(InfoCatólica) Hace dos semanas, informamos sobre la llamativa reducción del número de parroquias que está previsto realizar en la diócesis francesa de Saint Claude: caída de 65 a 11 parroquias. La razón dada para esa reducción es la falta de sacerdotes activos (un total de 53 sacerdotes diocesanos y 6 religiosos).
Esta tendencia resulta significativa porque muestra el camino que van a seguir la gran mayoría de las diócesis rurales de Occidente. La escasez de sacerdotes se hace especialmente evidente en diócesis formadas por poblaciones pequeñas, que no pueden atenderse adecuadamente con el pequeño número de sacerdotes disponible. La disminución del número de parroquias (manteniendo, cuando se puede, los templos) permite reducir las gestiones parroquiales y así dejar más tiempo libre a los presbíteros para sus otras tareas.
El número de parroquias y de sacerdotes, sin embargo, no es lo único que cae. La reciente publicación en el sitio web de la diócesis de algunos datos económicos ha arrojado nueva luz sobre la situación de Saint Claude, que puede extrapolarse a muchas otras diócesis. En primer lugar, cabe señalar que, de los 53 sacerdotes mencionados por la diócesis, solo 29 aún no están jubilados. Así pues, la verdadera situación sacerdotal de la diócesis es muy precaria y explica la necesidad de reducir drásticamente el número de parroquias.
También cabe señalar que, aparte de los 29 sacerdotes que aún reciben un salario, la diócesis cuenta con 24 laicos y 5 religiosas que cobran un salario diocesano. Es decir, la diócesis tiene tantos empleados como sacerdotes diocesanos.
Esto supone que, a medida que el número de sacerdotes se hace muy pequeño, los gastos fijos de una diócesis destinados a trabajadores laicos absorben una parte desproporcionada de los recursos, hasta hacerse potencialmente inasumibles si continúa disminuyendo el número de sacerdotes. En comparación, en una diócesis grande y con clero relativamente abundante como la de Madrid, el salario de los empleados laicos supone solo un 11,6 % de la cantidad dedicada a los salarios de sacerdotes.
En efecto, la disminución del número de sacerdotes y de parroquias suele ir aparejada a la disminución de las donaciones. Como señala el portal Riposte Catholique, en Saint Claude el total de donaciones y, sobre todo el número de donantes, no han dejado de caer desde 2019. Este año, en la colecta del denario de la Iglesia se han recaudado 1,22 millones de euros, procedentes de 5.323 donantes, lo que supone una caída de la recaudación del 15% y un descenso del 28 % del número de donantes con respecto a 2019.
El “denario de la Iglesia” (anteriormente denominado denario del culto y, más antiguamente aún, denario del clero) es el nombre que se da en Francia a la colecta anual que se hace en las parroquias para sufragar los sueldos de sacerdotes y laicos asalariados de la diócesis, además de las ayudas para sacerdotes jubilados y seminaristas en formación (cuando los hay).
¿Qué conclusión se puede sacar de todos estos datos de Saint Claude, probablemente similares a los de otras muchas diócesis pequeñas? A primera vista, que, conforme va descendiendo el número de sacerdotes, quizá no baste con reducir el número de parroquias y haya que reducir también el número de diócesis. Es muy posible que las diócesis pequeñas, cada vez con menos sacerdotes y parroquias, pronto no puedan hacer frente a los gastos burocráticos y administrativos que requiere una diócesis.
Sin duda, resultaría muy doloroso eliminar diócesis que, en Europa, a menudo tienen una historia de muchos siglos o incluso milenaria, pero puede que las circunstancias obliguen a dar ese paso. O, alternativamente, quizá sea posible reducir las necesidades de administración diocesana prescindiendo de actividades superfluas y remitiendo todo lo que no sea necesariamente local a las grandes archidiócesis metropolitanas.
¿Tiene sentido una diócesis con solo una treintena de sacerdotes? ¿O con solo once parroquias? Puede que sí e incluso puede que ese pequeño tamaño resulte positivo, siempre que el funcionamiento diocesano se simplifique al máximo. La inercia burocrática, sin embargo, dificultará mucho la necesaria simplificación.







