León XIV completa en Mónaco su segundo viaje apostólico con un llamamiento a la justicia social y la defensa de la vida
Viaje apostólico de León XIV a Mónaco

«Cada bien tiene un destino universal»

León XIV completa en Mónaco su segundo viaje apostólico con un llamamiento a la justicia social y la defensa de la vida

León XIV ha completado su visita al Principado de Mónaco con cuatro discursos en los que ha pedido defender la vida «desde la concepción hasta su fin natural», poner la riqueza al servicio de la justicia y purificarse de los ídolos del poder y el dinero.

(InfoCatólica) León XIV, primer Papa en visitar Mónaco, ha completado este sábado su segundo viaje apostólico con una jornada intensa en la que ha pedido al pequeño principado mediterráneo poner su riqueza al servicio de la justicia, defender la vida humana «desde su concepción hasta su fin natural» y purificarse de los ídolos del poder y el dinero que, advirtió, alimentan las guerras que ensangrientan el mundo.

El viaje, primero de 2026 y segundo del pontificado, ha llevado al Santo Padre a cuatro escenarios sucesivos: el Palacio del Príncipe, la catedral de la Inmaculada Concepción, la explanada de la iglesia de Santa Devota y el estadio Louis II, donde presidió la Eucaristía ante la comunidad católica monegasca. El lema elegido por la Iglesia local procede del Evangelio de Juan: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

La última vez que un Papa pisó suelo monegasco fue en 1538, cuando Pablo III fue recibido en el Principado, lo que convierte a León XIV en el primer pontífice en visitar Mónaco en casi cinco siglos. Mónaco es el segundo Estado soberano más pequeño del mundo después de la propia Ciudad del Vaticano r, y la Archidiócesis de Mónaco es la diócesis más pequeña del planeta por extensión territorial. La visita se gestó con rapidez tras la audiencia del Príncipe Alberto II en el Vaticano el 17 de enero de 2026

Saludo al Príncipe: la vocación de los pequeños

León XIV partió del helipuerto vaticano a las 7:22 y llegó a Mónaco a las 9:00. Antes de aterrizar envió telegramas al presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, y al jefe de Estado de la República Francesa, expresando sus deseos de «progreso espiritual, civil y social» para Italia y sus oraciones «por la paz y la prosperidad» de Francia. En el helipuerto monegasco fue recibido con 21 salvas de cañón por el Príncipe Alberto II y la Princesa Charlène.

En el Palacio del Príncipe, el Papa se presentó como «el primero entre los Sucesores del Apóstol Pedro en visitar el Principado de Mónaco en tiempos modernos» y desarrolló una reflexión sobre la vocación de la pequeñez. «En la Biblia, como saben, los pequeños marcan la historia», recordó, antes de señalar que la independencia monegasca encierra «una vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social, hoy amenazados por un ambiente generalizado de cerrazón y autosuficiencia».

Con la parábola de los talentos (cf. Mt 25,14-30) como hilo conductor, León XIV interpeló a una comunidad donde «no pocos ocupan cargos de considerable influencia en el ámbito económico y financiero» y recordó que «cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido, sino redistribuido, para que la vida de todos sea mejor». El horizonte del Reino de Dios, afirmó, «sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados».

El Papa encomendó al Principado, «por el vínculo tan profundo que lo une a la Iglesia de Roma», la tarea de profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia y «elaborar buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformadora», citando a san Pablo VI para subrayar que «para caminar se necesita la luz» y que «si el pensamiento refleja la verdad, entonces el camino se puede continuar de manera directa y ágil».

En la catedral: Cristo abogado y defensa de la vida

En la catedral de la Inmaculada Concepción, ante la comunidad católica, el Papa desarrolló su homilía en torno a la imagen de Cristo como «abogado» ante el Padre (cf. 1 Jn 2,1-2). Saludó al Príncipe Alberto, al arzobispo Dominique-Marie David y a los sacerdotes y religiosos presentes, y articuló su reflexión en dos ejes: el don de la comunión y el anuncio del Evangelio en defensa del hombre.

Sobre la comunión, León XIV valoró la composición cosmopolita de la Iglesia monegasca, integrada por monegascos, franceses, italianos y personas de muchas otras nacionalidades, como «una gran riqueza». «En la Iglesia, tales diferencias nunca se convierten en ocasión de división en clases sociales; al contrario, todos son acogidos en cuanto personas e hijos de Dios», afirmó, citando a san Pablo: «Ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28).

El segundo eje abordó directamente la defensa de la vida. El Papa pidió a la comunidad católica que anuncie «el Evangelio de la vida, de la esperanza y del amor» y lleve «la luz del Evangelio para que sea defendida y promovida la vida de todo hombre y de toda mujer desde su concepción hasta su fin natural». Advirtió contra el riesgo de que la fe se reduzca «a costumbre, aunque sea buena», e instó a una fe «siempre profética, capaz de suscitar preguntas y ofrecer provocaciones». Entre esas preguntas, planteó si el modelo económico y social vigente «está habitado por la ética de la responsabilidad» y si va más allá de «la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo», citando la encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI.

Con los jóvenes: santa Devota, san Carlo Acutis y el amor que da solidez

En la explanada frente a la iglesia de Santa Devota, León XIV se dirigió a los jóvenes y catecúmenos con un tono más cercano y coloquial. Evocó la figura de santa Devota, «una joven valiente que supo dar testimonio de su fe frente a la violencia de sus perseguidores, hasta llegar al martirio», cuyo cuerpo llegó providencialmente desde Córcega a la costa monegasca. «Querían aniquilarla, borrar todo recuerdo suyo y, en cambio, su sacrificio llevó aún más lejos el mensaje de paz y amor del Evangelio», señaló.

A la memoria de la patrona monegasca sumó la de san Carlo Acutis, «otro joven enamorado de Jesús», cuya veneración se ha incorporado recientemente a la iglesia de Santa Devota. El Papa recordó su condición de patrono del apostolado en internet y su famosa definición de la Eucaristía como «autopista hacia el Cielo».

Respondiendo a los testimonios de varios jóvenes, entre ellos Benjamin, Andreia, Ethan y Sophie, el Papa centró su mensaje en el amor como antídoto contra la dispersión del mundo contemporáneo. «Vivimos en un mundo que parece ir siempre de prisa, ávido de novedades, amante de una fluidez sin vínculos, marcado por una necesidad casi compulsiva de cambios continuos», diagnosticó, pero recordó que «lo que da solidez a la vida es el amor». Frente al vacío que se intenta llenar «con el reconocimiento de miles de "me gusta" o con afiliaciones condicionantes, artificiales, a veces incluso violentas», pidió «despejar la puerta del corazón» para que «el fuerte viento del Espíritu Santo pueda volver a henchir las velas de nuestra existencia».

«Mónaco es un país hermoso, pero la verdadera belleza la llevas dentro de ti, cuando sabes mirar a los ojos a quien sufre o a quien se siente invisible entre las luces de la ciudad», dijo a los jóvenes, a los que encomendó ser «constructores de paz» y llevar «el Evangelio a las decisiones de su trabajo, a su compromiso social y político, para dar voz a quienes no la tienen».

La Misa en el estadio: purificación de los ídolos y misericordia

El momento culminante de la jornada fue la celebración eucarística en el estadio Louis II. León XIV predicó sobre el pasaje evangélico de la condena de Jesús por el sanedrín tras la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11,45-57), presentando dos «movimientos opuestos»: la revelación de Dios como Señor omnipotente y salvador, y «la acción oculta de autoridades poderosas, dispuestas a matar sin escrúpulos». «¿No es lo que ocurre hoy?», preguntó.

Con la profecía de Ezequiel (Ez 37,23) como marco, el Papa desarrolló una catequesis sobre la purificación de los ídolos. «La palabra ídolo significa "pequeña idea", es decir, una visión reducida, que empequeñece no sólo la gloria del Omnipotente, transformándolo en un objeto, sino también la mente del hombre», explicó, señalando que «incluso las cosas grandes y buenas de esta tierra se convierten en ídolos, transformándose en formas de esclavitud no para el que no las tiene, sino para el que se atiborra de ellas, dejando al prójimo en la miseria y en la tristeza».

La homilía adquirió su tono más solemne al abordar las guerras y la defensa de la vida. «Las guerras que ensangrientan nuestro presente son fruto de la idolatría del poder y del dinero. Cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo», proclamó, pidiendo no acostumbrarse «al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra». La paz, afirmó, «no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir».

El Papa concluyó con un llamamiento a la comunidad monegasca para que sea «lugar de acogida, de dignidad para los pequeños y los pobres, de desarrollo integral e inclusivo», invocando la protección de la Virgen María y recordando que la misericordia, como enseñó el Papa Francisco, «rechaza la cultura del descarte». Tras la despedida oficial, León XIV regresó al Vaticano a las 17:45.

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