(AICA/InfoCatólica) Monseñor Jean-Marie Chami, vicario patriarcal general greco-católico melquita para Egipto, Sudán y Sudán del Sur, ha dirigido una carta-llamado a cristianos, judíos y musulmanes para promover una «adoración por la paz» ante la violencia que atraviesa al mundo.
En su mensaje, el prelado afirma que la situación internacional interpela de un modo especial a quienes hablan en nombre de la fe. Por ello recuerda que las tradiciones espirituales de las grandes religiones coinciden en señalar que la paz forma parte de la voluntad de Dios y no puede ser relegada ni manipulada al servicio de intereses bélicos.
La exhortación surge en un contexto marcado por conflictos armados y tensiones internacionales. Dentro de ese marco, monseñor Chami aludió a recientes declaraciones del secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, quien citó versículos del Salmo 144 para rendir homenaje a soldados estadounidenses involucrados en operaciones militares vinculadas al conflicto con Irán.
Frente a este tipo de interpretaciones religiosas en medio de la guerra, el obispo propuso releer los textos sagrados de las distintas tradiciones a partir de su mensaje de paz. Su planteamiento apunta a desenmascarar el uso indebido de la religión cuando esta se convierte en argumento para bendecir la violencia o para justificar enfrentamientos entre pueblos.
En esa línea evocó pasajes de la Torá que exhortan a ofrecer primero la paz antes de entrar en combate, así como la bendición del Libro de los Números, que invoca la paz de Dios sobre su pueblo. También citó el Corán, donde se invita a inclinarse hacia la paz cuando el adversario lo hace.
A ello sumó la profecía de Miqueas, que anuncia el tiempo en que las naciones convertirán las espadas en instrumentos de trabajo y no aprenderán más el arte de la guerra. Todas esas referencias, según subraya el prelado, vuelven todavía más dolorosa la paradoja de los conflictos actuales, en los que en ocasiones se recurre a argumentos religiosos para legitimar la violencia.
Monseñor Chami describió además las consecuencias humanas de las guerras actuales con particular gravedad. Habló de familias que abandonan sus hogares, de pueblos enteros obligados al exilio y de niños que pierden su infancia en medio de la devastación bélica. Esa realidad, profundamente contraria al orden querido por Dios, exige una respuesta espiritual seria y perseverante.
Por ello invitó a responder con la fuerza de la oración y del ayuno, recordando las palabras de Jesús en el Evangelio según san Marcos sobre la necesidad de la oración para enfrentar el mal. Lejos de una religiosidad vacía o meramente decorativa, el obispo plantea un recurso decidido a las armas espirituales propias de los creyentes cuando el mundo se hunde en la violencia.
El mensaje concluye con una invocación por el don de la paz, confiada a la intercesión de san Francisco de Asís, de María de Jesús Crucificado, patrona de Tierra Santa y del Medio Oriente, y de los «Santos Inocentes», presentados como símbolo de las víctimas inocentes de las guerras actuales.
El llamamiento del vicario patriarcal melquita vuelve a poner en primer plano una verdad elemental que demasiadas veces se oscurece en medio de la propaganda ideológica y militar: Dios no puede ser invocado honestamente para santificar la destrucción del hombre. Ante la guerra, el deber de los creyentes no es alimentar el odio, sino implorar la paz, denunciar la instrumentalización de lo sagrado y mantenerse fieles a la ley de Dios, que llama a la justicia, a la conversión y a la concordia entre los pueblos.







