(Zenit/InfoCatólica) La tranquilidad de la madrugada de Pascua quedó rota en la provincia pakistaní de Punjab cuando un camión que avanzaba a gran velocidad embistió con fuerza devastadora a una procesión católica, dejando un muerto y más de sesenta heridos. Lo ocurrido en Wazirabad en la madrugada del 5 de abril se ha convertido en algo más que un trágico accidente: es ya un caso de prueba para la protección, la visibilidad y los derechos de las minorías religiosas en Pakistán.
Una procesión de fe arrollada en la oscuridad
Aproximadamente a las 3:30 de la madrugada, unos 200 fieles católicos de la iglesia de San Francisco de Asís se dirigían a su lugar de culto con velas en mano, cantando himnos como parte de las celebraciones pascuales. La procesión avanzaba por una carretera cercana a la ruta Alipur Chatha-Gujranwala, un tramo que en circunstancias normales habría requerido al menos un control de tráfico mínimo para garantizar la seguridad de los participantes. En cambio, un vehículo de carga ligero conocido localmente como Shehzore se aproximó a gran velocidad y embistió al grupo con una fuerza devastadora. El impacto causó la muerte de Irfan Masih, un trabajador local, e hirió a decenas de personas, muchas de las cuales requirieron hospitalización.
Los fieles tuvieron que rescatarse a sí mismos
Lo que siguió al choque fue tan grave como el impacto mismo. No hubo respuesta de emergencia coordinada. Los supervivientes refieren cómo quienes estaban presentes se vieron obligados a improvisar labores de rescate, volcando físicamente el camión para liberar a las personas atrapadas bajo el vehículo. La demora en la intervención oficial se ha convertido desde entonces en uno de los aspectos más controvertidos del incidente: la policía llegó casi una hora más tarde, a pesar de la proximidad de una comisaría al lugar de los hechos.
Las autoridades policiales declararon que no habían sido informadas de la procesión y que por ello no desplegaron personal para asegurar la ruta. Esta versión es rechazada de plano por los representantes de la iglesia y los participantes, quienes insisten en que las autoridades habían sido notificadas con antelación y en que se les habían garantizado medidas de protección. La discrepancia ha ahondado la desconfianza entre los católicos de la zona.
El conductor huyó; los cargos presentados no aclaran nada
El conductor del vehículo, identificado como Muhammad Bilal, abandonó el lugar tras el atropello. Su ayudante fue detenido y el vehículo incautado. Se han presentado cargos por conducción temeraria, pero los investigadores no han aclarado si la negligencia por sí sola explica lo ocurrido. Esa incertidumbre ha generado sospechas fundadas en la comunidad.
Varios testigos argumentan que el conductor no pudo haber pasado por alto a una gran multitud iluminada con velas en una carretera que, por lo demás, estaba despejada. Esta circunstancia plantea una posibilidad que las autoridades ni han confirmado ni han descartado: la de la intencionalidad. Para una comunidad que vive bajo presión constante, el silencio oficial ante esta pregunta resulta inaceptable.
La vulnerabilidad histórica de los católicos en Pakistán
Para muchos católicos en Pakistán, este episodio no surge de la nada. Como minoría religiosa habitualmente marginada social y económicamente, sus expresiones públicas de fe conllevan riesgos que el resto de los ciudadanos no conoce. Las grandes concentraciones celebradas en espacios abiertos y con escaso control han expuesto históricamente a estas comunidades tanto a la violencia selectiva como a la negligencia institucional, dos realidades que en este caso podrían haberse combinado de manera letal.
El lenguaje con que se describe lo ocurrido ha variado notablemente según la fuente. Algunos lo enmarcan con claridad como una expresión de persecución sistemática o violencia deliberada contra los cristianos. Otros, incluidos representantes de organizaciones católicas centradas en la justicia y la paz, han adoptado un tono más cauteloso, subrayando el costo humano y exigiendo una investigación transparente y responsable. Esta divergencia refleja una tensión recurrente en contextos donde la confianza en las instituciones es frágil: cuándo un suceso que se sitúa en la intersección del accidente, la negligencia y la posible hostilidad merece ser llamado por su nombre.
Pascua ensangrentada, fe que no cede
Lo que permanece fuera de toda discusión es la magnitud del impacto humano. Familias enteras están sumidas en el dolor. Decenas de personas se recuperan de sus heridas. Y toda una comunidad ha visto cómo su celebración más sagrada —la Pascua, que conmemora la vida que vence a la muerte— se convertía en una escena de sufrimiento y pérdida. La fe de estos católicos pakistaníes, que salieron en la oscuridad de la madrugada con velas encendidas para celebrar la Resurrección, merece una respuesta a la altura de su valentía.
No basta con una imputación por conducción temeraria. Se exige una investigación exhaustiva, comunicación clara y honesta por parte de las autoridades, y medidas concretas que garanticen la seguridad de las futuras reuniones religiosas de las minorías en Pakistán. Sin ello, la confianza de los creyentes en las instituciones del Estado —ya de por sí profundamente deteriorada— difícilmente podrá restaurarse.






