La tristeza es un dolor interior que brota en el alma cuando se percibe una ausencia, es decir: cuando se percibe la falta o la pérdida de algo considerado un bien. Parece entonces que la tristeza en esta vida es, de suyo, una desgracia pero, paradójicamente, no siempre es así: la tristeza, en muchos casos, puede conducirnos a la verdadera felicidad. Y así lo enseña, por ejemplo el salmo 126 cuando dice: «los que siembran entre lágrimas, cosecharán cantando». O Nuestro Señor Jesucristo en Juan 16, 20: «en verdad, en verdad, os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque su hora ha llegado, pero cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo». San Pablo también refiere esto en 2 Corintios 4,17: «nuestra tribulación momentánea y ligera va labrándonos un eterno peso de gloria cada vez más inmensa».
Incluso desde una visión existencialista completamente opuesta a la fe, Nietzsche, un autor profano y anticristiano (cuya lectura definitivamente no pretendemos recomendar), llegó a decir esta gran verdad: «lo que no te mata te fortalece». Y es que la tristeza, la tristeza bien vivida y bien padecida, motiva el ejercicio del alma en las virtudes: la fortalece, la hace, entre otras cosas, más paciente. Porque el alma así aprende a padecer, y aprende a darle un sentido al padecer, y aprende a bien sufrir, sabiamente: el sufrimiento es comprendido como camino para alcanzar la sabiduría.
San Agustín también nos da luces acerca de la tristeza como causa de bien. Dice él: «Dios demora el cumplimiento de lo que pedimos para que aumente en nosotros el deseo, y el deseo dilatado dilata también el alma, y el alma dilatada se hace más capaz de recibir a Dios». En otras palabras, la tristeza por la espera del bien deseado no es algo malo en sí, sino una preparación, una maduración del alma. Al igual que un recipiente se estira para poder contener más líquido, así el corazón humano se ensancha mediante el deseo, aunque de momento eso le produzca tristeza. Por eso, aunque parezca un juego de palabras, la triste espera aumenta el deseo de recibir el bien, y ensancha así el corazón para recibirlo aún mejor.
Santo Tomás de Aquino señala también que el llanto presente, sea el llanto por nuestros pecados o el llanto por el anhelo profundo de alcanzar el Cielo, es, por sí mismo, un llanto cargado de mérito, una tristeza buena. ¡Y, por eso, también ese triste llanto es causa de felicidad! Es un llanto que nos motiva, además, a abrazar, como algo verdaderamente bueno, las fatigas y dificultades de las obras buenas que debamos realizar en esta vida.
En el fondo de todo esto, estamos reflexionando acerca de la realidad del amor, según como se da en esta vida: el amor, en esta vida, el amor y no otra cosa, es la verdadera causa de la tristeza en el alma, y es la verdadera causa del más profundo dolor. ¡Por eso el que no ama es incapaz de entristecerse! Es lo que, en su obra «La sociedad paliativa», denuncia el agudo filósofo contemporáneo Byung-Chul Han. Dice él: «la dicha profunda contiene un factor de sufrimiento. Quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda. (…) Los vínculos entablados resultan ser verdaderos cuando duelen las separaciones. (…) El dolor sólo puede aparecer donde hay un auténtico vínculo de pertenencia que está amenazado. Así que sin dolor somos ciegos, incapaces de ver la verdad y de conocer: allí donde estas separaciones duelen, las ligazones eran verdaderas y se habían hecho carne. Y allí donde un ser humano puede sufrir dolores, allí está realmente presente, allí --sabiendo o sin saberlo-- también ha amado. No hemos vivido ni amado sin dolor. Sólo una relación viva, una verdadera convivencia, es capaz de resentirse de dolor. Por el contrario, un juntamiento inerte y funcional no siente ningún dolor, ni siquiera cuando se rompe. El dolor es vínculo. Quien rechaza toda situación dolorosa es incapaz de entablar vínculos. Hoy se evitan los vínculos intensos, que podrían llegar a ser dolorosos. Todo se desarrolla en una zona paliativa de confort».
Por eso, en esta vida, el verdadero amor se hace más «palpable», se «padece» más, digamos, cuando el bien deseado está ausente. Es decir: cuando «el amado» está ausente. En esta vida, el verdadero amor nunca alcanzará a saciarse plenamente, a saciar su deseo más profundo. En esta vida, el verdadero amor estará siempre marcado por una aridez, por una indigencia y, por lo tanto, el verdadero amor estará siempre estigmatizado por el inevitable dolor.
Bajo otro aspecto, que no profundizaremos en esta reflexión pero que al menos viene al caso mencionarlo (aspecto que seguramente ya hemos alcanzado a intuir), el amor como dolor queda sobre todo patente en la inigualable y máxima expresión de amor que jamás podrá volver a haber sobre la Tierra, y que es la muerte del Hijo de Dios por nosotros, en su sangrienta crucifixión. Y así nos invita Jesús a nosotros a corresponder a su amor: nosotros somos invitados también a cargar con nuestra cruz y a imitar a Jesús en su amor, en un amor dispuesto a padecer y a morir por la gloria de Dios y por el bien de los hombres.
Por eso el amor es dolor. Esto es evidente, también, cuando hablamos del verdadero amor con que nosotros podamos corresponder al amor de Dios. Porque en esta vida nunca podremos poseerlo a Dios plenamente. No queda más que rendir humildemente nuestra inteligencia y nuestro corazón a esta verdad: que en esta vida nos encontramos como en un «valle de lágrimas», sobre todo porque aquí no podemos alcanzar plenamente el objeto último de nuestro amor. Por eso el escritor cristiano C. S. Lewis argumentaba que los placeres terrenales, aunque buenos, siempre nos dejan con una sensación de «poco», de «no era esto lo que buscaba»; siempre habrá en las alegrías terrenales una nostalgia de Dios: las alegrías terrenales no son, entonces, el objeto final de nuestro deseo, sino simples recordatorios o «ecos» de una alegría más grande, y más profunda. En su obra «Cautivados por la alegría», Lewis llega a decir: «(la alegría) es un deseo insatisfecho que es en sí mismo más deseable que cualquier otra satisfacción… una punzada, un recordatorio de que estamos hechos para algo más». Santa Teresita del niños Jesús, poco antes de morir, también dijo: «No me arrepiento de haberle dado todo a Dios. Lo único que me pesa es de no haberlo amado aún más». Y es que, cualquier respuesta humana al amor de Dios, aunque sea una respuesta sumamente heroica, siempre se quedará en poco, porque siempre se podrá amar más a Dios, amarlo más de lo que actualmente lo amamos, y esto también produce en nosotros una tristeza, una buena, una nostalgia de aspirar a corresponder más a su amor. También se cuenta que Santo Tomás de Aquino, luego de una profunda experiencia mística, dijo: «todo lo que he escrito me parece pura paja comparado con lo que he visto y se me ha revelado». Le pareció a él que todo su esfuerzo había sido seco, insuficiente y sin vida comparado con la visión de Dios. Por esta profunda nostalgia que le produjera contemplar la infinita distancia entre su limitada obra y la inmensidad de Dios, Santo Tomás en adelante dejaría de escribir, y dejaría así inconclusa su obra más importante: la Suma Teológica.
Santa Teresita señalaba, por otro lado, aquello de que somos como una pelotita en manos del divino niño. Y pareciera que la relación de amor con nuestro Dios fuera realmente como un juego. Y lo es, aunque en cierto sentido. Pero es un juego importantísimo, es «el» juego: uno que implica un crecimiento, un desarrollo del alma en la santidad, y uno que implica el premio eterno del Cielo. Es el juego en el que, a medida que vamos elevándonos y progresando, nos vamos también empequeñeciendo cada vez más y más: nos vamos haciendo más y más como niños. No como aquellos niños caprichosos que patalean, sino como niños que se admiran en todo momento de la belleza de las cosas, que las ven siempre como una novedad, que contemplan y saborean la obra de Dios en todo, que se abrazan y acurrucan en Dios cuando temen o están tristes, que se agarran apretadamente de la mano de Dios para cruzar aquellas oscuras quebradas, como señala el salmo 22. Nos vamos volviendo cada vez más simples, simples como Dios es simple. Contrario a lo que pasa con el desarrollo en la vida humana, desarrollo en el que los jóvenes al madurar se emancipan de sus padres, el verdadero crecimiento espiritual no nos independiza jamás de Dios: el verdadero crecimiento espiritual nos obliga a reconocernos cada vez más y más necesitados de Dios. Por eso, al crecer en la fidelidad a la gracia nos veremos cada vez más y más llenos de miserias. Al practicar mejor las virtudes por amor a Dios comprenderemos con mayor profundidad la gravedad de cualquier pecado. También percibiremos mejor la extensísima distancia a la que estamos de Dios, no porque hayamos caído en desgracia sino porque nuestra alma, cada vez más ensanchada por el amor de Dios, padecerá como un vértigo ante la comprensión de la inmensidad divina opuesta a nuestra poca (¡siempre poca!) correspondencia de amor. En definitiva, todo esto debe llevarnos a la práctica de una profunda humildad, es decir: el reconocer que todo lo que somos y hacemos es por Dios, y reconocer también que aún nos falta amar mucho más a Dios, porque siempre podremos aspirar a amarlo mucho más, porque no existe límite para ello.
La vida espiritual es también como un juego de escondidas con Dios: cuanto mayor tristeza haya en el alma, más se buscará huir de la tristeza, y cuanto más padezcamos la ausencia del amado, más lo buscaremos. Esto lo leemos en varios pasajes de la Escritura, como por ejemplo en los suspiros de amor de la esposa en el Cantar de los cantares, en el capítulo 3: «en mi lecho, de noche, busqué al que ama mi alma; le busqué y no le hallé. Me levantaré y andaré por la ciudad, por las calles y las plazas; buscaré al que ama mi alma. Le busqué y no le hallé. Me encontraron los guardias que hacen la ronda por la ciudad. ¿Habéis visto al que ama mi alma? Apenas me había apartado de ellos, encontré al que ama mi alma. Lo sujeté y no lo soltaré». Y también en el capítulo 5: «abrí (la puerta) a mi amado, pero mi amado, volviéndose, había desaparecido. Mi alma desfalleció al oír su voz. Lo busqué y no lo hallé; lo llamé, pero no me respondió (…). Os conjuro, oh, hijas de Jerusalén, si halláis a mi amado, decidle que yo desfallezco de amor». Similar al caso de María Magdalena narrado en los evangelios (Juan 20, 11-18): María Magdalena busca angustiosamente al Señor en el sepulcro, y luego, cuando lo ha encontrado resucitado, y cuando lo ha reconocido, ya no lo quiere soltar: lo quiere abrazar y retener para permanecer siempre con Él; pasa, en un instante, de la tristeza al gozo por la presencia del amado. Y también, la lectura de estos pasajes del Cantar de los cantares nos recuerda al encuentro de Jesús con aquellos discípulos que iban tristes camino a Emaús (Lucas 24, 13-35): ellos finalmente lo reconocieron a Jesús cuando partió el pan; pero Él, en ese mismo instante, desaparece de su vista, y ellos quedaron llenos de fervor debido a la presencia del amado. Por eso Jesús juega a las escondidas con nosotros: Él es el Dios escondido en el pan de la Eucaristía, el Dios escondido en todas las oraciones litúrgicas, el Dios que se esconde siempre para que nosotros siempre lo busquemos, y así demostremos cuánto lo deseamos, y así nos colmemos de un gozo dilatado y verdadero cuando finalmente lo encontremos en el Cielo.
Pero, a todo esto, corresponde aclarar: no queremos decir que haya que desear la tristeza en sí. Eso sería un grave error. Seríamos unos locos o, peor aún, unos masoquistas. Nadie, absolutamente nadie, desea estar triste o padecer, o sufrir, o sentir dolor, o enfermarse, o angustiarse. Nadie desea, en otras palabras, la ausencia «del objeto amado». Y mucho menos deseamos en nuestra vida la presencia de un mal. Por eso es preciso señalar que la tristeza sólo es buena en algunos casos, y sólo en ciertos sentidos. Porque también hay una tristeza que puede distraer, en parte, o incluso obstaculizar totalmente la búsqueda del bien, es decir: distraernos de la búsqueda del amado. Sucede esto, por ejemplo, cuando tenemos un dolor muy fuerte en el cuerpo, por una lesión o por una enfermedad, o una tristeza muy profunda en el alma, como una depresión. En estos casos nuestra atención, la atención de nuestra alma, no hará más que focalizarse en esos dolores, distrayéndose de todo lo demás. Este tipo de tristezas son tan fuertes que pueden obnubilar nuestra atención. Puede ser una angustia tal que retraiga el alma, una angustia tal que haga a uno olvidarse del amor por concentrar la atención en el dolor.
Hay que evitar a toda costa este tipo de tristezas. Y hay que estar muy alerta porque la tristeza mal llevada puede hacernos caer en buscar los placeres de modo inmoderado. Porque puede pasar que, en el aburrimiento de la monotonía rutinaria, o en el tormento continuo en el alma, o en la aridez espiritual, busquemos la huida con precipitación, irreflexivamente, y nos refugiemos así en las malas compensaciones, en unas compensaciones quizás pequeñas, pero siempre ilícitas, en compensaciones que ralenticen, paralicen o nos lleven en sentido contrario al de nuestro crecimiento espiritual. Puede ser que, ante una tristeza mal llevada (incluso una querida efectivamente por Dios para nuestra purificación y para nuestro crecimiento espiritual), puede ser que busquemos impacientemente el placer, no digamos en cosas escandalosas como pecados graves, que también podría suceder, sino en pequeñas cosas, en pequeños regalitos que uno podría dispensarse. Sobre todo, en los tiempos en que no tengamos consuelo, hay que estar muy alerta también del oportunismo del demonio. Él no va a iniciar nuestro camino al infierno tentándonos llanamente con pecados graves y grotescos. Al menos generalmente no lo hace así. Él, en cambio, va a buscar conducirnos despacio y progresivamente hacia nuestra caída, comenzando con cosas pequeñas, sutiles, casi imperceptibles, pero siempre, siempre, fácilmente justificables.
Finalmente, Santo Tomás detalla otro aspecto de la tristeza: la pesadumbre. La palabra proviene de peso, y es común que llamemos apesadumbrado al triste, porque él está como cargado de peso. El hombre triste se «arrastra», tiene reacciones lentas y pasos lentos. Pareciera como que anda con fatiga en el cuerpo, y también es lento para pensar y para expresarse. Eso es porque la tristeza puede ralentizarnos, o incluso paralizarnos, tanto en nuestro interior como en los movimientos del cuerpo. Para sobrellevar la pesadumbre es preciso elevar la mirada y el corazón; es preciso profundizar, con el estudio y con la meditación, y con la insistencia en la oración, en la virtud teologal de la esperanza.
Para aprender a padecer bien la tristeza, para hacerlo con sabiduría y con verdadero fruto espiritual, el Señor nos propone sus bienaventuranzas, y relaciona en ellas dos extremos, aparentemente opuestos: por un lado, el gozo de la vida eterna, como meta y como premio; y, por otro lado, las tristezas inevitables de esta vida, como punto de partida (dice Jesús: «bienaventurados los afligidos, los pacientes, los que lloran, los perseguidos, etc.»). Las bienaventuranzas son así el itinerario de todo cristiano que busca la santidad, son el camino para imitar la vida de Cristo, que es el primer y principal Bienaventurado, tanto porque Él padeció lo indecible en esta tierra, como porque también Él alcanzó para nosotros, por sus padecimientos, lo más alto del Cielo. En definitiva, la pesadumbre que nos derriba, obligándonos a arrastrarnos por el suelo, se vence elevando la mirada del corazón y desplegando las alas hacia lo alto, por medio de la contemplación y por medio del suspiro esperanzado del Cielo.
En conclusión, somos verdaderamente bienaventurados en esta vida cuando padecemos tristeza, si por nuestra tristeza anhelamos con mayor fervor la vida eterna del Cielo.
Pbro. Hernán G. Barreto
San Luis, Argentina








