(Tribune Chretienne/InfoCatólica) Hay noticias sobre la crisis de la vida religiosa que impactan. Esta es una de ella, los trapenses forman parte de esa idea que mucha gente tiene sobre los monjes de clausura.
Los monjes cistercienses del monasterio normando, fundado en el siglo XII, anuncian que estudian su partida por la escasez de vocaciones y el peso creciente del patrimonio, eso sí, la comunidad precisa que el monasterio no está cerrado ni en venta.
Casi novecientos años de oración ininterrumpida podrían llegar a su fin en el Perche francés. La comunidad monástica de la abadía de La Trappe, uno de los cenobios que más profundamente han marcado la tradición cisterciense en Europa, ha comunicado que «contempla una partida en torno a 2028». El anuncio, difundido el 6 de marzo en un comunicado oficial, ha provocado una honda conmoción en la región y en los círculos monásticos.
Los propios monjes no minimizan el alcance de la noticia: «Si no es una catástrofe, sí es, evidentemente, una página de la historia que está a punto de pasar». Sin embargo, se han apresurado a deshacer equívocos sobre el alcance inmediato de la decisión. El Padre Abad escribe en el comunicado: «No, la abadía de La Trappe no ha cerrado y no está en venta». Y añade que «los hermanos siguen aquí, fieles a la oración y al trabajo, y las actividades (acogida, tienda...) continúan con normalidad».
Un monasterio forjado por la historia
La historia de La Trappe arranca en los primeros decenios del siglo XII. Las tierras pertenecían entonces a Rotrou III, conde del Perche. En 1120, el naufragio de un navío que transportaba a numerosos nobles ingleses causó la muerte de unas trescientas personas, entre ellas Matilde, hija del rey de Inglaterra y esposa del conde. En memoria de aquel desastre, Rotrou mandó erigir en La Trappe un oratorio dedicado a la Virgen María. Hacia 1140 hizo construir un monasterio junto al oratorio, en el que instaló monjes procedentes de la abadía del Breuil-Benoît. En 1147, la nueva comunidad se incorporó a la Orden del Císter junto con la congregación de Savigny, adoptando plenamente los principios cistercienses de pobreza, sencillez de vida y sobriedad en la oración.
La abadía hundía sus raíces en la gran tradición monástica occidental inaugurada por San Benito de Nursia (480-547), que en el siglo VI redactó en el monte Casino su Regula monachorum, texto fundacional de la vida cenobítica en Occidente. En el siglo XI, Roberto de Molesme, Albérico y Esteban Harding fundaron Cîteaux con el deseo de recuperar una observancia más fiel y austera de aquella tradición. A partir de 1112, el impulso de San Bernardo de Claraval extendió el Císter por toda Europa.
La Trappe conoció períodos de esplendor y de tribulación. Durante la guerra de los Cien Años, la abadía fue incendiada y saqueada en varias ocasiones; sus monjes debieron refugiarse en el castillo de Bonsmoulins. Más tarde, la imposición del régimen de la encomienda –por el que abades nombrados por el poder real percibían las rentas del monasterio sin vivir en él ni velar por la observancia– debilitó gravemente la comunidad.
La reforma de Rancé y la diáspora revolucionaria
El siglo XVII trajo a La Trappe la figura más decisiva de su historia: Armand-Jean Le Bouthillier de Rancé (1626-1700), ahijado del cardenal Richelieu. Tras una vida mundana, la muerte de una persona muy cercana le provocó una conversión espiritual que lo llevó a convertirse en abad regular del monasterio. Emprendió entonces una reforma rigurosa: disciplina austera, silencio estricto y vida intensa de oración. Aprobada por el papa Inocencio XI, aquella reforma dio a La Trappe una gran reputación espiritual, convirtiendo el monasterio en uno de los más fervorosos del reino de Francia.
La Revolución francesa supuso una nueva prueba. Los monjes fueron dispersados y algunos murieron mártires. Bajo la dirección de Dom Augustin de Lestrange, parte de la comunidad halló refugio en Suiza, en la antigua cartuja de La Valsainte, donde llevaron una vida aún más austera que en tiempos de Rancé. Perseguidos por los ejércitos revolucionarios, peregrinaron por varios países europeos hasta llegar a Rusia. Gracias a aquellos monjes y a los numerosos postulantes que se les unieron, la tradición cisterciense pudo arraigar en distintas regiones de Europa y en América. Cuando los religiosos regresaron a Francia en 1815, la abadía estaba casi enteramente en ruinas; fue reconstruida a lo largo del siglo XIX, y los edificios actuales, de estilo neogótico, datan en su mayor parte de esa época.
El peso del patrimonio y la escasez de vocaciones
En el siglo XX, La Trappe acogió los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II (1962-1965): desapareció la distinción entre monjes de coro y hermanos conversos, se reformó la liturgia y se renovaron las constituciones de la orden en 1990. La comunidad contribuyó también a la fundación de varios monasterios: Tre Fontane en Italia, Bellefontaine en Anjou, Timadeuc en Bretaña y Échourgnac en Dordoña.
Pese a ese legado extraordinario, la abadía arrastra hoy dificultades que los propios monjes describen con claridad: «la escasez de vocaciones y la carga cada vez más pesada del patrimonio». El comunicado precisa que el dominio «aún no está a la venta», pero reconoce que la situación exige respuestas nuevas: «Se está trabajando con otras comunidades para encontrar soluciones más adaptadas, más pertinentes económica y espiritualmente. El contexto es duro desde hace ya varias décadas, y otras muchas abadías han cambiado ya de manos».
Para los monjes, la perspectiva es dolorosa, y así lo expresan: «La marcha de los hermanos, muy exigente y dolorosa para ellos, no dejará de conmocionar a todas las personas unidas, a veces desde hace generaciones, a la comunidad». De confirmarse la partida prevista para 2028, pondría fin a una presencia monástica casi ininterrumpida de nueve siglos en uno de los enclaves más emblemáticos del Perche y de la espiritualidad cisterciense en Francia.








