(ACI/InfoCatólica) Decenas de seminaristas nicaragüenses que han concluido sus estudios de Filosofía y Teología aguardan en un limbo canónico sin fecha de resolución. El régimen de Daniel Ortega y su esposa y copresidenta Rosario Murillo ha prohibido la celebración de ordenaciones de sacerdotes y diáconos en las cuatro diócesis cuyos obispos permanecen en el exilio: Jinotega, Siuna, Matagalpa y Estelí. La medida agrava una crisis pastoral que se arrastra desde 2018 y que ha vaciado de clero activo algunas de las regiones más vulnerables del país.
Cuatro diócesis sin obispo, sin ordenaciones
Las cuatro diócesis afectadas por la prohibición tienen en común la ausencia de su obispo en el territorio nacional. El último en ser expulsado fue Monseñor Carlos Herrera, obispo de Jinotega y presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, que fue desterrado en noviembre de 2024 tras denunciar públicamente que un alcalde afín al régimen había interrumpido una Misa con música a alto volumen. Meses antes de su expulsión, Mons. Herrera había presidido en la diócesis vecina de Matagalpa la ordenación de un sacerdote y siete diáconos, una celebración que la investigadora nicaragüense Martha Patricia Molina calificó como un «oasis litúrgico».
Esa ordenación tuvo lugar seis meses después de que Monseñor Rolando Álvarez, obispo de Matagalpa y Administrador Apostólico de Estelí, fuera expulsado a Roma en enero de 2024 junto con Monseñor Isidoro Mora, obispo de Siuna.
«El odio de la dictadura contra Monseñor Rolando»
ACI Prensa ha recabado el testimonio de tres sacerdotes nicaragüenses en el exilio que, por temor a represalias, solicitaron el anonimato. El primero de ellos explicó que «el gobierno es el que está influyendo en las ordenaciones», y atribuyó la situación en Matagalpa al «odio de la dictadura contra Monseñor Rolando». Según su relato, la policía es el instrumento ejecutor de la prohibición y la vigilancia sobre el clero se ha intensificado en los últimos meses.
Este mismo sacerdote advirtió de que el régimen persigue «suplantar a los obispos», y lamentó que algunos clérigos «no luchan para no complicarse la vida, con la idea de salvar a sus diócesis, pero al final están cediendo su mandato a lo que dice el gobierno». Matagalpa sería la diócesis más castigada: al menos 32 de sus presbíteros se encuentran fuera del país.
El segundo sacerdote consultado subrayó que «sobre todo en las diócesis que no tienen obispo, la vigilancia es todavía más extrema para evitar que otro obispo de otra diócesis venga a celebrar algo». Informó de que en Siuna hay actualmente unos siete candidatos al sacerdocio que terminaron sus estudios en 2025, más otro grupo de 2024, y todos siguen a la espera de ser ordenados.
El obstáculo político a las cartas de ordenación
El tercer sacerdote ofreció una explicación técnica sobre el mecanismo de bloqueo. Para celebrar una ordenación, el obispo de la diócesis debe emitir una carta de autorización, que puede remitirse por correo electrónico desde el exilio. El problema, según este sacerdote, es político: «El gobierno interpreta ese permiso, esas cartas, como una irrupción en la soberanía que ellos tienen y ven como una amenaza a un obispo que está fuera y sigue gobernando su diócesis».
En cambio, las cinco circunscripciones donde sí se pueden celebrar ordenaciones, la Arquidiócesis de Managua y las diócesis de León, Juigalpa, Granada y Bluefields, cuentan con sus obispos en el territorio nacional. El tercer sacerdote señaló que estos prelados tienen «un perfil muy prudente» y que definirlos como aliados del régimen «no es verdad, simplemente son más prácticos por el bien de sus pastores y de su rebaño». En diciembre de 2025 se ordenaron tres diáconos en Juigalpa; en enero de este año, dos en Bluefields; en junio de 2025, ocho diáconos en Managua que en noviembre fueron ordenados sacerdotes; y el pasado 28 de febrero se ordenó un diácono en León.
Un clero diezmado y parroquias en riesgo de cierre
Las consecuencias pastorales son, según Molina, autora del informe Nicaragua: Una Iglesia perseguida, «alarmantes»: «Matagalpa opera hoy con apenas el 30% de su clero activo. Siete de cada diez sacerdotes han sido forzados al exilio o el destierro», mientras que «Estelí y Jinotega presentan reducciones de hasta el 50% en su capacidad pastoral, dejando comunidades enteras sin la celebración regular de la Eucaristía».
La investigadora advirtió de que «sin un relevo que sustituya a los sacerdotes desterrados, expulsados o fallecidos, la Iglesia Católica en Nicaragua enfrenta la posibilidad real de un cierre progresivo de parroquias», y señaló que «la ausencia del sacerdote significa» para los fieles «el fin del acompañamiento social y la pérdida del auxilio sacramental».
En el contexto más amplio de la persecución religiosa, un informe del Centro Europeo para el Derecho y la Justicia publicado en enero de 2025 denunció una estrategia gubernamental dirigida a erradicar la influencia espiritual de las iglesias cristianas en favor de una ideología política que promueve el culto al régimen sandinista.
Vocaciones que no cesan y una Iglesia que no se detiene
Pese al panorama, los tres sacerdotes exiliados coinciden en que las vocaciones no se han detenido. Según el testimonio recogido por ACI Prensa, «el Señor sigue suscitando jóvenes valientes que lo escuchan y entran en el proceso de discernimiento vocacional».
El tercer sacerdote destacó que la Iglesia ha encontrado vías para sortear la persecución: «Aun cuando el gobierno quiere impedir que se ordenen sacerdotes, ha habido maneras en las que la Iglesia, los obispos, han gestionado y buscado que se den sin que el gobierno se dé cuenta. Esto nos demuestra la astucia de la Iglesia ante las adversidades, cómo se reinventa, cómo se sigue evangelizando». En febrero, el medio Mosaico CSI informó de que dos nicaragüenses habían sido ordenados sacerdotes en la diócesis costarricense de Limón en condiciones de clandestinidad.
La reflexión final de este sacerdote resume la situación con una imagen precisa: «La Iglesia en Nicaragua está crucificada pero no está inmovilizada. La cruz sigue aún más dando frutos porque la Iglesia no está acomodada, no está estática. Está en movimiento. Eso es lo que produce movimiento».







