El Papa en Saurimo y Luanda: la fe no es comercio supersticioso ni amuleto, sino pan que libera de toda opresión
Santa Misa en la explanada de Saurimo | © VaticanNews

Octava jornada del viaje a África y tercera en Angola

El Papa en Saurimo y Luanda: la fe no es comercio supersticioso ni amuleto, sino pan que libera de toda opresión

León XIV celebra misa ante 60.000 fieles en Saurimo, visita a los ancianos y exhorta a la Iglesia angoleña a denunciar la injusticia y promover «una memoria reconciliada».

(InfoCatólica) En la tercera jornada de su visita a Angola, el Papa ha celebrado la eucaristía ante unos 60.000 fieles en Saurimo, ha visitado una residencia de ancianos y se ha reunido con la comunidad eclesial angoleña en Luanda, a la que ha exhortado a denunciar la injusticia y a «promover una memoria reconciliada».

La octava jornada del viaje apostólico de León XIV a África ha llevado al Pontífice desde Luanda hasta Saurimo, la ciudad de las minas de diamantes, y de vuelta a la capital angoleña para un intenso encuentro vespertino con obispos, sacerdotes, consagrados y catequistas. Entre ambos polos, una jornada que ha recorrido los grandes ejes del pontificado: la cercanía a los descartados, la denuncia de la injusticia, la llamada a una fe libre de superstición y la apuesta por una Iglesia sinodal, misionera y reconciliadora.

«Gesù abita anche qui»: el Papa en la residencia de ancianos

El Santo Padre despegó de Luanda a las 08:03 hora local y aterrizó en Saurimo a las 09:16. Su primer acto fue la visita a la Casa de Acogida para Ancianos de la ciudad, donde fue recibido por la directora del centro y un representante del ministro de Sanidad. Tras escuchar las palabras de bienvenida y varios testimonios, entre ellos el de uno de los residentes, León XIV dirigió un saludo a los presentes.

«Me ha impresionado saber que ustedes llaman a este lugar lar, que habla de familia», señaló el Papa, agradeciendo la acogida «tan llena de fe que me toca el corazón». El Pontífice evocó la costumbre de Jesús de visitar la casa de sus amigos, la de Pedro en Cafarnaún y la de María, Marta y Lázaro en Betania, para concluir: «Me gusta pensar que Jesús habita también aquí, en esta casa. Sí, Él mora en medio de ustedes cada vez que buscan quererse y ayudarse mutuamente como hermanos y hermanas».

León XIV expresó su reconocimiento a las autoridades angoleñas por las iniciativas en favor de los ancianos más necesitados y subrayó que «el cuidado de las personas frágiles es un signo muy importante de la calidad de la vida social de un país». Recordó, además, que las personas mayores «no solo deben ser asistidas, sino ante todo escuchadas, porque custodian la sabiduría de un pueblo».

La misa en la explanada: fe auténtica frente a comercio supersticioso

Tras una breve parada en la catedral de Nuestra Señora de la Asunción para un momento de oración y adoración al Santísimo, el Papa se trasladó en papamóvil a la explanada de Saurimo, donde presidió la eucaristía ante unos 40.000 fieles congregados en el recinto y otros 20.000 en las áreas circundantes.

En la homilía, León XIV reflexionó sobre el pasaje del Evangelio de Juan en el que la multitud busca a Jesús después de la multiplicación de los panes. «Vosotros me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de aquellos panes y os habéis saciado» (Jn 6,26), citó el Papa, para advertir del riesgo de ver a Jesús «como un instrumento para lograr algo más, un proveedor de servicios».

El Pontífice señaló que esto sucede «cuando a la fe auténtica se sustituye un comercio supersticioso, en el cual Dios se convierte en un ídolo al que solo se busca cuando nos conviene, mientras nos conviene». Incluso los dones más hermosos del Señor pueden convertirse entonces en «una pretensión, un premio o un chantaje». El relato evangélico, concluyó, nos hace comprender «que existen motivos equivocados para buscar a Cristo, sobre todo cuando se le considera un gurú o un amuleto de la suerte».

«No hemos venido al mundo para morir»

Frente a esa búsqueda interesada, León XIV contrapuso la actitud de Cristo: «Él no rechaza esta búsqueda insincera, sino que la impulsa a convertirse. No expulsa a la multitud, sino que invita a todos a examinar qué late en nuestro corazón». Cristo, insistió, «no quiere siervos ni clientes, sino que busca hermanos y hermanas a quienes dedicarse con todo su ser».

El Papa invitó a trabajar «no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna» (Jn 6,27), aclarando que Jesús «no nos llama al desinterés por el pan de cada día, que de hecho multiplica en abundancia y enseña a pedir en la oración», sino que nos educa a buscar «un pan que no nos deja perecer, porque es alimento de vida eterna».

Con tono solemne, el Obispo de Roma proclamó: «No hemos venido al mundo para morir. No hemos nacido para convertirnos en esclavos ni de la corrupción de la carne, ni de la del alma: toda forma de opresión, violencia, explotación y mentira niega la resurrección de Cristo, don supremo de nuestra libertad».

«El camino que Dios ha abierto para nosotros nunca falla»

León XIV denunció que «hoy vemos que muchos deseos de la gente son frustrados por los violentos, explotados por los prepotentes y engañados por la riqueza. Cuando la injusticia corrompe los corazones, el pan de todos se convierte en posesión de unos pocos». Pero frente a esos males, aseguró, «Cristo escucha el clamor de los pueblos y renueva nuestra historia; de cada caída nos levanta, en cada sufrimiento nos consuela y en la misión nos alienta».

Retomando las palabras de san Juan Pablo II en la exhortación apostólica Ecclesia in Africa, el Papa recordó que, al seguir a Jesús, el camino eclesial es siempre un «sínodo de la resurrección y de la esperanza». «Con el Evangelio en el corazón, tendrán valor ante las dificultades y las decepciones: el camino que Dios ha abierto para nosotros nunca falla», aseguró, reiterando su deseo de que ese camino se viva «cada vez más como debe ser, es decir, sinodal».

Al compartir la Eucaristía, añadió, «estamos llamados a servir a nuestro pueblo con una dedicación que levanta de toda caída, que reconstruye lo que la violencia destruye y comparte con alegría los lazos fraternos».

En las palabras de agradecimiento al final de la misa, el Papa pidió a Angola que permanezca fiel a sus «raíces cristianas»: «Así podrás continuar, cada vez mejor, ofreciendo tu aporte para la construcción de la justicia y la paz en África y en el mundo entero».

La Iglesia de Angola: diez kilómetros a pie entre minas y arrestos

Por la tarde, de vuelta en Luanda, León XIV se reunió en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima con obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas, catequistas y agentes de pastoral de la Iglesia angoleña. El encuentro estuvo precedido por los testimonios de varios representantes de la comunidad eclesial.

Mons. José Manuel Imbamba, arzobispo de Saurimo y presidente de la Conferencia Episcopal de Angola, agradeció al Papa por haber «atravesado los cielos para estar entre nosotros» y aseguró que la Iglesia en el país «sigue siendo fuerte y está profundamente comprometida con la labor misionera», una responsabilidad que asumen con «valentía profética». El prelado destacó la vocación ecuménica de la Iglesia angoleña y el inicio de un diálogo interreligioso con la comunidad islámica del país, así como la creación de un instituto misionero masculino dedicado a Mama Muxima.

El padre João Abel, sacerdote durante 43 años, relató a través del canto y la palabra el compromiso de la Iglesia con la paz y la justicia social, expresado especialmente en «el cuidado de los más vulnerables». El sacerdote confesó el temor inicial ante su vocación, el miedo a «ser la oveja número 100, a no ser capaz», y subrayó la «experiencia de la comunión con los pobres» aprendida junto a misioneros y religiosas en la diócesis de Benguela.

Manuel Almeida, catequista de 61 años, casado y padre de siete hijos, ofreció un testimonio especialmente impactante. Convertido en catequista en 1994 en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima de Uíje, relató cómo durante su formación tuvo que recorrer diariamente diez kilómetros a pie, enfrentándose a «constantes llamadas al servicio militar obligatorio, fatiga, lluvia, dificultades para mantener a mi familia y mucho más». Nombrado catequista de otra comunidad en 1997 por falta de formadores, debió afrontar «el peligro de las minas terrestres» y «numerosos arrestos por cargos de colaboración con fuerzas enemigas». Almeida denunció también las trabas políticas al ministerio eclesial: «En ocasiones, me vi impedido de celebrar la Liturgia de la Palabra, incluyendo la misa dominical, al tener que asistir a reuniones de partidos políticos o a encuentros convocados por autoridades tradicionales: una práctica que, lamentablemente, continúa hoy en día en muchas regiones de nuestra diócesis».

Como coordinador diocesano, Almeida enumeró los retos persistentes: «La falta de catequistas; la proliferación de sectas religiosas; la creencia en la brujería; las pésimas vías de acceso y la falta de transporte; las largas distancias que hay que recorrer a pie; y las dificultades materiales para el sustento de nuestras familias».

La vida consagrada: 4.418 religiosos entre la esperanza y la precariedad

La hermana Natália Miguel y la hermana Margarida Adelaide Kundjutu, presidenta y secretaria de la Conferencia de Institutos Religiosos de Angola (CIRA), presentaron la radiografía de la vida consagrada en el país: 166 congregaciones (62 masculinas y 104 femeninas), con un total de 4.418 personas consagradas (3.227 mujeres y 1.191 hombres), además de 254 novicios y 176 postulantes.

Las religiosas afirmaron compartir las «alegrías y sufrimientos» del pueblo angoleño, con presencia en educación, sanidad, asistencia social, defensa de los derechos humanos, promoción de la justicia social y lucha contra la trata de personas. Sin embargo, identificaron desafíos significativos: la inculturación del Evangelio, el activismo, el debilitamiento del espíritu profético y la autonomía financiera, «que a menudo compromete no solo la autosostenibilidad de los institutos, sino también su labor apostólica y su disponibilidad misionera».

«¡Vale la pena abrirle nuestro corazón por completo a Cristo!»

En su discurso, León XIV agradeció la labor evangelizadora de la Iglesia angoleña y su trabajo por sembrar «la esperanza de Cristo» en el corazón del pueblo. Dirigiéndose especialmente a los jóvenes seminaristas, les exhortó a no tener miedo de decir «sí» a Cristo: «No tengan miedo del mañana: ustedes pertenecen totalmente al Señor. Vale la pena seguirlo en la obediencia, en la pobreza, en la castidad. ¡Él no les quita nada!». Recordando las palabras de Benedicto XVI, el Papa aseguró: «Él no quita nada y lo da todo».

El Pontífice destacó de manera particular el ministerio de los catequistas, al que calificó como «una expresión fundamental de la vida de la Iglesia» en África y «fuente de inspiración para las comunidades católicas de todo el mundo». E instó a la comunidad eclesial a valorar la formación permanente y a perseverar «en el anuncio de la Buena Nueva de la paz», con una buena formación inicial y un estudio personal serio «para iluminar a los fieles que les han sido confiados, salvándolos sobre todo de la ilusión peligrosa de la superstición».

Denunciar la injusticia, promover la reconciliación

En el tramo final de su discurso, León XIV exhortó a la comunidad eclesial a «alimentar la fraternidad con franqueza y transparencia», sin ceder «a la prepotencia ni a la autorreferencialidad» ni alejarse «del pueblo, especialmente de los pobres». Señaló la importancia de la familia como «lugar de santificación de todos sus miembros» y agradeció a los familiares de sacerdotes y consagrados por haber «cuidado, sostenido y protegido su vocación».

El Papa reconoció la valentía histórica de la Iglesia angoleña al «denunciar el flagelo de la guerra» y al «apoyar a las poblaciones atormentadas permaneciendo a su lado». «¡Pero el compromiso continúa!», exclamó, pidiendo que sigan actuando «con sabiduría y generosidad en todos los ámbitos, desde la educación hasta la sanidad», y que no cesen nunca de «denunciar las injusticias, ofreciendo propuestas inspiradas en la caridad cristiana».

«Promuevan, pues, una memoria reconciliada, educando a todos en la concordia y valorando, en medio de ustedes, el testimonio sereno de aquellos hermanos y hermanas que, después de haber atravesado dolorosas tribulaciones, lo han perdonado todo», concluyó el Pontífice. Y evocó a los mártires angoleños: «Recuerden el heroico testimonio de fe de los angoleños y las angoleñas, misioneros y misioneras nacidos aquí o venidos del extranjero, que tuvieron el valor de dar la vida por este pueblo y por el Evangelio, prefiriendo la muerte que la traición a la justicia, la verdad, la misericordia, la caridad y la paz de Cristo».

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