(InfoCatólica) La convicción de que la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, unido no por lengua ni cultura sino por la fe en Cristo, y llamado a ser signo de unidad en medio de los conflictos de nuestro tiempo, presidió la audiencia general que León XIV celebró este miércoles en la Plaza de San Pedro.
El Papa continuó así su ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, iniciado el pasado 7 de enero. En esta ocasión, el Santo Padre dedicó su reflexión al segundo capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, centrado en la naturaleza de la Iglesia como Pueblo de Dios.
Desde Abraham hasta Cristo: una historia de elección gratuita
El Pontífice arrancó su meditación desde los orígenes del pueblo elegido. Dios, explicó, lleva a cabo su obra de salvación en la historia eligiendo a un pueblo concreto y habitando en él. Desde la llamada a Abraham, a quien prometió una descendencia «numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar» (Gen 22,17-18), hasta la alianza sellada con Israel tras la liberación de la esclavitud, el Señor acompaña, cuida y recoge a su pueblo cada vez que se dispersa.
La identidad de ese pueblo, subrayó el Papa, no proviene de ningún mérito humano, sino de la acción gratuita de Dios y de la fe en Él. Está llamado a ser luz para las naciones, «como un faro que atraerá a todos los pueblos, a toda la humanidad» (cf. Is 2,1-5).
Ese itinerario histórico de Israel, recordó León XIV citando Lumen gentium (n. 9), fue «preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne». Es Cristo quien, en el don de su Cuerpo y su Sangre, reúne definitivamente a ese pueblo, compuesto ahora por personas procedentes de cualquier nación.
Cristo, cabeza del nuevo Pueblo
«Esta es la Iglesia -explicó el Obispo de Roma-: el pueblo de Dios que toma su propia existencia del cuerpo de Cristo y que es él mismo el cuerpo de Cristo; no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de la Tierra.»
El principio unificador de esa comunidad, precisó el Santo Padre, no es una lengua, una cultura ni una etnia, sino la fe en Cristo. La Iglesia es, recuperando «una espléndida expresión del Concilio», «una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz» (LG, 9).
Se trata, añadió, de un pueblo mesiánico porque tiene como cabeza al Mesías. Quienes lo integran «no presumen de méritos ni títulos, sino solo del don de ser, en Cristo o por medio de Él, hijos e hijas de Dios». Antes de cualquier tarea o función, «lo que cuenta realmente en la Iglesia es estar injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios». Ese, afirmó con claridad, es «el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos»:
«Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad.»
Una Iglesia abierta: sitio para todos
Unificada en Cristo, Señor y Salvador de todos, la Iglesia no puede replegarse sobre sí misma. León XIV recordó la enseñanza conciliar: «todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios», y por ello «este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos» (LG, 13).
Incluso quienes no han recibido todavía el Evangelio están, señaló el Papa, «de alguna manera, orientados al pueblo de Dios». De ahí se deriva una consecuencia directa para cada creyente: «en la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en los que vive y obra». De esa apertura universal vive la catolicidad de la Iglesia, capaz de acoger las riquezas de las diversas culturas y, simultáneamente, ofrecerles «la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas» (cf. LG, 13).
Para expresar esa amplitud, León XIV recurrió a la imagen que un gran teólogo (el cardenal Henri de Lubac) acuñó para describir la Iglesia: «Arca única de la Salvación, debe acoger en su amplia nave todas las diversidades humanas. Única sala del Banquete, los manjares que distribuye proceden de toda la creación. Vestimenta sin costuras de Cristo, es también - y es lo mismo - la vestimenta de José, de muchos colores.»
Signo de esperanza entre conflictos y guerras
En el tramo final de su catequesis, el Pontífice dirigió la mirada hacia el mundo actual, marcado por numerosos conflictos y guerras. En ese contexto, calificó de «gran signo de esperanza» el hecho de que la Iglesia sea «un pueblo en el que conviven, en la fuerza de la fe, mujeres y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura». Ese signo, afirmó, está «puesto en el corazón mismo de la humanidad, llamada y profecía de esa unidad y de esa paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos».
Un párroco mártir en el Líbano
La audiencia concluyó con un llamamiento del Papa que puso nombre y rostro a ese mundo herido. León XIV anunció que hoy se celebra en Qlayaa, en el sur del Líbano, el funeral del padre Pierre El Raii, párroco maronita de uno de los pueblos cristianos de la zona que viven «una vez más el drama de la guerra».
El propio nombre del sacerdote fue objeto de la reflexión papal: «En árabe «"El Raii"» significa «"el Pastor"». El padre Pierre fue un auténtico pastor, que permaneció siempre junto a su pueblo, con el amor y el sacrificio de Jesús, el Buen Pastor.» Cuando supo que varios feligreses habían resultado heridos en un bombardeo, corrió a ayudarlos «sin pensarlo», y fue entonces cuando perdió la vida.
El Santo Padre expresó su cercanía a todo el pueblo libanés «en este momento de grave prueba» e invocó que «su sangre derramada sea semilla de paz para el amado Líbano». Pidió finalmente que los fieles continuaran rezando «por la paz en Irán y en todo Oriente Medio, en particular por las numerosas víctimas civiles, entre las que hay muchos niños inocentes».







