(Corrigenda/InfoCatólica) La hostilidad hacia el catolicismo en los círculos culturales europeos es casi total, pero rara vez está bien fundamentada. Es más un reflejo cultural que una posición intelectual. Esa es la experiencia de Angela Richter, directora de teatro, dramaturga y escritora germano-croata, que acaba de publicar en el medio alemán corrigenda un extenso testimonio personal sobre su regreso a la Iglesia tras años de búsqueda espiritual fallida.
Richter, que fue profesora de dirección escénica en la Hochschule für Musik und Darstellende Kunst de Fráncfort y ha trabajado en algunos de los principales teatros del ámbito germanoparlante, relata cómo pronunciar las palabras «soy católica» en una fiesta tras el estreno de una de sus obras en Viena provocó una reacción inmediata de rechazo. La interlocutora, probablemente artista también, dedicó el resto de la velada a intentar «liberarla» del catolicismo. Al indagar en sus razones, Richter descubrió que la hostilidad no se sustentaba en argumentos teológicos ni históricos, sino en experiencias personales de exclusión infantil y en posiciones feministas sobre el sacerdocio.
Un patrón cultural, no intelectual
Ese episodio, escribe Richter, no es un caso aislado, sino un patrón que se repite sistemáticamente en el mundo cultural. El rechazo al catolicismo es absoluto, pero cuando se pregunta por razones concretas, la argumentación se debilita rápidamente. El tema de los abusos sexuales aparece con frecuencia, y la directora no elude su gravedad: lo califica de «crimen real y grave que ha manchado profundamente a la Iglesia». Pero observa que el fenómeno del abuso se da en cualquier estructura donde confluyen poder, dependencia y cercanía, y que la Iglesia se convierte en pantalla de proyección privilegiada, quizá por su pretensión de verdad universal o por representar la tradición propia europea que se quiere deconstruir. Otras religiones, señala, quedan al margen de esa hostilidad en su entorno.
Una fe que se perdió por vergüenza
El itinerario personal de Richter arranca en la misión católica croata de Stuttgart, donde creció rodeada de franciscanos. Su fe infantil no fue una carga, sino algo natural y hermoso que le daba estabilidad en un país que durante mucho tiempo le resultó ajeno. Fue monaguilla hasta los dieciséis años e incluso quiso ser sacerdote, hasta que comprendió las razones de la reserva del sacerdocio a los varones y dejó de vivirla como una exclusión.
Para Richter, el celibato no es una norma represiva sobre la sexualidad, sino la expresión de una vida entregada por completo. Un sacerdote que toma en serio su vocación, escribe, «ya no se pertenece a sí mismo» y debe estar radicalmente disponible para quien lo necesite. Una familia propia haría eso imposible sin traicionar a alguien. Y el sacerdocio lleva inscrita la posibilidad del martirio: los primeros apóstoles murieron todos de forma violenta, y la directora recuerda que más de 2.700 religiosos fueron encarcelados en el campo de concentración de Dachau, casi todos sacerdotes, monjes y seminaristas católicos. Incluso hoy, señala, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, se ofreció públicamente a ser canjeado por rehenes israelíes en poder de Hamás.
La distinción entre hombres y mujeres en la Iglesia no es, en su lectura, una degradación, sino un reconocimiento de formas distintas de entrega: «Las mujeres dan vida a su manera. Los hombres dan vida a su manera. Ambas cosas son sagradas».
Del ateísmo a la «persecución» de Dios
Esa fe se apagó en la adolescencia. En su instituto humanístico, los jóvenes con prestigio social eran ateos, hijos de padres sesentayochistas que rechazaban incluso los apelativos de «mamá» y «papá». Ser católico no era simplemente erróneo; era ridículo. Richter comenzó a callar, y con el silencio su fe se extinguió. Lo que quedó fue, en sus propias palabras, «un enorme agujero negro interior» que intentó llenar con hedonismo, fiestas, relaciones, dinero y carrera profesional, sin éxito.
Tras fracasar también con el agnosticismo y el ateísmo, emprendió una búsqueda activa de Dios que la llevó por la esoteria, el yoga, ceremonias de ayahuasca con chamanes peruanos y drogas alucinógenas. Quería trascendencia, pero rápida y sin volver al camino «vergonzoso» de la fe de su infancia.
La crisis se agudizó hasta que, desesperada, oró: «Muéstrame dónde estás, dónde está mi comunidad. ¡Dame una señal! Y por favor, rápido, no puedo más». Richter escribe que Dios respondió, no con un rayo, sino «con un amor paciente y a medida, hecho completamente para mí», que la fue guiando paso a paso de vuelta al cristianismo, primero, y después a la Iglesia católica.
Un encuentro decisivo y la vuelta a casa
El momento determinante llegó en un contexto profesional, donde conoció a un converso reciente, un exateo que había entrado conscientemente en la Iglesia. Richter conocía a decenas de personas que habían abandonado el catolicismo, pero nunca había encontrado a alguien que hubiese hecho el camino inverso. A través de los ojos frescos de ese converso redescubrió su propia fe infantil: «la fuerza de los sacramentos, la armadura concreta de Dios, la belleza y la grandeza de la liturgia, que no existe en ningún otro lugar».
Al día siguiente, él le regaló un rosario y le propuso ir a misa. Sin espectáculo, sin evento: una misa normal, en un día laborable cualquiera. Y fue, escribe, abrumador precisamente por su sencillez y autenticidad. «Estaba de nuevo en casa».
Lo verdaderamente subversivo
Richter sitúa su experiencia en un contexto más amplio. Recuerda que en agosto de 2022 el New York Times publicó un artículo titulado «El club más de moda de Nueva York es la Iglesia católica», sobre jóvenes posirónicos con rosarios en el barrio de Dimes Square. Más recientemente, el mismo diario informó de cifras récord de conversiones en Detroit, Houston y Washington, especialmente entre jóvenes de 18 a 35 años. Tendencias similares se observan en Francia.
En la Alemania actual, sostiene Richter, el acto verdaderamente vanguardista y subversivo es asistir a la antigua misa en latín. En un paisaje religioso desértico, esas celebraciones funcionan como «pequeños oasis católicos: concentrados, serios y solemnes». Cita al músico Nick Cave: «Ser conservador. Ir a la iglesia» es el nuevo punk.
El ateísmo contracultural de generaciones anteriores, argumenta, se ha convertido en lo previsible. En un mundo completamente pornografizado, la «liberación sexual» no es un acto rebelde, sino rutina y convención. La única forma de desperdiciar el extraordinario comeback internacional del catolicismo sería, a su juicio, que un puñado de obispos alemanes ignorase lo que está ocurriendo en el resto del mundo y siguiera cortejando a una población envejecida que ya no se interesa por la fe, ensayando un «Lutero 2.0» mientras el Papa León XIV señala prioridades distintas.
Su conclusión es un testimonio desnudo: «He probado todo lo que el mundo posmoderno tiene que ofrecer. Todo. Nada aguantó. La fe católica sí».







