El arzobispo Timothy Broglio advierte que la guerra debe ser siempre el último recurso
El arzobispo Timothy P. Broglio dirige la Arquidiócesis para los Servicios Militares de los Estados Unidos. | Crédito: «EWTN News In Depth»/Captura de pantalla)

Llamamiento a la paz

El arzobispo Timothy Broglio advierte que la guerra debe ser siempre el último recurso

El arzobispo responsable de la atención pastoral a los militares de Estados Unidos, ha expresado serias dudas sobre la legitimidad moral de la guerra en Irán a la luz de la doctrina católica de la guerra justa.

(EWTN/InfoCatólica) El arzobispo Timothy Broglio, al frente de la Archidiócesis para los Servicios Militares de Estados Unidos, ha puesto en duda que la guerra pueda justificarse moralmente si se la examina a la luz de la doctrina católica de la guerra justa. Sus declaraciones muestran una postura de gran cautela ante el recurso a la violencia armada y recuerdan un principio básico de la enseñanza moral de la Iglesia: la guerra no puede tratarse nunca como solución ordinaria, sino solo como un recurso extremo.

Al ser preguntado directamente sobre la posibilidad de considerar legítima una guerra planteada para frenar una amenaza, Broglio respondió con reservas muy claras. Dijo que, según la teoría de la guerra justa, le costaba ver cómo podría considerarse moralmente justificada una acción de ese tipo cuando se pretende neutralizar una amenaza antes de que esta se haya realizado efectivamente. Con ello dejó claro que no basta invocar peligros futuros para legitimar el uso de la fuerza.

El prelado reconoció, no obstante, que quienes toman decisiones militares podrían disponer de elementos de inteligencia desconocidos para la opinión pública. Aun así, no rebajó el fondo de su juicio moral. Su intervención no fue la de quien bendice sin más las decisiones del poder político, sino la de un pastor que recuerda que la violencia bélica debe ser sometida a criterios éticos severos y no puede aceptarse con ligereza.

Broglio afirmó además que su posición coincide con la insistencia del Papa en favor de la negociación. Señaló que se alinea con el Santo Padre cuando este reclama buscar caminos de diálogo, aunque admitió al mismo tiempo que en situaciones complejas siempre surge la dificultad de determinar con quién y cómo se puede negociar. Pero esa dificultad no elimina la obligación de intentarlo mientras haya vidas humanas en peligro.

En sus palabras apareció con fuerza la preocupación por las víctimas concretas de la guerra. Recordó que, mientras continúan los enfrentamientos, siguen muriendo personas tanto en el lugar del conflicto como entre las tropas. Esa constatación devuelve la cuestión a su verdad más profunda: la guerra no es un juego estratégico ni una abstracción geopolítica, sino una maquinaria de muerte que destroza vidas, familias y pueblos enteros.

El arzobispo evocó también la enseñanza de los Papas sobre esta materia. Recordó la célebre súplica de san Pablo VI ante las Naciones Unidas, cuando clamó: «¡Nunca jamás la guerra, nunca jamás la guerra!». Al traer esas palabras al presente, subrayó que, a pesar de los años transcurridos, la humanidad sigue atrapada en la misma tragedia y no ha aprendido plenamente la lección moral que deja la sangre derramada en los conflictos.

Dentro de esa misma línea, sostuvo que el Papa León XIV apoyaría sin duda la búsqueda de una situación en la que hombres y mujeres puedan sentarse y encontrar caminos de paz. No se trata de una fórmula retórica, sino de una convicción profundamente cristiana: la paz verdadera exige justicia, prudencia, contención y voluntad de diálogo, no mera superioridad militar ni respuestas precipitadas nacidas del miedo o de la lógica de la venganza.

Broglio resumió esa doctrina con una frase particularmente clara: la guerra es siempre el último recurso. Esa afirmación condensa siglos de reflexión moral católica. Antes de llegar a la guerra deben haberse agotado los demás medios proporcionados y razonables. Por eso, toda banalización del conflicto armado, toda exaltación de la fuerza como respuesta inmediata, choca con la visión cristiana del hombre y con el deber de salvaguardar la vida.

El arzobispo recordó además otra cuestión delicada: la situación moral de los soldados y de quienes ejercen el mando. Ya había expresado anteriormente su inquietud por el hecho de que militares puedan verse puestos en circunstancias en las que se les mande hacer algo moralmente cuestionable. Esa preocupación reaparece aquí con toda su gravedad, porque la obediencia debida no elimina la conciencia ni exime del deber de discernir cuando una orden entra en conflicto con la ley moral.

Sobre ese punto explicó que un soldado debe obedecer salvo que la orden sea claramente inmoral. En tal caso, indicó que tendría que acudir a su capellán o a su cadena de mando. También planteó si los altos mandos, como generales o almirantes, podrían abrir espacio para considerar alternativas distintas. Con ello reconoció que el problema moral no afecta solo al combatiente de base, sino también a quienes tienen responsabilidad en la conducción de la guerra.

Finalmente, Broglio ofreció un criterio de enorme importancia moral y humana: hacer el menor daño posible y tratar de preservar vidas inocentes. En medio del lenguaje duro de la estrategia y la confrontación, esa afirmación devuelve la atención a lo esencial. Incluso cuando el mundo se precipita hacia la violencia, la conciencia cristiana está llamada a recordar que ninguna razón de Estado puede borrar la dignidad de la persona humana ni justificar indiferencia ante la muerte del inocente.

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