(NCR/InfoCatólica) La Iglesia Católica ha ido trazando en los últimos años una respuesta cada vez más precisa ante el avance de la inteligencia artificial. A la espera de una posible encíclica de León XIV sobre esta materia, todavía no confirmada oficialmente por el Vaticano, diversos textos recientes muestran ya una línea doctrinal bastante definida sobre los desafíos éticos, sociales y antropológicos que plantea esta tecnología.
El propio nombre elegido por León XIV enlaza esta cuestión con una gran transformación histórica. El artículo recuerda que León XIII fue conocido por su implicación en los profundos cambios sociales de la revolución industrial, sobre todo a través de la encíclica «Rerum Novarum» de 1891. Su sucesor ha explicado que escogió su nombre, en parte, por su deseo de afrontar lo que ha llamado la siguiente «revolución industrial», es decir, los desarrollos en el campo de la inteligencia artificial, que «plantean nuevos desafíos para la defensa de la dignidad humana, la justicia y el trabajo».
Uno de los primeros hitos mencionados es la «Rome Call for AI Ethics», publicada en febrero de 2020 por la Pontificia Academia para la Vida. Ese documento, al que después se han adherido grandes compañías tecnológicas, reclama un uso ético de la inteligencia artificial guiado por principios como la transparencia, la inclusión, la responsabilidad, la imparcialidad, la fiabilidad y la seguridad junto con la protección de la privacidad. El texto sostiene que la inteligencia artificial debe estar al servicio de todas las personas sin discriminación, evitar toda explotación y ayudar al hombre a desarrollar sus propias capacidades. De hecho, afirma: «Mientras diseñamos y proyectamos la sociedad del mañana, el uso de la inteligencia artificial debe seguir formas de acción socialmente orientadas, creativas, relacionales, productivas, responsables y capaces de tener un impacto positivo en la vida personal y social de las generaciones más jóvenes».
La orientación más desarrollada hasta ahora llegó en enero de 2025 con «Antiqua et Nova», un documento de unas treinta páginas publicado bajo el pontificado de Francisco. Según la síntesis recogida en la noticia, ese texto contrapone la naturaleza humana, relacional y abierta a la verdad, con los sistemas modernos de inteligencia artificial, que operan sobre todo mediante reconocimiento de patrones y carecen de las dimensiones creativa, espiritual y moral del pensamiento humano. El documento pide un marco ético fuerte para guiar el desarrollo y la aplicación de estas tecnologías, señala diversos peligros y subraya que la inteligencia artificial debe respetar y promover siempre la dignidad intrínseca de todo ser humano. Incluso añade que su desarrollo debería impulsarnos a «una renovada apreciación de todo lo humano».
León XIV comenzó a referirse públicamente a este tema casi desde el inicio de su pontificado. En mayo de 2025, en un discurso al Colegio de Cardenales, afirmó: «En nuestros días, la Iglesia ofrece a todos el tesoro de su doctrina social en respuesta a otra revolución industrial y a los desarrollos en el campo de la inteligencia artificial que plantean nuevos desafíos para la defensa de la dignidad humana, la justicia y el trabajo». Con esa intervención situó de inmediato la cuestión de la inteligencia artificial en el terreno propio de la doctrina social de la Iglesia.
Un mes después, en junio de 2025, en un mensaje a la Segunda Conferencia Anual sobre Inteligencia Artificial, Ética y Gobernanza Corporativa, el Pontífice insistió en que cualquier marco ético adecuado para gobernar la inteligencia artificial debe reconocer y respetar lo que es propio de la persona humana, especialmente el bien de los niños. Allí afirmó que el camino correcto «implica tener en cuenta el bienestar de la persona humana no solo en el plano material, sino también en el intelectual y espiritual; significa salvaguardar la dignidad inviolable de cada persona humana y respetar las riquezas culturales y espirituales y la diversidad de los pueblos del mundo. En definitiva, los beneficios o los riesgos de la inteligencia artificial deben evaluarse precisamente según este criterio ético superior».
También en junio de 2025, en un discurso a participantes en el Jubileo de los Gobiernos, León XIV advirtió contra toda reducción mecanicista de la vida humana. Subrayó que «nuestra vida personal tiene más valor que cualquier algoritmo, y las relaciones sociales requieren espacios de desarrollo que trascienden con mucho los patrones limitados que cualquier máquina sin alma puede preconfigurar». Añadió además que la memoria humana es «creativa, dinámica, generativa, capaz de unir pasado, presente y futuro en una búsqueda viva y fecunda de sentido, con todas las implicaciones éticas y existenciales que eso comporta».
En julio de 2025, en un mensaje enviado a la cumbre «AI for Good Summit 2025» por medio del cardenal Pietro Parolin, el Papa volvió a insistir en que la inteligencia artificial ha de desarrollarse y usarse para el bien común, al servicio de la humanidad entera. En esa ocasión señaló que, aunque pueda simular algunos aspectos del razonamiento humano y ejecutar determinadas tareas con velocidad y eficacia extraordinarias, no puede reproducir el discernimiento moral ni la capacidad de establecer relaciones auténticas. Por eso afirmó: «El desarrollo de tales avances tecnológicos debe ir de la mano del respeto a los valores humanos y sociales, la capacidad de juzgar con conciencia recta y el crecimiento en la responsabilidad humana».
En noviembre de 2025, durante un mensaje dirigido al «Builders AI Forum», celebrado en el Vaticano para quienes construyen sistemas de inteligencia artificial, León XIV agradeció a todos aquellos que, mediante la investigación, el emprendimiento y la visión pastoral, buscan que las tecnologías emergentes permanezcan orientadas hacia la dignidad de la persona humana y el bien común. Citando «Antiqua et Nova», recordó que la inteligencia artificial, como toda invención humana, brota de la capacidad creativa que Dios ha confiado a todos los hombres. A partir de ahí formuló una exhortación muy concreta: «La Iglesia, por tanto, llama a todos los constructores de inteligencia artificial a cultivar el discernimiento moral como parte fundamental de su trabajo, para desarrollar sistemas que reflejen la justicia, la solidaridad y una auténtica reverencia por la vida».
Ese mismo mes, al dirigirse a un congreso sobre «Inteligencia artificial y medicina: el desafío de la dignidad humana», el Papa recalcó que, para que exista verdadero progreso en el ámbito sanitario, «es imperativo que la dignidad humana y el bien común sigan siendo prioridades firmes para todos, tanto individuos como entidades públicas». En ese contexto advirtió: «Es fácil reconocer el potencial destructivo de la tecnología e incluso de la investigación médica cuando se ponen al servicio de ideologías antihumanas». Al mismo tiempo, valoró como especialmente significativa la exploración de las posibilidades de la inteligencia artificial en medicina, con una condición muy clara: «Si la inteligencia artificial ha de servir a la dignidad humana y a la prestación eficaz de la atención sanitaria, debemos asegurarnos de que realmente mejore tanto las relaciones interpersonales como la atención prestada».
Otra intervención de noviembre de 2025 estuvo dedicada a la «Dignidad de los niños y adolescentes en la era de la inteligencia artificial». Allí León XIV alertó de manera expresa sobre la especial vulnerabilidad de los menores frente a la manipulación algorítmica. Dijo que «los niños y los adolescentes son particularmente vulnerables a la manipulación mediante algoritmos de inteligencia artificial que pueden influir en sus decisiones y preferencias». Por ello consideró esencial que padres y educadores conozcan esas dinámicas y que se desarrollen herramientas para vigilar y orientar la interacción de los jóvenes con la tecnología. Añadió, por encima de todo, que los menores necesitan guía en el uso de la inteligencia artificial mediante «esfuerzos educativos diarios y constantes». Del mismo modo, atribuyó a los gobiernos y a las organizaciones internacionales la responsabilidad de diseñar e implantar políticas que protejan la dignidad de los menores, actualizando incluso las leyes de protección de datos ante los nuevos desafíos tecnológicos.
La preocupación por los jóvenes apareció también en una intervención en directo ante miles de asistentes a la National Catholic Youth Conference de Indianápolis. Respondiendo a la pregunta de un joven sobre el uso responsable de la inteligencia artificial, el Papa le dijo que eso significa «usarla de manera que te ayude a crecer, nunca de forma que te distraiga de tu dignidad o de tu llamada a la santidad». Luego añadió una advertencia muy concreta: «Y no le pidas que haga tus deberes por ti». A continuación explicó por qué: «No puede ofrecer sabiduría real. Le falta un elemento humano muy importante: la inteligencia artificial no juzgará entre lo que está verdaderamente bien y mal. Y no se quedará admirada, con una admiración auténtica, ante la belleza de la creación de Dios». Finalmente exhortó a los jóvenes a usarla de tal modo que, si desapareciera al día siguiente, siguieran sabiendo pensar, crear, actuar por sí mismos y formar amistades auténticas, recordándoles que la inteligencia artificial nunca podrá sustituir «ese don único que tú eres para el mundo».
En diciembre de 2025, en un discurso titulado «Inteligencia artificial y cuidado de nuestra casa común», León XIV reiteró la importancia de proteger la «libertad de mente» de los jóvenes. Reconoció que la inteligencia artificial ha abierto nuevos horizontes para la creatividad, pero advirtió al mismo tiempo sobre sus posibles repercusiones en la apertura del hombre a la verdad y a la belleza, así como en su capacidad de asombro y contemplación. Por eso afirmó: «Reconocer y salvaguardar lo que caracteriza a la persona humana y garantiza su crecimiento equilibrado es esencial para establecer un marco adecuado de gestión de las consecuencias de la inteligencia artificial».
Ya en enero de 2026, en su primer mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, el Papa advirtió de que la inteligencia artificial y las tecnologías digitales pueden socavar las relaciones humanas y distorsionar la realidad si no están guiadas por la responsabilidad y enraizadas en la educación. También puso en guardia frente a la tentación de entregar el juicio humano a algoritmos y sistemas automatizados, especialmente a aquellos construidos para maximizar la interacción en las redes sociales. En ese contexto afirmó: «Nuestros rostros y nuestras voces son rasgos únicos y distintivos de cada persona. Los rostros y las voces son sagrados».
El recorrido trazado por la noticia culmina en marzo de 2026 con «Quo Vadis, Humanitas», un documento de la Comisión Teológica Internacional, presidida por el cardenal Víctor Manuel Fernández en cuanto prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y aprobado por León XIV. Ese texto advierte que formas de conocimiento y cálculo separadas de la inteligencia humana encarnada y situada, y también del conocimiento relacional transmitido de generación en generación mediante la educación, pueden convertirse en una amenaza para el verdadero bien de la humanidad.
De todo este conjunto de intervenciones emerge una línea coherente. La Iglesia no niega la utilidad potencial de la inteligencia artificial ni rechaza sin más el desarrollo tecnológico. Pero insiste en que la técnica debe permanecer sometida a la verdad sobre el hombre, a la ley moral, a la defensa del bien común y al reconocimiento de la dignidad inviolable de cada persona creada por Dios. En esa visión, la inteligencia artificial no puede ocupar el lugar de la conciencia, ni sustituir el discernimiento moral, ni vaciar las relaciones humanas de su espesor real, ni moldear a los niños según intereses ajenos a su bien.
Así, mientras el mundo espera una eventual encíclica que pueda dar forma más sistemática a esta enseñanza, la respuesta católica a la inteligencia artificial aparece ya claramente delineada: reverencia por la vida, defensa de la persona, protección de los menores, primacía de la verdad, responsabilidad en el uso de la técnica y firme rechazo de toda deriva antihumana que pretenda reducir al hombre a mera función, dato o algoritmo.







