(ArchiToledo/InfoCatólica) El Arzobispo de Toledo y Primado de España, Mons. Francisco Cerro Chaves, ha ofrecido un decálogo con las razones que explican la persistente fecundidad vocacional de su seminario, uno de los más numerosos del país, en un escrito dominical publicado con motivo del Día del Seminario.
«Con frecuencia me preguntan cuál es el secreto de que nuestros Seminarios sigan siendo todavía bendecidos con vocaciones», reconoce el prelado, que presenta el documento como «una síntesis de lo que he visto esencial en nuestro Seminario, potenciado por los pastores que han servido la sede primada, regada por la sangre de los mártires y sostenida por el testimonio de santidad de tantas vidas».
Fe, no razones humanas
El primer principio que señala Mons. Cerro es que la entrada y la permanencia en el seminario obedecen a razones de fe, no a motivaciones humanas. En este punto invoca las palabras que el Papa León XIV dirigió al Seminario Menor de Toledo en febrero de este año: «La vocación nace de la mirada de Cristo y se sostiene en la fe que confía plenamente en Él».
El segundo punto subraya que es la Iglesia quien confirma la vocación. También aquí el arzobispo se apoya en el Santo Padre: «Nadie se da a sí mismo la misión: es la Iglesia quien confirma la llamada que Dios ha sembrado en el corazón».
El tercer aspecto apela a la transformación interior del seminarista: «Debo dejar que el Seminario pase por mí, entre dentro de mí y me vaya formando y transformando», escribe el prelado, que recurre a una imagen elocuente: «No podemos ser como esos cantos rodados que vemos en los ríos de montaña: el agua pasa sobre ellos, pero no entra en su interior».
Formación sólida, sin nostalgias
El decálogo insiste en formar «seminaristas muy humanos, pero nada mundanos», que compartan los gozos y las angustias de sus hermanos, y en ofrecer una formación «sólida y profunda» anclada en el Magisterio, «para no convertir a nuestros seminarios en un laboratorio de todo tipo de experiencias cuyo final todos conocemos». La Palabra de Dios, la doctrina de la Iglesia y la experiencia de los santos vertebran esa formación, según el arzobispo, que cita de nuevo a León XIV: «El sacerdote nace de la Palabra escuchada, acogida y hecha vida».
Mons. Cerro descarta también cualquier tentación de nostalgia: «Sin nostalgias de un pasado que no volverá. Con ojos de fe, viviendo el presente en comunión con Pedro, nos formamos para vivir lo esencial: ser santos e irreprochables ante Él por el amor».
Fraternidad, devoción mariana y patronazgo de los santos
Los últimos puntos del decálogo apelan a la fraternidad como signo del seminario, entendido como «presbiterio en gestación» que debe vivir «como una familia», respetando «la sana pluralidad de sensibilidades» en comunión eclesial. El arzobispo encomienda el seminario al Corazón de la Inmaculada, de quien dice que «cuida de cada seminarista para que alcance la meta de una vida sacerdotal entregada y generosa», y al patronazgo de San Ildefonso, el Beato Sancha y los mártires de la persecución religiosa en España.
El escrito se cierra con un testimonio personal: «En el Seminario de Toledo estudié Teología. Aquí fui ordenado sacerdote», rememora Mons. Cerro, que concluye con una afirmación rotunda: «Si volviera a nacer, no dudaría en ser sacerdote. No dudaría en entregar mi vida a Aquel que me amó y me eligió primero».
Carta de Mons. Cerro
Con frecuencia me preguntan cuál es el secreto de que nuestros Seminarios sigan siendo todavía bendecidos con vocaciones. Esta pregunta nos hace vivir en una profunda humildad y en un sincero agradecimiento por todo lo que nuestro Padre Dios, por mediación del Corazón de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, ha concedido a la Archidiócesis de Toledo para bien de la Iglesia universal y para una humanidad incapaz de encontrar caminos de vuelta al Señor, marcada por la apostasía y, sobre todo, cansada y agobiada porque le falta el Amor de los amores. Quisiera ofrecer este decálogo como una síntesis de lo que he visto esencial en nuestro Seminario, potenciado por los pastores que han servido la sede primada, regada por la sangre de los mártires y sostenida por el testimonio de santidad de tantas vidas.
- Entramos en el Seminario por razones de fe, no por razones humanas; y permanecemos por razones de fe. Nos lo recordaba el papa León XIV al dirigirse al Seminario Menor: cuando perdemos la dimensión sobrenatural de nuestra vocación, lo perdemos todo. Como ha señalado el Santo Padre, «la vocación nace de la mirada de Cristo y se sostiene en la fe que confía plenamente en Él».
- En el Seminario se discierne la vocación que ponemos en manos de la Iglesia. La ordenación llega cuando esa llamada ha sido confirmada por ella, que es el cuerpo de Cristo. La Iglesia corrobora aquello que comenzó el día en que sentimos que Jesús nos decía: «Ven y sígueme». Como recuerda el papa León XIV, «nadie se da a sí mismo la misión: es la Iglesia quien confirma la llamada que Dios ha sembrado en el corazón».
- Debo dejar que el Seminario pase por mí, entre dentro de mí y me vaya formando y transformando. La formación debe ayudarnos a vivir con los sentimientos del Corazón de Jesús. No podemos ser como esos cantos rodados que vemos en los ríos de montaña: el agua pasa sobre ellos, pero no entra en su interior.
- Seminaristas muy humanos, pero nada mundanos. Vivimos –como nos recuerda el Concilio Vaticano II– los gozos, las esperanzas, las tristezas y las angustias de nuestros hermanos. El mundo espera sacerdotes santos que sepan acompañar a las personas en el camino de la vida.
- Formación sólida y profunda. Siempre desde el Magisterio de la Iglesia, para no convertir a nuestros seminarios en un laboratorio de todo tipo de experiencias cuyo final todos conocemos.
- Formación desde la Palabra de Dios. Desde la Palabra viva, desde la doctrina de la Iglesia, desde la experiencia de los santos y en diálogo con un mundo que necesita más que nunca al Redentor del mundo. Como afirma el papa León XIV, «el sacerdote nace de la Palabra escuchada, acogida y hecha vida».
- Sin nostalgias de un pasado que no volverá. Con ojos de fe, viviendo el presente en comunión con Pedro, nos formarnos para vivir lo esencial: ser santos e irreprochables ante Él por el amor.
- El Seminario, como presbiterio en gestación, debe ser una comunidad que viva como una familia. En fraternidad que potencia lo que nos une para vivir con un solo corazón. Respetando la sana pluralidad de sensibilidades que reafirman una sola fe, un solo Bautismo y un solo Señor, en comunión con Pedro en su Iglesia.
- Ponemos el Seminario en el Corazón de la Inmaculada. Ella cuida de cada seminarista para que alcance la meta de una vida sacerdotal entregada y generosa,. Como ha recordado también el papa León XIV, «toda vocación florece bajo la mirada materna de María, que enseña a decir sí a Dios».
- Encomendamos nuestro Seminario a san Ildefonso, al beato Sancha y a tantos pastores santos que han pasado por él. También a los mártires de la persecución religiosa en España, para que sigan bendiciendo a nuestros Seminarios Mayor y Menor. Que nos concedan muchas y santas vocaciones, para que en la Iglesia que camina en Toledo no falten pastores según el Corazón de Cristo.
En el Seminario de Toledo estudié Teología. Aquí fui ordenado sacerdote. Recuerdo con agradecimiento y alegría aquellos años en los que, aunque no faltaron dificultades, nunca nos faltó la gracia de Dios para afrontarlas. Si volviera a nacer, no dudaría en ser sacerdote. No dudaría en entregar mi vida a Aquel que me amó y me eligió primero.







