(Patriarcado Latino/InfoCatólica) La fe cristiana no nace de una explicación, sino de un sepulcro vacío. Esa es la imagen con la que el Patriarca Latino de Jerusalén ancló su homilía de Pascua en la Basílica del Santo Sepulcro, pronunciada en la mañana del Domingo de Resurrección en el lugar donde la tradición sitúa el lugar en el que yació el Señor. Ceremonia realizada con las medidas acordadas con el gobierno israelí.
Un vacío que proclama
Partiendo de los tres textos litúrgicos del día, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa situó el centro de su predicación en la paradoja pascual: el sepulcro abierto no ofrece respuestas, sino que plantea una pregunta que «desorienta». María Magdalena llega «de madrugada, cuando aún está oscuro», y lo primero que pronuncia es un reconocimiento de ignorancia: «No sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,2).
Para Pizzaballa, esa confesión es «la primera palabra de toda fe verdadera». La Pascua, sostuvo, comienza con un despojamiento: «Dios no se deja poseer. El Resucitado no está donde nosotros lo habíamos puesto. No está donde nuestras certezas lo habían colocado». La fe auténtica no es posesión ni control, sino una «carrera tras una ausencia que se convierte en promesa».
Los lienzos doblados y la nueva libertad
El Patriarca se detuvo en un detalle del relato joánico que calificó de algo más que «escenografía»: los lienzos y el sudario cuidadosamente dispuestos dentro del sepulcro. «La muerte ya no es una vestidura que cubre, sino un hábito que ha sido guardado con cuidado, sin necesidad de ser usado», explicó. Jesús no fue arrastrado fuera: «Él salió. La muerte, para Él, ya no es una prisión: es una vestidura que queda allí, doblada, inútil».
Esa imagen le sirvió para abordar las «piedras que cierran la vida», los «definitivos» que se pronuncian «demasiado deprisa»: el fracaso, la herida, la culpa, el miedo. «La Pascua no nos promete una vida fácil. La Pascua nos promete una vida abierta», afirmó.
«Buscad las cosas de arriba»
Apoyándose en la lectura de la Carta a los Colosenses, Pizzaballa aclaró que «buscar las cosas de arriba» no equivale a huir de la tierra ni a cerrar los ojos ante el dolor. «Vuestra vida no está definida por vuestros pecados, ni por vuestros miedos, ni por vuestras derrotas. Está custodiada en otro lugar, con el Resucitado, en Dios», señaló, e insistió en que «precisamente por esto puede volver a abrirse de nuevo, aquí, ahora».
De los Hechos de los Apóstoles extrajo la dimensión universal de la Pascua: «Dios no hace acepción de personas» (Hch 10,34). «Si la muerte ha sido vencida, entonces ninguna vida está "demasiado perdida" para ser buscada», proclamó.
Tierra Santa: piedras que permanecen cerradas
En el pasaje más directamente vinculado a la actualidad, el Patriarca reconoció que «a nuestro alrededor aún hay demasiadas piedras que permanecen cerradas. Demasiadas tumbas han sido excavadas de nuevo por el odio, la violencia y la venganza». Y formuló una pregunta que dirigió a toda la asamblea: «¿Dónde lo habéis puesto?», porque «parece que hemos vuelto a poner al Señor en un sepulcro, cada vez que creemos que la muerte tiene la última palabra sobre la historia, cada vez que nos resignamos a la lógica del enemigo, cada vez que llamamos "paz" a una simple tregua armada y "justicia" solo al cálculo de los daños».
Frente a esa situación, Pizzaballa ofreció como única «arma» el sepulcro vacío: «Para anunciar que nada es definitivo, que la última palabra no pertenece a quien entierra, sino a quien resucita». Y definió la Resurrección como «una desobediencia a la resignación» y «la única esperanza que aún puede abrir, aquí y ahora, las puertas de la paz».
Una puerta que cruzar
El Patriarca concluyó con una llamada a la decisión concreta. «La Pascua no es una frase para repetir; es una puerta que cruzar. La piedra ha sido quitada. El paso está abierto. Pero nosotros debemos decidir si quedarnos dentro o salir». Salir significa, precisó, «elegir el perdón cuando sería más fácil endurecerse; elegir la verdad cuando sería más cómodo adaptarse; elegir la esperanza cuando todo sugiere lo contrario».
El juicio de la Resurrección, concluyó, «no nos pregunta si sabemos hablar de la Pascua; nos pregunta si vivimos como resucitados».







