(InfoCatólica) El superior de la quinta orden religiosa más antigua del mundo reconoce graves problemas estructurales: comunidades demasiado pequeñas, candidatos psicológicamente frágiles y una cultura interna deteriorada que impide la vida fraterna.
Inseguridad social y supervisión fallida
Jos Wouters, abad general de la Orden Premonstratense, ha confirmado en una entrevista con el diario neerlandés Nederlands Dagblad la existencia de «problemas fundamentales» en su orden que «deben ser nombrados de forma clara y abierta». Wouters, de origen flamenco, se pronuncia así tras una investigación del periódico sobre problemas estructurales en la Abadía de Berne, el monasterio más antiguo en funcionamiento de los Países Bajos, donde se han documentado situaciones de inseguridad social y fallos en la supervisión.
Los premonstratenses, también conocidos como norbertinos, son una orden de canónigos regulares fundada por san Norberto de Xanten en 1120 en Prémontré, en el norte de Francia. Siguen la Regla de san Agustín y sus miembros, entre sacerdotes, hermanos, diáconos, novicios, monjas y hermanas, viven en comunidad en abadías y prioratos. El abad general, que encabeza 38 abadías en todo el mundo, constata que el miedo y la inseguridad social no se limitan a Berne, sino que afectan de manera más amplia a la orden. «Hay una serie de problemas particularmente fundamentales en nuestra orden», ha afirmado.
Vocaciones en declive y candidatos inadecuados
Las abadías reciben cada vez menos candidatos, y quienes llaman a la puerta son, según Wouters, personas psicológicamente vulnerables con creciente frecuencia. «Por un reflejo de supervivencia, las abadías aceptan a esas personas, cuando son completamente inadecuadas», ha declarado. La Iglesia se ha convertido en un fenómeno marginal en la sociedad, sostiene, «y atrae a personas marginales».
El abad general reconoce que su orden carece de la capacidad necesaria para dar una formación sólida a personas «con una mochila». «Las comunidades son demasiado pequeñas. Y entonces se necesita cooperación entre abadías. Eso no es algo que surja espontáneamente entre nosotros», ha explicado.
La religión como «exoesqueleto»
Wouters atribuye el deterioro de la cultura interna de muchas abadías, en parte, al modo en que algunas personas viven la religión. Según su análisis, la vida religiosa les ofrece la posibilidad de «compensar su debilidad interior con un gran autoritarismo».
«La religión funciona entonces como un exoesqueleto, como el de un cangrejo, que no tiene esqueleto interior: es duro por fuera para esconder la debilidad interior», ha ilustrado.
Según el abad general, los miembros de las comunidades religiosas creen a menudo que deben «defender sus opiniones religiosas o litúrgicas, o incluso imponerlas». Esa actitud genera un ambiente envenenado: «Las personas dentro de una comunidad se convierten en adversarios unas de otras y apenas puede haber un contacto normal, amistoso, fraterno».
Autonomía de las abadías en cuestión
Las normas internas diseñadas para prevenir abusos resultan insuficientes, ha señalado Wouters. Los consejos que se formulan durante las visitas canónicas a los monasterios no se cumplen con frecuencia. «Entonces opino que esas comunidades se ponen la soga al cuello ellas mismas», ha afirmado. Sin embargo, su capacidad de intervención es muy limitada, ya que la orden premonstratense otorga a cada abadía una gran autonomía y las competencias del abad general son «muy restringidas».
En parte a raíz de la investigación del Nederlands Dagblad, Wouters constata que esa autonomía «ha llegado a sus límites». El abad general espera que el próximo capítulo general de la orden, la asamblea de todas las abadías prevista para 2030, aborde estas cuestiones urgentes. Se discutirá no solo un número mínimo de miembros que debe tener una comunidad abacial, sino también una mayor tutela, supervisión y acompañamiento por parte de personas ajenas a la orden.
«Es una catástrofe»
Wouters ha expresado su frustración por la falta de transparencia, un asunto que le afecta profundamente: «Me gustaría poder decir más, me aliviaría enormemente. Pero quiero preservar mi margen de actuación. Solo somos personas, pero la mayoría de nosotros no está dispuesta a reconocerlo. Y eso es una catástrofe».






