(InfoCatólica) Francis Fukuyama, el famoso economista y politólogo norteamericano, autor de la teoría del «fin de la historia», ha publicado un significativo artículo en el que desestima la concepción religiosa de Occidente, que ve ejemplificada en las ideas de Marco Rubio.
En el artículo, titulado «Qué significa realmente la civilización occidental», Fukuyama critica el encendido elogio de la civilización occidental cristiana realizado por Marco Rubio, el Secretario de Estado de los Estados Unidos. En su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich del mes pasado, Rubio afirmó: «nos unen los lazos más profundos que cualquier nación podría compartir, forjados por siglos de historia compartida, fe cristiana, cultura, herencia, idioma, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común de la que somos herederos».
Para Fukuyama, ese discurso revela una visión trasnochada de lo que es la civilización occidental, que, en su opinión, «tiene menos que ver con la fe —y más con la Ilustración— de lo que cree Marco Rubio». En efecto, considera que la visión del Secretario de Estado norteamericano sobre Occidente es «muy diferente de la que tienen la mayoría de los europeos contemporáneos, y también de la mía».
Al parecer, lo que le molesta principalmente a Fukuyama es que«para un importante grupo de conservadores estadounidenses, la civilización occidental denota una civilización específicamente cristiana y una cultura construida en torno a una fe cristiana activa».En efecto, «Rubio alude a esto al hablar no de ‘herencia cristiana’, sino de ‘fe cristiana’ en sus comentarios».
El politólogo está dispuesto a admitir que «la comprensión moderna de los derechos proviene de las creencias religiosas cristianas» y que «la civilización occidental tiene sus raíces en la herencia cristiana», pero tiene que ser solo eso: una herencia del pasado que ya no es relevante en sí misma.
En ese sentido, Fukuyama subraya que «la civilización occidental se desprendió de cualquier identificación manifiesta con la religión», de modo que «los fundadores del liberalismo moderno, en la Ilustración, acordaron relegar la religión al ámbito de las creencias privadas y centrar la política en la vida misma, en lugar de en la buena vida definida por una doctrina religiosa específica».
No podía faltar, por supuesto, el mito cientifista de la incompatibilidad entre la fe y la ciencia: «solo con la separación de la investigación empírica del dogma religioso surgió la ciencia natural moderna y el mundo económico que esta hizo posible». Aparentemente, Fukuyama ignora que esta idea es completamente ajena a la historia de la ciencia y solo debe su origen al prejuicio irracional de sus admirados fundadores ilustrados del liberalismo moderno.
Prejuicios similares se dejan traslucir en un ataque adicional ad hominem a Marco Rubio. Para Fukuyama, Rubio comete el pecado imperdonable de hablar en términos positivos de «herencia» o «ascendencia» cuando proviene de una cultura católica: «siento recordárselo a Marco Rubio, pero su herencia y ascendencia particulares se remontan al imperio de los Austrias, autoritario y católico». Casi puede oírse el rasgado de las vestiduras de Fukuyama al escribir la detestada palabra «católico».
Fukuyama termina lamentándose de que las universidades de élite norteamericanas hayan «eliminado sus cursos básicos de cultura occidental y los hayan reemplazado con una mezcolanza incoherente de ofertas multiculturales», algo que considera «un grave error». Para el, los valores liberales de la Ilustración son los que «definen nuestra forma de vida y por los que deberíamos estar dispuestos a luchar y morir hoy».
El artículo muestra que, como autor de la fallida teoría del «fin de la historia», que predecía el triunfo perpetuo y sin rivales de la democracia liberal, Fukuyama sigue fiel a sus ideas y prejuicios, sin preocuparse de que no se haya cumplido ninguna de sus predicciones. No parece concebir siquiera la posibilidad de que esos valores de la Ilustración que admira estén siendo abandonados a marchas forzadas por la sociedad occidental precisamente porque, al haberse eliminado su fundamento cristiano, han perdido su sentido y su fuerza.








