(AdVaticanum/InfoCatólica) El canto gregoriano es «esencialmente y simplemente oración» y debe recuperar el lugar principal que el Concilio Vaticano II le reservó en la liturgia romana. Así lo sostiene el arzobispo Guido Pozzo, superintendente de la Economía del Coro de la Capilla Sixtina Pontificia, en una entrevista concedida al medio AdVaticanum en la que aborda la relación entre las dos formas del rito romano, defiende el latín litúrgico como garantía de la dimensión sacral del culto y revela que León XIV se muestra «particularmente sensible» al papel de la música sacra en la evangelización.
Mons. Pozzo fue secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei (2009-2019), interlocutor directo del Vaticano en las conversaciones doctrinales con los lefebvrianos, las que se desarrollaron a partir de 2009 tras el levantamiento de las excomuniones por Benedicto XVI. Pozzo condujo la fase de «coloquios doctrinales» entre Roma y la FSSPX (2009-2011) y siguió gestionando la relación en los años posteriores, cuando las conversaciones se estancaron sin acuerdo sobre puntos como la libertad religiosa, el ecumenismo y la colegialidad.
Un coro al servicio de la evangelización
Pozzo, arzobispo titular de Bagnoregio y veterano de la Curia romana con décadas de servicio en la antigua Congregación para la Doctrina de la Fe, explica que la Capilla Musical Pontificia «custodia desde hace siglos la tradición musical de la Iglesia» y tiene su origen en la antigua Schola Cantorum romana. Tras el motu proprio de 2019 del papa Francisco, forma parte de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, y su misión es «cuidar todo lo relativo a la ejecución musical en las celebraciones litúrgicas presididas por el Romano Pontífice».
El prelado italiano señala que León XIV, «en continuidad con sus predecesores», reconoce y aprecia el papel de la música sacra al servicio de la evangelización. El Coro de la Capilla Sixtina, añade, realiza además una actividad concertística periódica en Italia y en el extranjero, «llevando el mensaje cristiano a través del canto sacro, gregoriano y de la polifonía clásica, también a pueblos y culturas lejanas de la tradición cristiana».
«Cantemos con el Papa»
Mons. Pozzo valora la iniciativa Cantiamo con il Papa (Cantemos con el Papa), promovida en mayo de 2025 por el Pontificio Instituto de Música Sacra, que enseña a los fieles cantos gregorianos sencillos a través de tutoriales en redes sociales. El proyecto busca involucrar a la comunidad cristiana en el canto de las partes de la misa celebradas en latín, como el Gloria, el Pater Noster y el Agnus Dei. El arzobispo la califica como «más que loable y ciertamente digna de estímulo», porque «se propone hacer accesible el patrimonio del canto gregoriano y favorecer la participación activa de los fieles en las celebraciones litúrgicas».
El gregoriano, «canto propio de la liturgia romana»
Preguntado por el papel que deben desempeñar el canto gregoriano y la música sacra en la liturgia, Pozzo es categórico: «El canto gregoriano es el canto propio de la liturgia romana, al que debe reservarse el puesto principal, como enseña la Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II (n. 116)». Su cualidad litúrgica, explica, consiste «ante todo en ser esencialmente y simplemente oración», un canto «hecho únicamente para Dios, que expresa el culto de fe y adoración que la Iglesia eleva a Dios».
Junto al gregoriano, el arzobispo sitúa la polifonía sacra, «con su inmenso patrimonio de arte y belleza, que debe ser redescubierto y restituido al debido honor, para que la liturgia de la Iglesia vuelva a ser el lugar donde se experimenta el fruto más maduro del servicio al culto de Dios».
Una misa en latín por diócesis
Pozzo no descarta la posibilidad de insertar «en algunas partes fijas de la misa del Novus Ordo celebrada en lenguas vernáculas, palabras y textos en latín», aunque sin convertirlo en obligación jurídica. Sin embargo, lo que considera «aún más importante» es que «en cada diócesis esté prevista, en la catedral, al menos una celebración de la santa misa en latín en el Novus Ordo, animada por el canto gregoriano, especialmente en los domingos y en las solemnidades litúrgicas». Esto, afirma, «favorecería el enriquecimiento en los fieles de la percepción del carácter universal de la liturgia romana».
Para defender el latín litúrgico, el arzobispo hace suyas las palabras del padre Luigi Taparelli (1835): «Una Iglesia que abraza a todos los pueblos necesita una lengua universal, pero no tiene motivo para adoptar la lengua de este o aquel pueblo (…) Quien conspira para privarla de ella hace guerra a su unidad». Y frente a la objeción de que el latín es una lengua «muerta», responde: «Una lengua que ya no se habla no significa una lengua muerta. Una lengua muerta es una que ha desaparecido de la cultura y la memoria de un pueblo». El latín, sostiene, «ofrece la precisión teológica de la formulación verbal y la solemnidad de la palabra rezada», y sus frutos pastorales consisten en «la consciente recuperación progresiva de la dimensión vertical, cultual, de la liturgia».
Novus Ordo y Vetus Ordo: ni opuestos ni irreconciliables
La parte más extensa de la entrevista aborda la relación entre las dos formas del rito romano. Pozzo pide «despejar un gran equívoco: el de considerar opuestas o irreconciliables las dos formas litúrgicas del Rito Romano». Prefiere no denominarlas «forma ordinaria» y «forma extraordinaria», sino simplemente Novus Ordo (el rito romano reformado por san Pablo VI) y Vetus Ordo (el rito romano antiguo, según los libros litúrgicos de 1962). «Es necesario salir de las jaulas ideológicas que contraponen las dos formas del Rito Romano», afirma.
El arzobispo reconoce que el Novus Ordo «es la forma común, universal y habitual de la liturgia católica», mientras que el rito antiguo «es particular y especial», con una normativa concreta que «corresponde a la autoridad eclesiástica establecer». Pero insiste en que «la reforma litúrgica del Vaticano II no debe comprenderse como ruptura con la liturgia tradicional, sino que debe leerse como renovación en la continuidad sustancial».
«El colapso de la liturgia»
Pozzo recurre a las palabras del cardenal Joseph Ratzinger (después Benedicto XVI) para ilustrar la gravedad de la crisis litúrgica: «Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que hoy nos encontramos depende en gran parte del colapso de la liturgia». Y añade la reflexión de Ratzinger sobre si las etapas de la reforma litúrgica «fueron verdaderas mejoras o más bien banalizaciones, hasta qué punto fueron pastoralmente sabias o, al contrario, insensatas».
«La cuestión crucial no es la renovación querida por el Concilio, sino la recepción y la forma de puesta en práctica concreta de esa renovación», resume el arzobispo. Y señala que la celebración de la misa en el rito antiguo «ayuda ciertamente a recuperar y evidenciar de manera más pregnante ciertos aspectos, ciertas verdades doctrinales que corren el riesgo de quedar oscurecidas por un cierto modo erróneo o banalizado de celebrar el rito reformado».
Desequilibrios en la praxis litúrgica
Entre los desequilibrios que observa en la praxis postconciliar, Pozzo enumera varios: el aspecto convivial de la Eucaristía acentuado «a expensas de la naturaleza esencialmente sacrificial», olvidando que «sin el sacrificio no hay comunión»; la participación asamblearia y social subrayada «a veces a expensas del elemento trascendente y cristocéntrico»; el sacerdocio común de todos los fieles enfatizado «a expensas del papel insustituible del sacerdocio ministerial». Y aclara: «En los textos, en los libros litúrgicos del Novus Ordo no existe este desequilibrio; se encuentra sobre todo en el modo de formar la mente del pueblo cristiano, y también de los sacerdotes».
Sobre el concepto de actuosa participatio (participación activa), advierte que «no es reducible a una actividad exterior, discursos, palabras, comentarios, a una especie de "hágalo usted mismo"», sino que «incluye también el silencio, que expresa una participación real, profunda y personal, porque la liturgia no pide creatividad arbitraria y cautivadora, sino que exige repeticiones solemnes».
León XIV y la unidad litúrgica
Pozzo cita dos referencias concretas de León XIV. En primer lugar, una carta reciente a los obispos franceses en la que el Papa «exhortó a los prelados a favorecer la reconciliación y la unidad de la Iglesia, evitando marginalizar y no incluir a los fieles que muestran una sensibilidad y apego particular por la forma litúrgica del rito romano antiguo», siempre que «acepten las orientaciones del Concilio Vaticano II en materia litúrgica y, obviamente, no se opongan o contesten el Novus Ordo».
En segundo lugar, el arzobispo recuerda unas declaraciones del Papa a la periodista Elise Ann Allen en las que «subrayó que la cuestión profunda no consiste en la lengua de la celebración ni en la distinción entre rito romano antiguo y misal renovado, sino en la capacidad de la liturgia de suscitar en el alma el estupor ante el Dios vivo».
Pozzo concluye haciendo suya esta perspectiva: «El punto crucial hoy es que la liturgia debe volver a ser un renovado aliento a creer, a vivir una vida a partir del centro y del dinamismo de la fe, a redescubrir a Dios redescubriendo a Cristo, y por tanto a redescubrir la centralidad de la fe cristiana, celebrada en el misterio litúrgico».






