes, cuyo sufrimiento, que «a veces conduce hasta la desesperación extrema de quitarse la propia vida», representa «una de las heridas más profundas de nuestro tiempo». Pero reconoció también en ellos la acción del Espíritu Santo, en su «búsqueda de autenticidad, de relaciones verdaderas y de sentido».

León XIV anunció un encuentro para octubre de 2026 con los responsables de las Iglesias orientales y los presidentes de las conferencias episcopales para evaluar la recepción de Amoris laetitia, en el que participarán también familias. Confirmó asimismo su intención de que el Consistorio extraordinario tenga carácter anual, aunque no fijó fecha para el próximo, que comunicará hacia finales de año.

El Papa concluyó encomendando los frutos del Consistorio a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia: «Que nos enseñe a custodiar la unidad en la diversidad y a servir el Evangelio de la paz con humildad, valentía y esperanza».

1 comentario

Alvar
La paz es hija de la justicia, desear la paz sin trabajar en favor de la justicia es un deseo utópico que nunca sucederá.
Lo de el cardenal Fernández, de verdad, es de traca ¿En serio se pueden criticar situaciones sin estudiar sus causas? ¿Dónde está el mal, en las situaciones o en sus causas? ¿Acaso no saben en la Iglesia (los sucesores de los apóstoles nafa menis) que en el mundo siempre habrá gente malvada, malévola, incorregible? No se puede fiar la paz del mundo a la buena voluntad de todos, porque la buena voluntad de todos no existe en este mundo, siempre habrá lucha entre el bien y el mal. Hay que ser realista señor Fernández, no basta con desear cosas bonitas.
Luego decir, como opinión, que no entiendo cómo primero no se limpia la Iglesia de herejes (especialmente los modernistas), y de apologetas del pecado (Cupich etc ) antes de sentarse a trabajar. ¿Qué fruto puede salir de hombres torcidos? ¿Tan ingenuo es Prevost o está limitado en sus poderes? ¿O le gusta sintetizar el pensamiento de hombres fieles con el de mundanos y enemigos?
No se entiende nada, seguimos con la de cal y la de arena, un pasito palante y dos patrás.
28/06/26 12:18 PM

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