Darantière: la propuesta de dom Kemlin impregnaría el rito antiguo «del espíritu de la reforma»
(L'Homme Nouveau/InfoCatólica) El presidente de Notre-Dame de Chrétienté cuestiona la viabilidad litúrgica y pastoral de integrar ambos ordo en un único misal, en vísperas del consistorio sobre liturgia previsto para junio.
Philippe Darantière, presidente de la asociación organizadora de la peregrinación de París a Chartres en Pentecostés, ha respondido públicamente a la propuesta formulada por dom Geoffroy Kemlin, abad de Solesmes, quien envió una carta al Papa León XIV planteando la inserción del antiguo Ordo Missae en el Missale Romanum actual. El objetivo declarado del abad es superar las divisiones litúrgicas que afectan a la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, permitiendo que ambas formas convivan dentro de un único libro litúrgico y puedan ser utilizadas por todos los sacerdotes.
En una entrevista concedida a L'Homme Nouveau, Darantière reconoce como positivo que la cuestión litúrgica sea motivo de preocupación y que el abad se haya dirigido personalmente al Pontífice. Sin embargo, expresa reservas profundas sobre el contenido concreto de la iniciativa.
¿En qué consiste exactamente esta propuesta de dom Kemlin?
Ante todo, cabe felicitarse de que esta cuestión sea objeto de preocupación. Y de que esa preocupación lleve al padre abad de Solesmes a escribir al Papa en persona al respecto. En cuanto a la propuesta en sí, es otra cosa. Consistiría en insertar en el Missale Romanum el antiguo ordo, junto al nuevo ordo: ambos coexistirían y podrían ser utilizados por todos los sacerdotes.
En espíritu, recuerda lo que el papa Benedicto XVI quiso hacer al definir la doctrina de un único rito romano con dos formas: una forma ordinaria y una forma extraordinaria. Pero donde dom Kemlin se aparta un poco de esa posición es al indicar que el antiguo ordo podría ser «retocado mínimamente para hacerlo conforme al Vaticano II», en particular abriéndolo al uso de la lengua vernácula, a la concelebración y a las cuatro plegarias eucarísticas…
Le haremos notar que esos elementos no figuraban en la constitución Sacrosanctum Concilium promulgada por el concilio Vaticano II: fueron introducidos a posteriori. El papa Pablo VI siempre tuvo cierta reticencia respecto al abandono del latín y del gregoriano; la concelebración no se generalizó hasta 1969. En cuanto a las plegarias eucarísticas, fueron ideadas por el Consilium, comisión creada en 1964 por Pablo VI para llevar a cabo la reforma litúrgica, que no emana, por tanto, directamente del Concilio. Al retocar el antiguo ordo, se le impregna del espíritu de la reforma, ese espíritu de novedad que no es el suyo.
¿Cómo caracterizaría usted ese espíritu?
Un monje benedictino, que no pertenece a la congregación de Solesmes, me ofrecía esta comparación que me parece muy pertinente:
«En el fondo, las pedagogías propias del rito reformado son las de la profusión. Todo es profusión: profusión de lecturas, profusión de plegarias eucarísticas, profusión de opciones para el celebrante, que puede elegir permanentemente entre tal propuesta u otra, o incluso inventarlas, puesto que eso también forma parte de las propuestas litúrgicas, para adaptarse permanentemente.
La pedagogía tradicional vinculada al rito antiguo es lo contrario: es una pedagogía de la regularidad, de la repetición, una forma que se nos impone, que sacerdotes y fieles no eligen, que está al servicio del culto rendido a Dios.»
Ambas me parecen incompatibles.
El padre abad llega incluso a evocar «una diferencia antropológica» entre los dos ritos…
En efecto. Por una parte, me parece muy positivo que un celebrante habitual del nuevo misal reconozca que pueda haber «una experiencia espiritual fuerte y auténtica» en el rito antiguo, que los fieles que están apegados a él «no logran vivir con el nuevo misal». Implícitamente, es un reconocimiento de que puede haber carencias en el nuevo rito que privan a los fieles, a los sacerdotes, del acceso a un cierto alimento espiritual. Este discurso es bastante novedoso.
Por otra parte, decir que «los dos ordo sustentan antropologías diferentes» me parece preocupante: significaría que la Iglesia se habría equivocado durante milenios sobre lo que es el hombre en su esencia. ¿O acaso habría cambiado el hombre mismo en los últimos 60 años?
Lo que es seguro es que cuando se propone la liturgia tradicional a la generación joven, esta la adopta sin vacilar. Algunos nuevos bautizados acceden incluso directamente a la fe católica por el rito antiguo sin haber conocido el nuevo, cosa que no se había producido nunca en 60 años. Así que no creo que el hombre haya cambiado realmente.
Entonces, ¿ese nuevo Missale Romanum que propone dom Kemlin no sería una simple yuxtaposición de dos misales?
La idea de dom Kemlin es que ambos ritos puedan alimentarse mutuamente. Para quienes siguen la misa de Pablo VI, plantea añadir las oraciones al pie del altar, las del ofertorio. Para quienes siguen el rito antiguo, propone el nuevo leccionario y el nuevo calendario. Ahora bien, el nuevo calendario es precisamente lo que desconcertó a los fieles y provocó la marcha de numerosos practicantes: se produjo en aquel momento una ruptura, se trastornó el conjunto de referencias sobre las que se había fundado la transmisión.
Muchas fiestas a las que estábamos apegados desaparecieron, como la fiesta de la Preciosísima Sangre, la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús, que daban una centralidad cristológica al tiempo litúrgico, o también la de la Visitación de la Santísima Virgen… El nuevo calendario no vehicula la misma expresión doctrinal.
En cuanto al nuevo leccionario, la idea es que enriquecería el conocimiento de la Palabra de Dios respecto al antiguo. Pero yo subrayaría que en el antiguo misal, entre el introito, el gradual, el ofertorio y la comunión, hay más de 1 000 citas de la Palabra de Dios procedentes del Antiguo y del Nuevo Testamento a lo largo del año…
No se puede decir que se esté «privado» de la Palabra de Dios, como han dicho algunos obispos: se bebe incluso directamente de ella, cosa que no ocurre en las celebraciones según el nuevo ritual, donde un canto de entrada sustituye al introito, otro acompaña la «procesión de las ofrendas» [procession des oblats], y así sucesivamente hasta la comunión, retomando solo en contadas ocasiones la Palabra de Dios en el texto.
Además, las lecturas, en el rito antiguo, no están tanto hechas para la instrucción de los fieles cuanto para ser momentos del acto litúrgico: se dirigen más a Dios que al hombre. Lo cual no impide en absoluto invitar a los fieles a practicar la lectio divina para profundizar en su conocimiento de la Palabra de Dios.
¿Se puede invocar a dom Guéranger en esta búsqueda litúrgica, como hace dom Kemlin?
Hacer de dom Guéranger el lejano precursor de la reforma litúrgica de 1969 es, cuando menos, muy ambicioso, por no decir abusivo. Me viene a la memoria una cita del gran restaurador de la abadía de Solesmes:
«Toda liturgia que hubiésemos visto comenzar, que no fuese la de nuestros padres, no podría, por tanto, merecer tal nombre.»
Esto excluye totalmente una hipotética adhesión de dom Guéranger a la reforma litúrgica.
El padre abad parece muy confiado en la recepción de semejante propuesta. Tanto respecto a los fieles como al Papa, ¿cuál es su opinión?
Creo que muestra un conocimiento aproximado de las aspiraciones reales de los fieles. En primer lugar, porque buena parte de los fieles del nuevo rito no tienen ninguna intención real de cambiar su liturgia. Es cierto que algunos de ellos dan el paso por completo cuando descubren la antigua liturgia, pero muchos viven muy bien su fe en su marco habitual.
En cuanto a los fieles apegados a la liturgia tradicional, difícilmente se puede imaginar que tengan ganas de modificar lo que sea, so pretexto de un supuesto acercamiento. Simplemente piden ser reconocidos en las especificidades litúrgicas y en el apego que son los suyos, sin contrapartida.
El Papa ya ha demostrado que está particularmente atento a la situación. En la carta que hizo llegar a la Conferencia Episcopal de Francia, invita a una nueva mirada de cada uno sobre el otro y a una mayor comprensión hacia su sensibilidad. Aunque no estoy muy de acuerdo con ese término de «sensibilidad» (se trata más bien de una cuestión de espiritualidad), esa nueva mirada permitiría acogerse mutuamente en la caridad y la unidad de la fe.
El final de su carta es muy claro: «Que el Espíritu Santo sugiera soluciones concretas que permitan incluir generosamente a las personas sinceramente apegadas al vetus ordo en el respeto de las orientaciones queridas por el concilio Vaticano II en materia de liturgia.»
El Papa se sitúa, pues, en una perspectiva a la vez pastoral y litúrgica. Me parece que no irá, por tanto, en la dirección de un apaño que podría precisamente debilitar a esas comunidades vinculadas al vetus ordo cuyo crecimiento subraya, y que simplemente piden ser reconocidas como la Iglesia había prometido hacerlo en 1988.
¿Qué ha llevado, en su opinión, al padre abad de Solesmes a hacer semejante propuesta?
La abadía de Solesmes nunca se había preocupado hasta ahora directamente de intervenir en la querella litúrgica. Hoy el padre abad toma posición para intentar resolver dificultades presentes en la Iglesia. En la entrevista que concedió a RCF, expresó que esta cuestión de la unidad litúrgica le toca íntimamente, porque ha conocido los dos ritos. Primero entró a los 20 años en la abadía de Fontgombault, donde se celebra según el antiguo misal, antes de llegar a Solesmes, donde los monjes celebran la misa según la reforma del Vaticano II en latín y en gregoriano.
Pero más allá de esta historia personal, un padre abad no se permitiría escribir al Papa y después hacer pública una carta de ese tipo si no entrase dentro de una cierta estrategia de campaña. Hay una perspectiva que no se debe olvidar: la del consistorio sobre la liturgia que tendrá lugar en el mes de junio.
Observo además que el cardenal Aveline, en su discurso de apertura de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Francia en Lourdes, mencionó también el consistorio y citó la carta del Papa. Esta última evoca «una dolorosa herida relativa a la celebración de la misa, el sacramento mismo de la unidad» (parece aludir a las posibles consagraciones episcopales en el seno de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X). Pero el cardenal añadió también:
«Todos sabemos la urgencia que hay en escuchar la sed espiritual de todos los bautizados, sea cual sea el modo en que se expresen, manteniendo firmemente el vínculo necesario con la gran Tradición de la Iglesia que se despliega en la comunión con todos los concilios, incluido el Vaticano II.»
Creo que todo se va a construir en torno a ese futuro consistorio. Y la iniciativa de dom Kemlin se inscribe en esa dinámica, ya sea una iniciativa personal o haya sido invitado a hacerlo.







