Mons. Javier Del Río nos recuerda que la Divina Misericordia responde a los sufrimientos más hondos del hombre
La imagen de la Divina Misericordia en la capilla donde está sepultada Santa Faustina Kowalska en Cracovia-Lagiewniki, Polonia. | Crédito: Flickr de Catholic Church England and Wales (CC BY-NC-ND 2.0)

Invitación a vivir la fiesta de la Divina Misericordia

Mons. Javier Del Río nos recuerda que la Divina Misericordia responde a los sufrimientos más hondos del hombre

Con ocasión de la fiesta de la Divina Misericordia, Mons. Javier Del Río ha recordado que Dios, en su infinita misericordia, ha puesto límite al mal y ha sacado del peor mal el mayor bien.

(ACI/InfoCatólica) Mons. Javier Del Río ha situado la fiesta de la Divina Misericordia en el centro mismo del drama humano: allí donde el hombre sufre, tropieza con el mal y necesita una respuesta que no sea ni consuelo barato ni palabrería vacía. El arzobispo de Arequipa afirma que esta celebración invita a poner toda la confianza en Jesucristo y a dejarse abrazar por su amor, porque solo ese amor entra de verdad en las heridas más hondas del alma.

El prelado sostiene que «el amor misericordioso de Dios es la respuesta a los interrogantes y a los más profundos sufrimientos de los hombres, especialmente ante el misterio del mal». Con ello recuerda una verdad decisiva de la fe católica: que el mal no se vence con discursos huecos ni con recetas humanas, sino con la acción de Dios, que sale al encuentro del pecador y del que sufre para rescatarlo.

Mons. Del Río explica también que la fiesta de la Divina Misericordia no es una devoción sentimental desligada de la conversión. Al contrario, empuja al alma a volverse hacia Cristo para que Él rehaga lo que el pecado, el rencor y el egoísmo han deformado. Por eso afirma: «La fiesta de la Divina Misericordia nos invita a confiar en Jesús y dejarnos acoger gratuitamente por su amor, para que poco a poco transforme nuestro corazón que en ocasiones le cuesta perdonar o se vuelve egoísta».

La misericordia divina aparece así no como una excusa para permanecer en el pecado, sino como la fuerza de Dios que renueva de verdad el corazón. El arzobispo muestra que quien se deja tocar por Cristo aprende a perdonar, abandona el encierro en sí mismo y se abre a una vida nueva. La misericordia no encubre el mal: lo derrota y lo transforma desde la gracia.

Esa transformación interior no queda reducida al ámbito privado. Mons. Del Río subraya que el corazón tocado por la misericordia está llamado a llevar al mundo el don de la paz, tan ausente en una sociedad herida por el egoísmo, la violencia y el alejamiento de Dios. En ese sentido recuerda que esa paz debe comunicarse «al mundo, que tanto lo necesita, porque se cumplirán en nosotros las palabras de Jesús: «sean misericordiosos como su Padre es misericordioso» (Jn 6,36)».

El arzobispo insiste además en que la misericordia divina se comprende plenamente a la luz de la Redención. Dios no ha dejado al hombre abandonado a la fuerza del mal, sino que ha puesto límite a su poder. Así lo expresa con claridad al afirmar que «con su infinita misericordia, Dios ha puesto un límite al mal y ha transformado el mal en bien; del peor mal que podíamos cometer los hombres, es decir matar a Dios, Él ha sacado el mayor bien».

En esa afirmación resplandece el núcleo del cristianismo: del crimen más espantoso, la muerte del Hijo de Dios, el Señor ha hecho brotar la salvación del mundo. La misericordia divina no niega la gravedad del pecado, pero tampoco permite que el pecado tenga la última palabra. Donde abundó el mal, Dios hizo sobreabundar su gracia.

Por eso Mons. Del Río recuerda que el mayor bien arrancado por Dios del peor mal ha sido «librarnos del poder de la muerte y hacernos partícipes de su vida divina desde este mundo y por toda la eternidad». La Divina Misericordia remite así directamente a la victoria de Cristo resucitado, que no solo perdona, sino que comunica al hombre la vida nueva.

El prelado peruano señala también que la paz es un don de Dios inseparable del perdón. Y, al recordar una enseñanza repetida con frecuencia por el Papa Francisco, advierte contra la tentación del desaliento espiritual. En sus palabras, «Dios nunca se cansa de perdonarnos sino que somos nosotros los que algunas veces nos cansamos de pedirle perdón y nos damos ya por perdidos, abandonamos nuestro deseo de conversión». La llamada, por tanto, es a no desesperar jamás de la misericordia divina.

La reflexión de Mons. Del Río se enmarca en la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II en el año 2000 con ocasión de la canonización de Santa Faustina Kowalska, y fijada para el segundo Domingo de Pascua. Esta celebración recuerda con fuerza que la última palabra no pertenece al pecado, ni a la muerte, ni al demonio, sino a Cristo resucitado, cuya misericordia salva, transforma y da la paz verdadera.

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