(InfoCatólica) León XIV, primer Papa en pisar suelo canario, ha convertido su jornada en Gran Canaria en un alegato por la dignidad de los migrantes y, al mismo tiempo, en una defensa del derecho a no tener que emigrar. Desde el puerto de Arguineguín, donde llegan las pateras con «vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad», el Pontífice ha denunciado que Europa «no puede acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas», y ha reclamado un examen de conciencia que alcance también a los países de origen, llamados a crear «condiciones de paz, justicia y desarrollo» para que nadie se vea forzado a arriesgar la vida en el mar.
El Santo Padre llegó a la base aérea de Gran Canaria-Gando poco antes de las 11:00 de la mañana, procedente de Barcelona, donde la víspera había clausurado la segunda etapa de su viaje apostólico a España con la inauguración de la torre de Jesucristo en la Basílica de la Sagrada Familia. Con la visita al archipiélago atlántico, que incluirá mañana una escala en Santa Cruz de Tenerife, arranca la tercera y última etapa de su cuarto viaje apostólico internacional.
«Cementerio sin lápidas»: el Papa ante el muelle de la vergüenza
Acompañado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, León XIV se trasladó al puerto de Arguineguín, a unos 47 kilómetros de Gando, conocido como el «muelle de la vergüenza» desde que en 2020, tras el estallido de la pandemia, llegaron allí cerca de 3.000 migrantes en una sola semana sin que las autoridades pudieran atenderlos. Antes de dirigirse a los presentes, el Papa visitó el camarín de la Virgen del Carmen, bendijo una cruz construida con madera de una embarcación de migrantes y depositó una corona de flores en memoria de quienes perdieron la vida en el mar.
El Pontífice escuchó los testimonios de un socorrista de Salvamento Marítimo, una voluntaria de Cáritas, una víctima de la trata de seres humanos, Blessing, que intervino sin mostrar su rostro, y una empresaria latinoamericana. Después tomó la palabra para pronunciar un discurso en el que el drama migratorio quedó enmarcado en la tradición bíblica: «En el lenguaje bíblico, el mar puede ser imagen de amenaza, oscuridad y caos. Allí aparecen el Leviatán, figura de la fuerza que devora, y Rahab, nombre que evoca la soberbia de los poderes que se levantan contra Dios y contra la vida». Esos monstruos bíblicos, advirtió, tienen hoy equivalentes concretos: «mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido».
Mostrando su anillo del Pescador, León XIV subrayó que el mandato de ser «pescador de hombres» (Lc 5,10) «adquiere una fuerza literal y dolorosa» en Gran Canaria y en El Hierro, isla que mencionó expresamente como «pequeña en extensión, pero grande en humanidad». «El Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles», afirmó.
Examen de conciencia para todos: también el derecho a no emigrar
Lejos de limitarse a la denuncia, el Papa reclamó una respuesta coordinada que interpele a todos los actores implicados. «Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante».
León XIV enumeró las exigencias concretas que plantea la dignidad humana: «vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra». Y junto al derecho a buscar refugio, reivindicó con igual fuerza «el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños».
«Tu vida pertenece a Dios»: mensaje a las víctimas de la trata
Uno de los momentos más intensos del discurso fue el mensaje dirigido a Blessing y, a través de ella, a todas las mujeres víctimas de la trata y la explotación. «Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija y hermana, eres bendición», proclamó el Papa, que recordó que «cada vida humana es una bendición de Dios» y que «nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla».
El Pontífice se dirigió también directamente a los migrantes para advertirles contra las redes de traficantes: «No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son "cantos de sirenas", son industrias de muerte».
Fe y coherencia: «No podemos pasar de largo ante las pateras»
El Papa interpeló también a la propia Iglesia con un llamamiento a la coherencia entre liturgia y caridad: «Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego "pasar de largo" ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio». La acogida del migrante, insistió, «no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios».
Agradeció la labor de Cáritas y de todos los voluntarios que participan en los rescates y la acogida, y subrayó que la misericordia «comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche; otras, con cinco panes y dos peces». Cerró este bloque con una advertencia dirigida a autoridades civiles, parlamentos y organizaciones internacionales: «No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?».
En la catedral de Santa Ana: cruz y Eucaristía como «pautas de navegación»
Por la tarde, León XIV se trasladó a la catedral de Santa Ana para encontrarse con obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas y agentes de pastoral de la diócesis. A su llegada recibió la Llave de Oro de la Ciudad de manos de la alcaldesa, Carolina Darias, y fue recibido por el obispo de Canarias, monseñor José Mazuelos Pérez, quien presentó la realidad pastoral de una diócesis marcada por el turismo, la precariedad laboral y el drama migratorio.
«Vengo a estas islas como Padre y hermano en la fe: "con ustedes soy cristiano y para ustedes, Obispo"», dijo el Papa citando sus primeras palabras tras la elección. A continuación propuso dos «pautas de navegación» para la vida cristiana. La primera, «abrazar la cruz de Cristo», la ilustró con la cita de san Agustín sobre la cruz como leño para atravesar el mar del mundo, y con el ejemplo del venerable Antonio Vicente González, sacerdote diocesano conocido como «el buen pastor canario». «Ustedes lo hacen cotidianamente, como cireneos, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida», agradeció.
La segunda actitud, «cultivar una espiritualidad eucarística», la vinculó a la tradición de la catedral de la lluvia de pétalos de flores ante el Santísimo Sacramento el día de la Ascensión. «Cultivar una espiritualidad eucarística es ahondar en una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor», afirmó, recordando que «la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega». Animó a los fieles a que ese amor «se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles».
El Papa concluyó exhortando a la «querida Iglesia que peregrina en Canarias» a «seguir navegando con valentía en este nuevo tiempo de la historia», confiando en «la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios».






